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    Borges en los años ochenta

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    13 de junio de 2026 - 19:30
    Borges en los años ochenta
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    Jorge Luis Borges ha sido, además de uno de los más extraordinarios escritores en lengua española, un elegante sarcástico, un intelectual delicado y auténtico. Cuando ya gozaba del prestigio adquirido por sus libros, esquivaba o acometía los temas que sus interlocutores le planteaban con refinamiento y, en ocasiones, con un humor sutil y elaborado.
    Respecto a la política y a los avatares de la misma, ha tenido expresiones que lo han caracterizado muy particularmente. Es muy conocida la frase: “Los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles”. Su marcado anti- peronismo derivaba de considerar a Perón como dictador, una reencarnación de Rosas y ver a su gobierno con tintes fascistas. Coincidía en esos tiempos con la actitud de algunos intelectuales en rechazar al peronismo, pero también podría considerarse en su afirmación, la absurda decisión de designarlo como inspector de mercados de aves de corral, el encarcelamiento de su propia hermana o la influencia de su madre, Leonor Acevedo, una acérrima antiperonista.
    Si bien, además, Borges se mostraba escéptico respecto a la democracia. La había definido como “un abuso de la estadística”, la recuperación de la vida democrática, en 1983, hizo que el 22 de diciembre de ese año, a 12 días de la asunción de Raúl Alfonsín, escribiera en Clarín “el 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente”.  Pero, es que habían pasado cosas que conmovieron significativamente al escritor haciendo que exteriorice una clara posición frente a la dictadura y a la guerra de Malvinas. 
    Borges se sentía orgulloso de pertenecer a una familia con antepasados militares. Su bisabuelo, el coronel Manuel Isidoro Suárez combatió bajo las órdenes de San Martin en la épica gesta libertadora, cruzando los Andes y comandando las tropas peruanas y colombianas en la batalla de Junín. Su abuelo Francisco Isidro Borges Lafinur participó de la guerra contra el Paraguay y murió en el combate de La Verde en 1874. Su tío, Francisco Eduardo Borges fue marino y participó en la Revolución del Parque, germen de la Unión Cívica en 1890.
    A los dos primeros, Borges los homenajeó con sendos poemas. “Dilató su valor sobre los Andes./ Contrastó montañas y ejércitos./ La audacia fue costumbre de su espada/ Impuso en la llanura de Junin termino venturoso a la batalla/ y a las lanzas del Perú dio sangre española”, lo dedicó a su bisabuelo Manuel Isidoro Suárez, en el poema “Inscripción sepulcral” de “Fervor de Buenos Aires” (1923), su primer libro publicado y a su abuelo lo hace en su poema “Al coronel Francisco Borges” de su libro “Luna de enfrente” (1925)  . “La paciente muerte acecha en los rifles. Tristemente/ Francisco Borges va por la llanura/ Esto que lo cercaba, la metralla,/ esto que ve, la pampa desmedida,/ es lo que vio y oyó toda la vida./ Está en lo cotidiano, en la batalla./ Alto lo dejo en su épico universo/ y casi no tocado por el verso”.
    Cuando se produjo el golpe del 24 de marzo de 1976, Borges que estaba en los Estados Unidos, tal vez por su linaje militar y/o por su anti-peronismo, se mostró a favor. El 19 de mayo de ese año acepta almorzar en la Casa Rosada con la junta militar, conjuntamente con un grupo de intelectuales -entre los que estaban Ernesto Sábato, el padre Castellani y Esteban Ratti, en representación de la Sociedad Argentina de Escritores. Según ha relatado la revista Crisis, Ratti le mostró a Videla una lista con los nombres de 17 escritores presos o desaparecidos y le pidió su liberación. En esa lista estaba Haroldo Conti, sobre quien también requirió Castellani. Al retirarse del ágape, Borges solo expresó que Videla “es un caballero”.
    En 1980, cuando las evidencias de las desapariciones se iban acumulando, recibe la visita de dos madres de Plaza de Mayo; se interesa por la situación de los desaparecidos, y suscribe una solicitada que fue publicada en el diario “La Prensa” firmada también por numerosos intelectuales y políticos como Raúl Alfonsín, Oscar Alende, Deolindo Bittel, Jorge Asís, Adolfo Bioy Casares y la Prof. Hebe Clementi. “Ante la situación angustiosa incertidumbre por la que atraviesan los familiares de personas desparecidas por motivos políticos o gremiales, nos solidarizamos -por razones de ética y de justicia- con el reclamo que formulan padres, hijos, cónyuges, hermanos y allegados, ante las autoridades nacionales para que SE PUBLIQUEN LAS LISTAS DE LOS DESAPARECIDOS. SE INFORME SOBRE EL PARADERO DE LOS MISMOS”, era el texto publicado, con las firmas de los adherentes.
    El horror que iba conociendo le llevó a afirmar que “estos militares no tenían nada que ver con sus antepasados” según su biógrafo Alejandro Vaccaro. Borges fue partícipe directo también, años después, del infierno expuesto en el Juicio a las juntas militares, ya que concurrió el 22 de julio de 1985 a una de las audiencias del Juicio. Lo hizo motivado por el testimonio del obrero gráfico Víctor Basterra y se sintió conmovido, de forma tal que escribió para la agencia EFE, el siguiente texto: “He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas “sesiones” cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día.
    Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno.
    Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.
    De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal. ¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió: “Somos los anunciados, los previstos, / si hay un Dios, si hay un punto Omnisapiente; / ¡y antes de ser, ya son, en esa mente, los Judas, los Pilatos y los Cristos!
    Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice. Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer.”
    Un año antes, en 1984 publicó en la prensa el siguiente texto:  “Un grupo de cambiantes militares se encarama al poder y nos maltrata durante unos siete años; esa calamidad se llama el Proceso. Los terroristas arrojaban sus bombas; para no herir sus buenos sentimientos, se los llamó activistas. El terrorismo estrepitoso fue sucedido por un terrorismo secreto; se lo llamó la represión. Los mazorqueros que secuestraron, que a veces torturaron y que invariablemente asesinaron a miles de argentinos, obtuvieron el título general de fuerzas parapoliciales. Hubo una invasión y hubo una derrota; las autoridades hablaron de anticolonialismo y de un cese de hostilidades. Un ministro, acaso deliberadamente, arruina la Patria; se lo denomina un economista”.
    Además del espanto de los crímenes y atrocidades de la dictadura, la guerra de Malvinas, por otra parte, motivó entre 1982 y 1985, numerosas expresiones de Borges en reportajes. En uno, publicado el 2 de febrero de 1983 en Clarín, afirma:  “En otros tiempos yo estaba muy inquieto por mi país, pero ahora estoy desesperado. Los militares que nos gobiernan son tan incompetentes, tan ignorantes... Nadie conocía esas islas. Hizo falta que nuestros militares la desenterraran para hacer la guerra; los militares nuestros son mucho más peligrosos para nuestros compatriotas que para el enemigo. Las Malvinas fue una guerra de dos calvos por un peine”. En otro, algunos meses antes:  “En nuestro país un demagogo convocó a la gente a la Plaza de Mayo y declaró la guerra sin medir las consecuencias. Aunque a mí me dijeron que el culpable había sido un periodista (en referencia a Gómez Fuentes). Parece que el presidente salió de la Casa de Gobierno y un periodista que lo fue a entrevistar le dijo: «Se dice que los ingleses enviarán la flota; en tal caso, ¿qué actitud se asumirá, señor presidente». El presidente a su vez interrogó al periodista: «Usted, ¿qué haría?» Y el periodista respondió: «Presentarle batalla, señor presidente». «Eso es lo que haremos nosotros», contestó el presidente. Al otro día se empezó la guerra con Inglaterra”.
    En su último libro publicado en vida “Los conjurados” (1985), Borges alude en dos poemas a la guerra de Malvinas. Uno de ellos, “Milonga del muerto”, dice: “Lo he soñado en esta casa/ entre paredes y puertas./ Dios les permite a los hombres/ soñar cosas que son ciertas./ Lo he soñado mar afuera/ en unas islas glaciales./ Que nos digan lo demás/ la tumba y los hospitales./ Una de tantas provincias/ del interior fue su tierra./ (No conviene que se sepa/ que muere gente en la guerra)/ Lo sacaron del cuartel,/ le pusieron en las manos/ las armas y lo mandaron/ a morir con sus hermanos./ Se obró con suma prudencia,/ se habló de un modo prolijo./ Les entregaron a un tiempo/ el rifle y el crucifijo./ Oyó las vanas arengas/ de los vanos generales./ Oyó vivas y oyó mueras,/ oyó el clamor de la gente./ Él sólo quería saber/ si era o si no era valiente./ Lo supo en aquel momento/ en que le entraba la herida./ Se dijo No tuve miedo/ Cuando lo dejó la vida./ Su muerte fue una secreta/ victoria. Nadie se asombre/ de que me dé envida y pena/ el destino de aquel hombre”.
    El más conocido de ellos, “Juan López y John Ward”, dice: “Les tocó en suerte una época extraña/ El planeta había sido parcelado en distintos países,/ cada uno provisto de lealtades,/ de queridas memorias, de un pasado/ sin duda heroico, de derechos, de agravios,/ de una mitología peculiar, de próceres de/ bronce, de aniversarios, de demagogos y de/ símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos,/ auspiciaba las guerras./ López había nacido en la ciudad junto al/ río inmóvil. Ward, en las afueras de la ciudad/ por la que caminó Father Brown./ Había estudiado castellano para leer/ el Quijote./ El otro profesaba el amor de Conrad, que/ le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte./ Hubieran sido amigos, pero se vieron/ una sola vez, cara a cara, en unas/ islas demasiados famosas, y cada/ uno de los dos fue Caín,/ y cada uno, Abel./ Los enterraron juntos. La nieve/ y la corrupción los conocen./ El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.”
    El Borges de los ´80 (de los años 80 del siglo XX y de sus ochenta años) mostraba una lucidez, un compromiso, una humana contemplación de los espantos que se vivieron en esos años. Borges, a sus ochenta, tenía la madurez, la templanza, la ubicuidad de pensamiento de una mente intelectualmente sagaz y de una sensibilidad comprensiva.
    Por otra parte, y en otro orden de cosas, en este año se cumple el centenario de la publicación en julio de 1926, por la Editorial Proa, de “El tamaño de mi esperanza”, en una edición de quinientos ejemplares. En los ensayos que comprende el libro, Borges aborda, como lo ha dicho María Kodama en un prólogo de una reedición en 1993: “su apego a lo criollo, a la pampa, al suburbio, a Carriego y su cariño por la Banda Oriental; todo ello junto con su inquietud como crítico literario, que abarca desde Fernán Silva Valdés a Wilde, pasando por Milton y Góngora”. Eran ensayos que habían sido aparecido en las revistas Proa, Inicial, Valoraciones, Nosotros y la sección literaria del diario La Prensa. Según se ha conocido había terminado de decidir la selección de los textos en enero de ese año en la ciudad de Salto, Uruguay, en una de sus tantas visitas veraniegas a la finca “Las Nubes” de su amigo Enrique Amorín, esposo de su prima Esther Haedo. 
    El 24 de junio de 1986, a sus 86 años, en Ginebra, fallecía Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, el escritor más importante del siglo en lengua castellana. 

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    Gustavo Labriola
    Gustavo Labriola
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