Aqueos y Troyanos, una pasión que atraviesa generaciones en el Bachillerato Humanista
Desde 1988, dos colores, una historia inspirada en la mitología griega y una rivalidad que se renueva cada año forman parte de la identidad del Bachillerato Humanista Moderno.
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Las Olimpíadas «Aqueos y Troyanos» son mucho más que una competencia deportiva: constituyen una tradición que atraviesa generaciones, fortalece amistades y deja recuerdos que acompañan a los estudiantes mucho después de egresar.
La historia comenzó por iniciativa de un grupo de profesores que buscaba una manera diferente de promover el compañerismo y reforzar la identidad humanista de la institución. La inspiración llegó de la antigua Guerra de Troya, inmortalizada por Homero en La Ilíada. Desde entonces, aqueos y troyanos se enfrentan cada año en una disputa en la que el resultado importa, pero no explica por sí solo todo lo que sucede alrededor.
La “rivalidad” empieza mucho antes de que suene el silbato. Los equipos preparan banderas, frases características y videos motivacionales que forman parte de la competencia y suman puntos. También hay un momento especial: las arengas de los estudiantes del último año, que se presentan frente a toda la escuela para encender el entusiasmo antes del comienzo de las pruebas.
En esos días, los colores dejan de ser una simple identificación para convertirse en una marca de pertenencia. Cada alumno defiende a su equipo con la misma convicción con la que sus compañeros lo hicieron años atrás. La tradición incluso se transmite dentro de las familias, donde la rivalidad puede continuar de una generación a otra. No siempre se comparte el mismo color: hay quienes, después de haber sido aqueos o troyanos durante su paso por la escuela, descubren que sus propios hijos ingresan al bando contrario.
La edición 2026 vuelve a reunir a unos 480 estudiantes, desde sexto grado hasta el último año, junto con alrededor de 90 profesores. Durante las jornadas se combinan disciplinas como fútbol, básquet, vóley, quemado, hockey, hándbol y fútbol tenis. La actividad continúa en la pista de atletismo, con carreras de distintas distancias, postas, salto en largo, lanzamiento de bala y una prueba de cross en la que también pueden participar las familias.
Pero no todo se juega en la cancha. Los estudiantes de quinto año tienen a su cargo la cantina, una experiencia que funciona como un pequeño emprendimiento y les permite aprender a organizarse, administrar recursos y trabajar en equipo. Al mismo tiempo, comienzan a reunir fondos para su futura carroza. Los cursos superiores también preparan sus remeras, con diseños que identifican a cada promoción y que, con el tiempo, se convierten en recuerdos de una etapa compartida.
La organización involucra a toda la comunidad educativa. Aunque el área de Educación Física coordina las actividades deportivas, docentes de distintos espacios colaboran para que cada edición pueda desarrollarse. El objetivo es que la intensidad de la competencia conviva con el respeto, el cuidado de las instalaciones y la alegría de participar.
El origen de los equipos también forma parte del ritual. Cuando los estudiantes ingresan a sexto grado, se realiza un sorteo en el que cada uno extrae un cartón rojo o azul. Así se define su pertenencia a aqueos o troyanos, procurando mantener un equilibrio entre ambos grupos. Desde ese momento, cada alumno comienza a construir su propia historia dentro de una tradición que ya lleva casi cuatro décadas.
Con los años, la propuesta trascendió las paredes del Bachillerato Humanista. Otras instituciones educativas de la ciudad desarrollaron iniciativas deportivas y recreativas inspiradas en experiencias similares, con sus propios nombres, equipos y símbolos. Para la comunidad del Humanista, esa continuidad representa también el reconocimiento a una idea que busca formar vínculos, promover la convivencia y enseñar a aceptar las diferencias.
En las Olimpíadas, ganar siempre tiene un sabor especial. La tabla de posiciones, los puntos acumulados y las cargadas entre compañeros alimentan una rivalidad que se vive con intensidad. Sin embargo, lo que permanece cuando terminan las competencias es algo más difícil de medir: las amistades, las anécdotas, las voces compartidas en una arenga y el recuerdo de haber formado parte de una historia común.
Desde 1988, aqueos y troyanos vuelven a encontrarse cada año. Cambian los estudiantes, se renuevan las banderas y aparecen nuevas formas de alentar, pero la esencia permanece. Porque en el Bachillerato Humanista Moderno, más allá del color que toque defender, las Olimpíadas son una manera de aprender, convivir y sentirse parte de la escuela.

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