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    Acerca de la prevención del suicidio en los adolescentes

    En estos días la problemática de la prevención de estas conductas autodestructivas ha formado parte del debate público. En los proyectos de Senado juvenil del año pasado, los estudiantes entrerrianos le han dado prioridad. Han planteado en ellos la necesidad de reforzar la atención pública, sumar profesionales y mejorar los canales de ayuda.

    14 de marzo de 2026 - 07:00
    Acerca de la prevención del suicidio en los adolescentes
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    Me parece sumamente importante que los jóvenes se involucren con los problemas de la salud mental que los afectan, puedan señalar sus malestares, ofrecer sus perspectivas de mejora y sobre todo-en esta sociedad y gobiernos que se fundan en el egoísmo individualista, en el sálvese quien pueda de la selva, que hayan podido pensar en el “otro”, solidariamente, empáticamente, lo que no es un dato menor, porque además hay menos suicidios en las sociedades en las que predomina el lazo solidario. Es la misma inquietud y la misma preocupación generosa la que observo cada vez que-dentro de las actividades de prevención del suicidio que desarrollo en diferentes lugares- me conecto con ellos a través de talleres y encuentros de reflexión. “El futuro” se revela como ansiedad invariable cuando la consigna es meditar sobre sus desasosiegos, qué hacer después del secundario, en el caso de los jóvenes escolarizados. La angustia implicada sobrepasa las dudas propias de la decisión vocacional inherentes a la crisis adolescente. Es la aflicción por un horizonte inestable, confuso y oscuro la que los agobia. Las alternativas de “trabajar o estudiar” ya no son válidas porque esos proyectos se desdibujan por la crisis de empleo, las condiciones de explotación laboral y las dificultades para continuar estudios universitarios en un momento en que, además las universidades están desfinanciadas y sin presupuesto, realidad que tienen clara. Es la dificultad de elaboración de un futuro lo que los acongoja. Una imposibilidad que se ancla en un presente acuciante, cada vez más desesperante que viven con sus familias, que observan en sus amigos.  Es un sentimiento de vulnerabilidad propia de la crisis de la adolescencia al que se monta la sensación de falta de oportunidades y una cierta deserción de los adultos, de la sociedad y el Estado n la contención, acompañamiento y orientación en esta compleja etapa de crecimiento lo que los desespera. La angustia del presente y la incertidumbre del futuro se juegan así en los casinos virtuales de los que la ludopatía, tan relacionada con las conductas autodestructivas, es una desgraciada derivación. El dolor es, admiten, muchas veces “anestesiado” con diversos consumos, e incluso refieren que en las autolesiones encuentran un paradójico alivio. Es necesario, y en parte de eso se trata los abordajes preventivos, de ayudar a los jóvenes a encontrar en la palabra y en el pedido de ayuda frente a situaciones difíciles los canales adecuados de procesamiento. Aquí en Concordia, por ejemplo, en el voluntariado “Lazos en red”, tenemos un taller de “expresión para adolescentes” que coordina Verónica Bordagaray, Luisina Ayala y Wens, en el que a través de la creatividad se intenta dar palabras al dolor, porque como dice Shakespeare, “el dolor que no se dice, gime en el corazón hasta que lo rompe”. Además, los adultos tenemos el deber- lo han dicho nada menos que Freud y Edgar Morín- transmitir a los jóvenes el “gusto por vivir”, tarea titánica en estos tiempos, pero por eso más necesaria que nunca, para que el mundo no se vuelva un lugar inhabitable sino en una apuesta y un desafío de transformación en el que su lugar es irrenunciable, un lugar para ser felices. Pero para eso es necesaria una trasformación política y social radical, que modifique profundamente las políticas actuales de hambre, miseria y desprecio por las personas que habitan éste país, porque el suicidio es un fenómeno multidimensional que conjuga, en el procesamiento depresivo de un sujeto, sus fracasos familiares,  económicos, sociales, laborales, económicos etc., y-de ese modo- reconstruir el deseo de vivir a través de estrategias que supongan la realización personal  y colectiva de un futuro feliz. Aun cuando, además del futuro, la vida de los jóvenes  están atravesadas por la violencia social, familiar, de género, la supervivencia, el bullying, la insatisfactoria  imagen el cuerpo,  las drogas, los miedos, las dudas, las inseguridades,  las crisis económicas y laborales en su núcleo familiar,  que potencian todas las formas de violentacion, todos los emergentes psicosociales del sufrimiento, a las que se suman la complejidad del abuso de los celulares que, como dijo Gabriela Dueñas, produce un “mundo de soledades híper-comunicadas” que lo tensan entre el hambre y las desconexiones virtuales que empobrecen su subjetividad y su vida social, y precisamente por eso, es necesario reconstruir la esperanza como instancia ética de una vida digna y realizable, una esperanza que no es espera pasiva de que alguien cambie las cosas, sino la expectativa de cambio a partir de los propios actos colectivos. Subrayo la dimensión de la violencia porque el suicidio se inscribe en su campo. Violencia y ausencia de futuro para los jóvenes, crisis económica, social, pérdida del empleo para las familias constituyen un contexto en el que los ideales, los valores y sentidos de la existencia se hunden en la depresión y la pérdida del deseo. No es casual que la franja de edad más comprometida con el suicidio se encuentre entre los 15 y los 24 años, entre los sueños de un futuro feliz y las frustraciones y los duros golpes de una realidad que los destruye, en adolescentes que vienen fragilizados por la pandemia, la soledad, el desamparo, y el desencanto de la actual cultura del malestar, de crueldad, de indiferencia frente al dolor del otro, del desarrollo de una   pura pulsión de muerte  Aun así, y por eso es necesario acompañar a los chicos en su crecimiento emocional y social. Yo participo, como Psicólogo, en abordajes de prevención del suicidio en distintas municipalidades de la provincia de Entre Ríos que se han preocupado por tratar el tema. Está claro que la presencia del Estado es un factor decisivo en la disminución de los casos, aunque como quedó dicho, no la única variable. En Los Charrúas, Viale y Federal la cantidad de casos se ha reducido desde que se aplican acciones preventivas. En los Charrúas en más de cuatro años de trabajo, ha habido un solo caso en todo ese período, cuando venía de experiencias de entre dos y cinco casos por año previos al programa. En Viale comenzamos con el municipio a trabajar en coordinación con todas las instituciones de la comunidad y durante el año de trabajo no se registraron casos, dato relevante en el contexto de una Provincia que dobla la tasa nacional de estos tristes sucesos. En Federal ha habido una reducción de casos. En esos lugares hemos trabajado con dos estrategias: 1) la capacitación generalizada y el armado de redes preventivas comunitarias e institucionales, con la construcción de mesas inter-institucionales para la prevención del suicidio. Así hemos capacitado docentes, policías, miembros de clubes y parroquias, hospitales y centros de salud, centros de jubilados, agentes municipales, dado talleres a los estudiantes de distintos niveles etc. etc., y 2) la inmediatez de la asistencia integral, fundamentalmente psicológica, de los casos de vulnerabilidad suicida detectados en la comunidad. Esos que no pueden esperar en las largas listas de espera de los hospitales colapsados por la demanda. Entre otras intervenciones mucho más complejas han permitido la asistencia a tiempo de casos de riesgo. Del mismo modo en varias de esas localidades trabajamos en conjunto con el apoyo de voluntariados que se comprometen con la salud mental de sus vecinos, en actividades de acompañamiento en las que priman la solidaridad y el amor. Un ejemplo de ello es el voluntariado “Acción por la vida” de Federal. Entre una multiplicidad de actividades, hemos realizado conjuntamente campañas informativas, en los medios de comunicación, pero sobre todo en el contacto cercano con los vecinos, a través de “folleteadas “donde se comunica la información básica de prevención y los recursos comunitarios de asistencia en cada caso. Ahora comenzamos a ir casa por casa, en visitas a manzanas en los barrios, en los que hablamos e informamos sobre estos dos aspectos y conocemos en el diálogo los problemas que los aquejan. Partimos de la idea de que el suicidio se puede prevenir porque en la mayoría de los casos no es un acto impulsivo, brusco, inesperado, sino la acción final de un proceso que se puede detectar en sus señales de alarma. Así hacemos mucho hincapié en la transmisión de esa información a la comunidad, a los vecinos para que concretamente puedan actuar como agentes de prevención en la identificación de los indicadores de riesgo y puedan construir un saber-hacer frente a ellos. Trabajamos especialmente además en la deconstrucción de mitos que abundan en un tema tabú: por ejemplo, tal vez la más extendida, que las personas que toman la decisión no lo dicen, o que quienes lo dicen no lo hacen, lo cual es falso. Las cartas de despedida, los posteos manifestando las intenciones suicidas en las redes sociales, la tristeza el desinterés, el aislamiento, el desgano, la disminución del rendimiento escolar y laboral, el insomnio la hipersomnia, el odio o desvalorización hacia sí mismo, el desborde de culpa o angustia, el incremento del consumo de alcohol o de drogas, las autolesiones y conductas autodestructivas son algunas señales típicas de este particular malestar subjetivo. Es importante el compromiso de todos, de toda la comunidad. es el único modo en el que la prevención del suicidio puede tener eficacia y para eso es necesaria la construcción de una sociedad más justa, amorosa y solidaria.
    El teléfono de consulta del programa provincial de la prevención del suicidio es el 135
     

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    Sergio Brodsky
    Sergio Brodsky
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