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    El dólar y el fin de la confianza automática

    ¡Ojo con el dólar!

    24 de enero de 2026 - 04:00
    Alvaro Sierra, especialista en finanzas.
    Alvaro Sierra, especialista en finanzas.
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    El orden económico y financiero internacional atraviesa una etapa de transformación profunda, marcada por una creciente inestabilidad política, el debilitamiento de las normas multilaterales y una fragmentación progresiva de los flujos comerciales y financieros. 
    Lejos de tratarse de un episodio coyuntural, el escenario actual sugiere una transición sistémica cuyos efectos se extienden al corazón del sistema monetario global: el rol del dólar estadounidense como principal moneda de reserva y de intercambio internacional.
    Pero la advertencia central no es que el dólar vaya a colapsar mañana. El dato verdaderamente relevante —más silencioso y más estructural— es otro: el mundo empezó a dejar de confiar en el dólar de manera automática. 
    Y cuando una moneda deja de ser refugio por inercia y pasa a ser refugio bajo evaluación, algo profundo cambia en su naturaleza financiera. El dólar puede seguir siendo dominante, pero ya no es incuestionable.
    En términos económicos, eso implica una consecuencia directa: su función de reserva de valor comienza a erosionarse, gradualmente, por pérdida de confianza sistémica.
    En este contexto, el retorno de Donald Trump al centro de la escena política internacional ha funcionado como un catalizador de tensiones preexistentes. Su estrategia de confrontación directa —basada en aranceles generalizados, sanciones unilaterales y un abierto cuestionamiento al multilateralismo— ha incrementado de manera significativa la volatilidad global.
    A diferencia de crisis anteriores, la incertidumbre actual no proviene únicamente de desequilibrios macroeconómicos, sino de la imprevisibilidad política como variable dominante del sistema.
    Las decisiones unilaterales en materia comercial y financiera han erosionado uno de los principales activos del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial: la previsibilidad normativa. 
    La ruptura o relativización del derecho internacional económico, el debilitamiento de organismos multilaterales y el uso del sistema financiero como herramienta de presión geopolítica han generado un entorno en el que los Estados y los mercados operan crecientemente a la defensiva. En este marco, la confianza —elemento central para el funcionamiento del sistema financiero global— comienza a resentirse.
    Y aquí aparece el punto medular: una moneda es reserva de valor cuando no depende de una fe diaria del mercado, sino de un entramado institucional estable. La reserva de valor no se impone solo por tamaño económico o potencia militar: se sostiene con reglas, previsibilidad y certeza jurídica.
    Durante décadas, el dólar fue precisamente eso: no solo un medio de intercambio dominante, sino una promesa implícita de estabilidad. Pero cuando el orden global se vuelve impredecible, esa promesa deja de ser automática. Y sin confianza automática, la reserva de valor se vuelve condicional.
    El dólar estadounidense continúa siendo, en términos objetivos, la principal moneda de reserva, de facturación comercial y de denominación financiera a nivel mundial.
    La profundidad del mercado de bonos del Tesoro, la liquidez del sistema financiero estadounidense y la capacidad de intervención de la Reserva Federal no tienen, por el momento, un equivalente funcional. Sin embargo, el debate ya no se centra en la fortaleza presente del dólar, sino en su sostenibilidad a largo plazo en un mundo crecientemente fragmentado.
    Desde una perspectiva académica, la hipótesis de un colapso abrupto del dólar resulta poco plausible en el corto y mediano plazo. No obstante, gana terreno la idea de un declive relativo y gradual, caracterizado por una pérdida progresiva de centralidad, mayor volatilidad en su cotización y una diversificación de los mecanismos de pago y reserva a nivel internacional. 
    En otras palabras, más que un derrumbe, el sistema parece encaminarse hacia una transformación lenta pero estructural. Y esa transición tiene un contenido financiero concreto: el dólar deja de ser “la reserva por defecto” y pasa a ser “una reserva más”, dentro de una canasta de coberturas.
    Un actor clave en este proceso es China, segunda economía mundial y protagonista central de la arquitectura financiera global. Durante años, Pekín fue uno de los principales tenedores de deuda pública estadounidense, llegando a acumular más de 1,3 billones de dólares en bonos del Tesoro. 
    Sin embargo, en la última década —y con mayor claridad en los últimos años— China ha reducido de manera sostenida su exposición a estos activos, situando sus tenencias en torno a los 750–800 mil millones de dólares.
    Esta reducción no ha sido abrupta ni desordenada, sino gradual y estratégica. Responde a una lógica de largo plazo orientada a disminuir la dependencia del sistema financiero estadounidense y a reducir la vulnerabilidad frente al uso político del dólar. 
    Paralelamente, China ha incrementado de forma significativa sus reservas de oro, consolidándose como uno de los principales acumuladores del metal a nivel mundial. El oro, a diferencia de los bonos soberanos, no depende de un emisor, no está sujeto a sanciones y conserva históricamente su función como reserva de valor en contextos de alta incertidumbre sistémica.
    Este comportamiento no implica un abandono del dólar, sino una reconfiguración del portafolio de reservas acorde a un escenario internacional percibido como menos estable y menos confiable desde el punto de vista institucional. 
    De manera similar, otros países han comenzado a diversificar sus reservas, fortalecer acuerdos bilaterales en monedas locales y explorar sistemas de pago alternativos. El mensaje subyacente es claro: cuando la moneda dominante deja de ser neutral y previsible, deja de ser el único refugio.
    Es decir, en paralelo, emergen iniciativas que, aunque aún fragmentarias, reflejan un cambio de época: el uso creciente de monedas locales en el comercio bilateral, la expansión regional del yuan, el desarrollo de monedas digitales de bancos centrales y una renovada centralidad de activos físicos como el oro. 
    Ninguna de estas alternativas posee, por sí sola, la capacidad de reemplazar al dólar como moneda hegemónica. El escenario más probable es el de un sistema monetario internacional más multipolar, con múltiples centros de poder y sin una moneda claramente dominante.
    En definitiva, el mundo no se dirige hacia un colapso inmediato del dólar ni hacia el fin repentino del sistema financiero internacional, pero sí hacia una transición estructural marcada por mayor volatilidad, menor coordinación y un debilitamiento de las reglas comunes. 
    Se ve con claridad lo que venimos diciendo: el problema no es el fin del dólar, sino el fin del dólar como refugio automático. La respuesta global está siendo la diversificación: más oro, más monedas regionales y mecanismos alternativos. En ese marco, sorprende que Argentina, en lugar de fortalecer activos duros, haya optado por sacar el oro del país y sostener un esquema donde, en los hechos, todo vuelve a descansar en el dólar, como si el mundo no estuviera cambiando.
    Y si bajamos al plano local, el diagnóstico se vuelve todavía más incómodo: la Caja Municipal de Préstamos —con participación municipal del 50%— resolvió el año pasado desarmar por completo sus reservas en oro. El resultado fue previsible: se perdieron millones por haber vendido antes de la suba y, peor aún, se renunció a un activo que cumple una función clave en cualquier institución financiera: respaldo, cobertura y reserva de valor.
    O sea, no solo liquidó un activo que luego se revalorizó con fuerza, sino que además dejó a la Caja sin un resguardo patrimonial hacia adelante, debilitando su capacidad de cobertura futura en un contexto donde el mundo, justamente, está haciendo lo contrario: diversificando y fortaleciendo reservas.

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    En síntesis, mientras el mundo redefine el mapa monetario con más diversificación y más coberturas, Argentina —y también algunas decisiones locales— parecen moverse en sentido inverso: desarmar reservas y apostar todo a una sola ancla, justo cuando esa ancla dejó de ser garantía.

    Y ahí está el punto final, el que conviene mirar sin eufemismos: el problema ya no es si el dólar seguirá siendo “la” moneda del mundo, sino cuánto tiempo más podrá sostener su rol de reserva de valor sin el combustible que lo hizo hegemónico: la confianza automática.

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    Cuando esa confianza se rompe, el mundo se cubre: diversifica, compra oro, reduce dependencia, arma circuitos alternativos. No por ideología, sino por cálculo racional.
    Por eso: ojo con el dólar. No porque vaya a desaparecer, sino porque dejó de ser garantía.
     

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    Álvaro Sierra
    Álvaro Sierra
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