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    Corte de pelo y buena información histórica

    Desde Concordia a Gualeguaychú había 226 kilómetros en tiempos del camino viejo. Eso sí, todo de ripio, lo que en esa época era un gran avance, pues se podía viajar con lluvia, siempre con protector de parabrisas, aunque estaba tan acostumbrado a llevarlo puesto que no me molestaba, porque los limpiaparabrisas funcionaban sin que este estorbara su funcionamiento.

    01 de junio de 2024 - 16:00
    Corte de pelo y buena información histórica
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    Se pasaba por Colonia Elía, y ya quedaban 45 kilómetros a Gualeguaychú.
    El camino viejo pasaba por el puentecito del arroyo Isleta y unos 10 kilómetros más adelante se arribaba al “puente de hierro” y ya estábamos entrando a Gualeguaychú.
    Al arribar al hotel y dejar allí el equipaje en la habitación, lo primero que hacía era bajar a tomar un café, antes de ir a la Droguería que quedaba a una cuadra, a dejar una hoja de pedidos para que la fueran llenando, así el viernes a la mañana ya lo tenían listo, más alguna sugerencia mía sobre los productos que promocioné. Si estaba el lustrador en el hotel, le hacía dar una lustrada a mis zapatos y me iba a trabajar.
    Tomé nota de que me hacía falta un corte de pelo, pero tenía que averiguar por alguna peluquería recomendable.
    Por la tarde le pregunté a Julio Sánchez, que era el dueño del hotel y que contesta “Mirá, acá enfrente hay una. La vas a encontrar cerrada, pero golpeá la puerta y te va a atender. Lo que pasa es que está jubilado por incapacidad por vejez y como lo que cobra no le alcanza, sigue trabajando, pero como teme que, por ser autónomo, se le suspenda el pago de los haberes si lo descubren trabajando. And{a a la tardecita, que es la hora a la que atiende.
    Cuando terminé de trabajar golpeé la puerta y me atendió el peluquero, que resultó ser un viejito muy simpático y con interesante ilustración. Me atendió en su peluquería que denotaba haber sido importante en otro tiempo. Tenía tres sillones y una muy buena iluminación.
    Conocía a todo el mundo allí en Gualeguaychú. Aunque me dijo que era uruguayo, nacido en Nueva Palmira y había llegado a Gualeguaychú en 1905 siendo un niño. O sea que era más argentino que uruguayo.  No se su edad, pero representaba unos 80 y tal vez algo más. Me preguntó como quería que me cortara y le expliqué que quería a la romana, terminada a la navaja.
    Muy conversador don Rivas, (porque ese era su apellido) y yo que mientras me cortaba el pelo, me puedo llegar a adormecer, ya que me resultaba y me resulta de lo m{as agradable que me pasen el peine o la mano en la cabeza. Era un hombre muy enterado del pasado de Gualeguaychú, que el vivió de manera directa.
    El corte que me hizo, no fue el que yo le pedí, pero estaba bien, no me quedó mal. Resultó ser una persona tan educada y culta que lo tomé como mi peluquero desde ese momento. Como el corte era periódico, lo hacía coincidir con las visitas a la localidad. Mucho de la historia local lo aprendí de él. Como por ejemplo el nombre del puente de la entrada, que todo el mundo llamaba “puente de fierro”, incluso los habitantes de Gualeguaychú. Y el nombre real es Puente Méndez Casariego. También me contó don Rivas que, contigua a la ciudad estaba la estancia “El potrero” de Angela Unzué de Alzaga y Saturnino Unzué y que ellos donaron para Gualeguaychú, 120 hectáreas para parquización. De un lote de esa donación nació el “Parque Unzué”, al que se arriba por el “puente de fierro” que mencioné antes.
    Cada vez que iba era realmente pasar un momento muy agradable.
    Me comentó por ejemplo, que el poeta Gervasio Méndez era hermano del dos veces intendente Claudio Méndez Casariego. Que también fue electo senador en 1928 pero se negó a asumir por ser partidario de don Hipólito Yrigoyen.
    Me contó que el puente se hizo en Holanda y vino en piezas numeradas desde Ámsterdam durante la gobernación de Eduardo Laurencena. El puente era levadizo porque pasaban las chatas cargueras de una explotación minera que había y se llamó primero Hipólito Yrigoyen, después La Balsa en homenaje a las tres balsas que pasaban el riacho Gualeguaychú hasta que finalmente por ser su promotor Claudio Méndez Casariego y se inauguró en 1931 en una mañana muy fría, pero estaba allí todo el mundo ya que finalmente tenían acceso a la ruta 14, que como dije antes, pasaba por Colonia Elía.
    Don Rivas tenía una memoria prodigiosa sobre sucesos, fechas, hechos y anécdotas sobre los principios del siglo XX
    Me contó luego que, en realidad, había cerrado su peluquería porque su señora estaba ciega por una diabetes y él tenía que hacer todo, limpiar, cocinar y atenderla a ella. Solo le quedaban algunos clientes fieles que, si no podía atenderlos, volvían otro día.
    En uno de esos viajes que hacía a Gualeguaychú, fui a lo de don Rivas a que me atendiera y como siempre, me hizo pasar al salón y me colocó la bata.
    Como siempre me preguntó, como quería el corte. No sé por qué lo hacía, porque siempre me hacía el mismo corte. Tal vez no sabía hacer otro. Su instrumental era antiguo, la maquina manual de cortar el pelo, las tijeras y hasta los peines. Pero no importaba porque don Rivas era un hombre agradable y además quería ayudarlo por su situación.
    Ese día estaba bastante callado, no trajo a la charla ningún tema de los que le gustaba evocar. Por lo tanto, me puse a leer el infaltable “El Gráfico”.
    En algún momento del corte me dice don Rivas:
    ─Usted me va a disculpar, pero no me siento bien─ 
    ─ Pero si don Rivas, ¿qué le sucede? ─
    ─Mire, me voy a ir a recostar un ratito y vuelvo─
    Me quedé leyendo la revista, pero pensando si no habría que llamar a un médico. Hice girar el sillón para mirar cómo iba el corte ¡No lo podía creer, estaba por la mitad, es decir con el pelo sobre las orejas!  Me había cortado desde atrás…en una palabra, estaba sin terminar. (Yo pensaba, por favor que se mejore este viejo porque de aquí tendré que ir a otra peluquería a que me terminen de cortar. ¡Grave dificultad porque como el atendía solo al caer la tarde y ya era de noche, difícilmente encontrara una peluquería abierta!
    Pero no, pobre don Rivas, finalmente volvió.
    ─Ya me siento mejor, me dice. Sepa usted disculparme───
    ─Pero por supuesto. ¿Qué le pasó? ─ Le pregunto
    ─Tenía el estómago revuelto, pero ya se me pasó. Me quedé quieto un ratito y se me pasó─
    ─Si, yo le noté las manos muy frías. Pero don Rivas, me lo hubiera dicho de entrada. Yo podía volver otro día sin problemas─
    Y bueno terminó felizmente de cortarme, que en realidad no lo estaba haciendo mal, solo estaba sin terminar. En fin, cosas que pasan.

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    Darío H. Garayalde
    Darío H. Garayalde
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