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    Amenazas en escuelas: la mirada de un psicólogo sobre el trasfondo emocional de los adolescentes

    En los últimos días, distintas escuelas de Concordia se vieron atravesadas por amenazas de tiroteos escritas en baños y otros espacios comunes. Aunque no se concretaron hechos de violencia, el impacto en la comunidad educativa fue inmediato: temor, desconcierto y un clima de sospecha que alteró la convivencia cotidiana.

    22 de abril de 2026 - 00:28
    Licenciado en Psicología, Rodrigo Seija
    Licenciado en Psicología, Rodrigo Seija
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    Frente a este escenario, el licenciado en Psicología, especialista en adolescentes y docente de nivel secundario, Rodrigo Seija, dialogó con diario El Heraldo y aportó una mirada profunda para comprender qué hay detrás de estos mensajes que circulan entre estudiantes. Lejos de leer estos episodios como simples “bromas”, el especialista advierte que se trata de manifestaciones que requieren una mirada más amplia, capaz de situarlas en un contexto social, emocional y cultural más complejo.

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    Más que una broma: un síntoma que interpela
    “Las amenazas o mensajes anónimos no pueden leerse únicamente como hechos aislados o ‘bromas de mal gusto’”, señala. En su análisis, aparece con fuerza la idea de un fenómeno que se replica: “En muchos casos hay un efecto de contagio, donde situaciones de alto impacto mediático o emocional se replican”.
    En ese sentido, plantea que estos comportamientos pueden ser formas de expresar algo que no encuentra otro canal: “El horror, cuando no puede ser tramitado, suele aparecer en forma de actuación, de repetición o incluso de humor”.

    Para Seija, el foco no debería estar únicamente en sancionar, sino en comprender: “No estamos llegando a lo que ellos nos quieren expresar. La pregunta es qué malestares, qué tensiones, qué dificultades en el lazo social están apareciendo de este modo”.

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    Adolescencias atravesadas por la pandemia y las redes
    El contexto generacional también resulta clave para entender estos fenómenos. “Estos adolescentes transitaron parte de su escolaridad en pandemia, con entornos digitales y limitada participación social. Eso impacta en la pérdida de habilidades sociales”, explica.
    A esto se suma el peso de las redes: “Hoy en día se conectan con personas de otros entornos, y muchas veces ni siquiera la familia puede visualizar eso o intervenir a tiempo”. En ese escenario, aparecen riesgos como el grooming o contenidos que banalizan la violencia.

    “El fenómeno de masa que generan las redes produce pertenencia, pero también exposición constante a estímulos violentos”, advierte. Y agrega: “Desde la política hasta los contenidos de entretenimiento, todo parece tener un componente de violencia naturalizada”.

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    El anonimato y el “borramiento del yo”
    Uno de los rasgos más llamativos de estos episodios es el anonimato. Las amenazas aparecen escritas, sin firma, sin responsables visibles. Para Seija, esto no es casual: “Es como el grito del que está en la cancha, que dice cualquier cosa y se pierde en la multitud”.

    Pero va más allá y propone una lectura más profunda: “Antes, en un graffiti, uno quería que aparezca su nombre. Hoy vemos algo distinto: hay un borramiento del yo. Quiero generar algo, pero pasar desapercibido”.
    Este fenómeno, sostiene, refleja también una dificultad más amplia: “Parece que nadie quiere responsabilizarse de lo que sucede. Pero si pasa en nuestras escuelas, en nuestras familias, algo tenemos que ver”.

    Cuando la escuela deja de ser un espacio seguro
    El impacto de estas amenazas en la vida escolar es inmediato. “Se quiebra algo en la confianza cotidiana”, afirma el docente. “Aparece la sospecha, la desorientación, incluso entre los adultos. Todos pasan a estar en una actitud de guardia frente al otro”.
    Esa ruptura no se repara fácilmente: “Después hay que trabajar mucho, porque lo que se rompió es un montón”. Además del miedo inicial, emergen otras emociones como el enojo y la incertidumbre, que tensionan aún más la convivencia.

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    En paralelo, el especialista advierte sobre una “fragilidad en la convivencia” que ya se venía manifestando: dificultades para tramitar conflictos, para tolerar la diferencia y para construir vínculos sostenidos en el respeto.

    Escuchar antes que castigar
    Frente a este escenario, Seija propone una advertencia clara: las respuestas exclusivamente punitivas no alcanzan. “Se escuchan muchas medidas como penalizar o hacer que los padres paguen operativos. Pueden ser necesarias, pero no resuelven el fondo”.

    El eje, insiste, debe estar en la escucha: “No estamos habilitando a los adolescentes a que nos muestren qué sienten, qué piensan, qué les pasa. Y eso se construye en el día a día”.
    Incluso invierte la pregunta habitual: “Si dicen que los chicos no hablan, es porque algo no se está haciendo para escuchar”.
    En esa línea, también subraya la responsabilidad compartida: escuela, familias, medios y sociedad. “No se trata solo de controlar, sino de reconstruir condiciones de convivencia, de escucha y de tramitación del malestar”.

    La familia, el primer espacio de aprendizaje
    En este entramado, el rol de la familia aparece como un pilar central. “El lugar natural de la educación es la familia”, sostiene Seija. “Es la primera institución con la que una persona cuenta desde que nace y donde se construyen las bases de los vínculos, los modos de relacionarse y de tramitar las emociones”.
    Si bien la escuela cumple una función clave en la socialización y el acompañamiento, el especialista remarca que no puede reemplazar ese primer sostén: “La escuela alfabetiza, acompaña, ayuda a socializar, pero la familia tiene un lugar fundamental que no puede ser delegado”.

    Sin embargo, advierte que en la actualidad ese rol muchas veces aparece desdibujado o atravesado por tensiones. “Vemos situaciones en las que los propios adultos intervienen desde lugares muy cargados emocionalmente, incluso con respuestas agresivas, que lejos de ordenar, intensifican los conflictos”.
    En ese sentido, recuperar el diálogo, la escucha y la presencia cotidiana se vuelve clave. No se trata solo de intervenir cuando aparece el problema, sino de construir vínculos que permitan prevenirlo, sostenerlo y acompañarlo a tiempo.
    Porque, en definitiva, entender lo que les pasa a los adolescentes también implica mirar hacia adentro y preguntarse qué lugar están ocupando hoy los adultos en esa construcción.

    Temas
    • amenazas
    • adolescentes
    AUTOR
    Ivana Guinda
    Ivana Guinda
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