¿Y si la economía no está estancada, sino que la estamos midiendo mal?
En la era de la inteligencia artificial, la automatización y los servicios digitales, el Producto Interno Bruto sigue siendo una herramienta útil para medir producción, pero cada vez más insuficiente para reflejar bienestar, calidad de vida y valor real. La discusión ya no es sólo económica: también es educativa, política y cultural.
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Durante décadas, el mundo aprendió a mirar la economía a través de una cifra casi sagrada: el Producto Interno Bruto. Si sube, se celebra; si baja, se encienden las alarmas.
Gobiernos, bancos centrales, organismos internacionales y medios de comunicación lo siguen como si fuera el termómetro definitivo del progreso. Pero en medio de una revolución tecnológica sin precedentes, empieza a imponerse una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿y si la economía no estuviera realmente estancada, sino que la estamos midiendo mal?
La pregunta no es antojadiza. Vivimos en una época en la que nunca hubo tanto acceso a información, conocimiento, conectividad y capacidad de procesamiento en manos de una sola persona como hoy.
Un teléfono celular concentra funciones que hasta hace pocos años requerían decenas de bienes y servicios distintos: cámara, agenda, mapas, enciclopedia, calculadora, correo, música, noticias y acceso inmediato a casi cualquier dato del planeta. Sin embargo, buena parte de ese salto en bienestar no aparece reflejado con claridad en la métrica que seguimos usando para diagnosticar la salud económica de los países.
Ahí aparece el primer punto clave: el PIB mide actividad económica monetaria, no bienestar. Sirve para cuantificar producción, valor agregado y movimiento de mercado, pero no fue diseñado para medir felicidad, calidad de vida o progreso humano integral. Y esa diferencia, que durante mucho tiempo pasó relativamente desapercibida, hoy se vuelve central.
Durante buena parte del siglo XX, el PIB funcionó razonablemente bien como brújula general porque la economía estaba dominada por bienes físicos: acero, cemento, automóviles, rutas, energía, maquinaria, cosechas. Era un mundo donde crecer significaba producir más cosas materiales y venderlas a precios fácilmente observables.
Pero el siglo XXI cambió las reglas de juego. Cada vez más valor económico proviene de software, plataformas, automatización, inteligencia artificial, datos, diseño, conocimiento y servicios digitales. Es decir, de activos que muchas veces mejoran la vida de las personas sin traducirse de manera proporcional en mayores precios de mercado.
Y ahí nace la gran paradoja de nuestro tiempo: cuando la tecnología hace algo más barato, más eficiente y más accesible, el bienestar puede aumentar mientras el valor monetario registrado crece menos o incluso cae. Dicho de otro modo: la sociedad puede estar mejor, aunque la estadística lo capte mal o de manera incompleta.
La historia ofrece un ejemplo brillante. Antes de la imprenta, los libros eran bienes caros, escasos y reservados a una minoría. Con la irrupción de Gutenberg, el costo de reproducción cayó de manera drástica. Si uno se quedara solamente con la lógica del mercado anterior, podría haber dicho que el “negocio del libro” se había desplomado. Pero lo que realmente ocurrió fue exactamente lo contrario: se multiplicó el acceso al conocimiento, se expandió la alfabetización y cambió la historia de la civilización. El precio bajó, pero el valor social se disparó.
Ese mismo fenómeno, salvando las distancias, se repite hoy con internet y con la inteligencia artificial. Hace treinta años, acceder a una enciclopedia exigía comprar tomos costosos; hoy buena parte de esa información es gratuita. Antes, orientarse en una ciudad requería mapas de papel o guías especializadas; hoy basta con abrir una aplicación. Lo mismo ocurrió con la fotografía, la música, la comunicación, la banca cotidiana, los archivos y buena parte de la formación profesional.
El consumidor ganó tiempo, capacidad de acción, acceso al conocimiento y comodidad. Pero una porción importante de ese beneficio no aparece del todo en las cuentas nacionales tradicionales.
Esto no significa que el PIB no sirva. Para quienes trabajamos en finanzas públicas, sigue siendo una herramienta indispensable. Permite analizar el tamaño relativo de la economía, la presión tributaria, la sostenibilidad de la deuda, la capacidad fiscal del Estado y la dinámica general de la actividad.
El problema surge cuando se le pide que mida más de lo que puede medir. El PIB sirve para cuantificar producción; no alcanza para resumir bienestar. Y confundir esas dos dimensiones puede llevarnos a diagnósticos equivocados y, peor aún, a políticas públicas mal orientadas.
La irrupción de la inteligencia artificial vuelve esta discusión todavía más urgente. Si una IA puede redactar informes, traducir textos, analizar contratos, programar o asistir en diagnósticos médicos en segundos y a costos mínimos, la consecuencia natural será una caída del costo de muchos servicios. Desde el punto de vista de la productividad social, eso es una gran noticia: significa hacer más con menos.
Pero desde la lógica del valor monetario registrado, el fenómeno puede resultar ambiguo. Habrá tareas que seguirán generando enorme valor real, aunque ya no demanden el mismo nivel de gasto, de empleo o de facturación que antes.
Dicho más claramente: la tecnología puede destruir valor monetario medido mientras multiplica valor real para la sociedad. Y ese es uno de los principales límites del PIB en la economía digital.
Todo esto debería obligarnos a repensar qué significa crecer en el siglo XXI. Porque si la innovación seguirá empujando hacia abajo el precio de muchas cosas, mientras el verdadero valor diferencial se desplaza hacia la creatividad, la interpretación, el juicio humano, la empatía y la capacidad de innovar, entonces no sólo hay que revisar cómo medimos la economía: también hay que revisar cómo educamos.
Ese punto es decisivo. Durante décadas, buena parte del sistema educativo estuvo organizado para entrenar memoria, repetición y procesamiento rutinario. Pero ese mundo se está agotando. Las máquinas ya son extraordinariamente eficaces para almacenar información, buscar datos y ejecutar tareas repetitivas. El valor humano pasa, cada vez más, por otro lado: pensamiento crítico, creatividad, criterio, capacidad de formular buenas preguntas, trabajo colaborativo y formación ética. Si no entendemos eso, corremos el riesgo de seguir preparando a las nuevas generaciones para competir precisamente en el terreno en el que las máquinas las van a superar.
Aquí aparece una derivación política de enorme importancia. Si seguimos evaluando el éxito de una sociedad únicamente con indicadores centrados en gasto y producción monetaria, podemos terminar premiando lo equivocado y subestimando lo esencial.
Por eso, la discusión seria no debería ser reemplazar el PIB por una consigna vacía, sino dejar de tratarlo como si fuera la medida absoluta del progreso. El desafío es complementarlo. Medir no sólo cuánto se produce, sino cuánto valor real se crea, cómo se distribuye, qué calidad de vida genera y qué capacidades deja instaladas para el futuro.
Hoy una porción creciente de la riqueza adopta formas menos visibles: ahorro de tiempo, reducción de costos, acceso masivo a servicios antes inaccesibles, automatización de tareas, inteligencia distribuida y creatividad potenciada por tecnología. Si no actualizamos las herramientas de medición, corremos el riesgo de interpretar como estancamiento lo que en parte podría ser una transformación profunda del modo en que se genera valor.
Tal vez el problema no sea sólo que la economía mundial crece poco. Tal vez el problema también sea que una parte de la nueva prosperidad no entra con facilidad en las viejas planillas. Y si eso es así, entonces la discusión sobre el PIB deja de ser un debate técnico reservado a especialistas. Pasa a ser una cuestión política, educativa y cultural.
Porque cuando una sociedad sigue usando un mapa viejo para leer un territorio nuevo, el riesgo no es sólo equivocarse en la medición.
El riesgo es equivocarse en el rumbo.

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