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    La guerra que no votamos, pero igual podemos terminar pagando

    En un mundo cada vez más interconectado, los conflictos geopolíticos ya no quedan limitados a las fronteras donde ocurren.

    28 de marzo de 2026 - 04:30
    Álvaro Sierra, especialista en finanzas
    Álvaro Sierra, especialista en finanzas
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    Un enfrentamiento armado en Medio Oriente puede terminar impactando, meses después, en los precios de los alimentos, los combustibles o los productos importados en cualquier ciudad del planeta.

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    En ese contexto, la actual escalada de tensiones en la región vuelve a poner en evidencia el llamado “efecto mariposa” del comercio global: pequeñas alteraciones en puntos estratégicos del planeta pueden desencadenar consecuencias económicas de gran magnitud en lugares muy distantes.

    El sistema de comercio internacional depende en gran medida de rutas marítimas altamente concentradas. Buques cargados de petróleo, gas, granos, insumos industriales y productos manufacturados atraviesan diariamente corredores logísticos que conectan Asia, Europa y América. Cuando alguno de esos corredores se vuelve inseguro o directamente queda bloqueado por un conflicto, toda la red logística mundial comienza a tensionarse.

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    En Medio Oriente existen varios de estos puntos críticos del comercio global, conocidos como “cuellos de botella”. Uno de los más importantes es el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo que se comercializa en el mundo. Otro paso estratégico es el Estrecho de Malaca, fundamental para el transporte entre Asia y Europa. Si la seguridad en alguno de estos pasos se deteriora, el impacto es inmediato en los mercados energéticos. El temor a interrupciones en el suministro suele disparar el precio del petróleo en cuestión de horas.

    Cuando el precio del crudo sube, la reacción en cadena es casi automática. El combustible es uno de los insumos centrales de la economía mundial: mueve barcos, camiones, aviones y maquinaria industrial. Un aumento del petróleo encarece el transporte global, y ese aumento se traslada gradualmente a cada eslabón de la cadena productiva.

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    El primer impacto suele sentirse en la logística marítima. Las grandes navieras deben modificar sus rutas para evitar zonas consideradas de riesgo, lo que implica más días de navegación y mayor consumo de combustible.

    A esto se suma el incremento de las primas de seguro para las cargas, que se disparan cuando los barcos deben atravesar áreas potencialmente expuestas a ataques o incidentes militares. En algunos casos, las aseguradoras directamente dejan de cubrir determinados trayectos, obligando a los buques a rodear regiones enteras.

    Estos cambios generan demoras, congestión en puertos alternativos y encarecimiento de los fletes. Lo que comienza como una medida de seguridad termina alterando la eficiencia de todo el sistema logístico internacional. El resultado es un aumento del costo del transporte de mercancías que termina repercutiendo en los precios finales de miles de productos.

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    Aunque parezca lejano, este tipo de situaciones tiene efectos concretos en países como Argentina. La economía local depende en gran medida del comercio exterior, tanto para exportar su producción agroindustrial como para importar insumos esenciales para la industria. Cuando las rutas marítimas se vuelven más costosas o más lentas, las empresas comienzan a enfrentar demoras en la llegada de componentes, materias primas y bienes intermedios necesarios para la producción.

    La consecuencia más visible es el aumento de costos para las empresas, que deben pagar fletes más caros y esperar más tiempo para recibir mercancías. En sectores industriales que funcionan con cadenas de suministro ajustadas, una demora en la llegada de piezas puede paralizar líneas de producción completas. Este fenómeno ya se observó durante la pandemia, cuando la crisis logística mundial provocó escasez de insumos en múltiples industrias.

    El aumento del precio del combustible se convierte en uno de los principales motores de inflación global. El transporte es un componente presente en prácticamente todos los productos de la economía. Cuando ese costo aumenta, termina filtrándose gradualmente en toda la estructura de precios.

    Los alimentos son uno de los sectores más sensibles a este fenómeno. Desde la producción agrícola hasta la llegada a las góndolas, los productos recorren largas distancias que dependen del combustible. Un aumento sostenido del petróleo encarece la maquinaria agrícola, los fertilizantes —muchos de ellos derivados del gas— y el transporte de la producción.
    En el plano internacional, un encarecimiento de la energía también afecta los costos de producción industrial, desde la fabricación de plásticos hasta la producción de acero o productos químicos. Esto genera un nuevo impulso inflacionario que se traslada al comercio global.

    Para países con economías frágiles o con historiales inflacionarios persistentes, como Argentina, este tipo de shocks externos pueden amplificar los problemas internos. Los aumentos en los costos logísticos internacionales se reflejan en precios de importación más altos, presionando sobre la inflación local.
    Además, el aumento del petróleo suele fortalecer el dólar a nivel global y generar mayor volatilidad financiera, lo que complica aún más a las economías emergentes que dependen del acceso al comercio y al crédito internacional.

    En definitiva, el escenario muestra hasta qué punto la economía mundial funciona como un sistema interdependiente. Un conflicto en una región estratégica puede alterar rutas comerciales, modificar precios energéticos y desencadenar presiones inflacionarias que terminan afectando la vida cotidiana en países situados a miles de kilómetros.

    Por eso, cada vez que aumenta la tensión en Medio Oriente, los mercados no solo miran el desarrollo militar del conflicto. También observan con atención el comportamiento del petróleo, las rutas marítimas y el comercio global. Porque en ese delicado equilibrio se juega buena parte de la estabilidad económica mundial.

    Qué debería hacer el Gobierno
    Frente a este escenario, el peor error sería la pasividad. O peor todavía: el relato tranquilizador sin preparación real. El Gobierno debería hacer varias cosas al mismo tiempo.
    La primera es reconocer el riesgo. No minimizarlo, no actuar como si se tratara de una noticia internacional sin efectos domésticos, no descansar en slogans. Un gobierno serio no espera que el problema le explote encima para empezar a diagnosticarlo.

    La segunda es anticiparse en materia energética. Garantizar abastecimiento, revisar escenarios de invierno, monitorear costos de importación, asegurar logística y prever mecanismos de contingencia. En contextos de guerra, la improvisación cuesta carísima.

    La tercera es construir un esquema de protección inteligente para los sectores más sensibles. No se trata de volver al desorden macroeconómico ni de abrir la canilla sin criterio. Se trata de entender que, si hay un shock externo que encarece costos básicos, los sectores vulnerables, las pymes y ciertas actividades estratégicas no pueden quedar librados a la intemperie.

    La cuarta es fortalecer reservas y prudencia fiscal. Justamente porque el mundo se puede volver más hostil, la política económica debería extremar el cuidado de divisas, evitar errores que aumenten la vulnerabilidad y priorizar decisiones que reduzcan exposición externa.

    La quinta, y quizás más importante, es pensar más allá de la coyuntura. La Argentina necesita usar este tipo de episodios como recordatorio brutal de una deuda pendiente: construir una economía menos vulnerable a los shocks internacionales. Eso exige infraestructura, diversificación, previsibilidad y una estrategia de desarrollo. Ningún país se vuelve fuerte solo por tener recursos. Se vuelve fuerte cuando organiza políticamente esos recursos en un proyecto de estabilidad y crecimiento.

    La guerra podrá estar lejos en el mapa. Pero si la Argentina no se prepara, sus consecuencias pueden sentirse demasiado cerca.

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    Álvaro Sierra
    Álvaro Sierra
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