La batalla que Concordia no puede perder: reconstruir su clase media
Hay momentos en la vida de una sociedad en los que la acumulación de problemas termina generando algo distinto: la convicción de que ya no alcanza con seguir haciendo lo mismo. Desde hace años, los argentinos vienen expresando una voluntad de cambio y una expectativa muy concreta: volver a creer que trabajar, estudiar, producir y esforzarse pueden conducir a una vida mejor. Ese deseo también existe en Concordia. Y allí puede estar nuestra mayor oportunidad.
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Hay momentos en la vida de una sociedad en los que la acumulación de problemas termina generando algo distinto: la convicción de que ya no alcanza con seguir haciendo lo mismo. Desde hace años, los argentinos vienen expresando una voluntad de cambio y una expectativa muy concreta: volver a creer que trabajar, estudiar, producir y esforzarse pueden conducir a una vida mejor. Ese deseo también existe en Concordia. Y allí puede estar nuestra mayor oportunidad.
El cuadro económico y social es difícil, pero no constituye una condena. Las ciudades pueden transformarse cuando convierten la voluntad de cambio en planificación, educación, inversión, tecnología y empleo. Por eso, en una Concordia donde la mitad de la población está debajo de la línea de pobreza, defender y reconstruir la clase media debería convertirse en una de las principales políticas públicas de los próximos años.
Volver a creer en el progreso
Durante décadas, pertenecer a la clase media argentina significó mucho más que alcanzar determinado ingreso. Era tener un trabajo relativamente estable, educar a los hijos, acceder a una vivienda, cambiar el auto cada ciertos años, tomarse algunos días de vacaciones, afrontar un imprevisto y, sobre todo, conservar la expectativa de que la próxima generación viviría un poco mejor. Ese modelo de movilidad social está hoy fuertemente tensionado, pero precisamente por eso reconstruirlo debe ser una prioridad.
La Argentina consiguió reducir significativamente la inflación respecto de los niveles extremos de años anteriores. En junio de 2026 el IPC aumentó 1,9% mensual, acumuló 16,8% durante el primer semestre y llegó al 33,5% interanual. Son cifras considerablemente menores que las padecidas no hace mucho tiempo, aunque todavía elevadas para cualquier economía normal.
Además, la inflación no impacta igual sobre todos los gastos. Mientras la inflación general interanual fue del 33,5%, los servicios aumentaron 42,4%. Vivienda, electricidad, gas, educación, salud, transporte, alquileres y otros gastos que una familia no puede eliminar pesan cada vez más sobre el presupuesto. Por eso puede bajar la inflación y, al mismo tiempo, muchas familias sentir que viven peor.
Una clase media vulnerable, pero todavía defendible
Un reciente trabajo del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA permite dimensionar esa transformación. Su pirámide socioeconómica ubica solamente al 3% de los hogares entre los sectores ricos y al 7% en el segmento medio alto. Luego aparece una extensa franja de sectores medios integrados, aspiracionales y, especialmente, una clase media baja vulnerable que representa alrededor del 20% de los hogares. El desafío no consiste únicamente en sacar de la pobreza a quienes ya están dentro de ella. También debemos impedir que quienes todavía conservan empleo, vivienda, educación, cobertura médica o algún pequeño patrimonio comiencen a perderlos. La UCA describe a esa amplia clase media y media baja como un sector cuya estabilidad depende críticamente del ciclo económico y que, pese a la incertidumbre, todavía conserva aspiraciones de progreso.
Otro dato es igualmente revelador: cerca del 46% de la población vive en hogares que manifiestan estrés económico, es decir, sienten que sus ingresos resultan insuficientes para cubrir adecuadamente sus necesidades. La pobreza muchas veces comienza antes de que una estadística lo determine: cuando desaparece el ahorro, se usa la tarjeta para alimentos, se refinancian saldos, se posterga una reparación o se acumulan facturas. La caída social suele ser un proceso y, justamente por eso, puede ser detenida antes de que se consolide.
El peligro silencioso: vivir del crédito
Según el Banco Central, la morosidad de las financiaciones otorgadas a las familias alcanzó en mayo de 2026 el 12,8%, ocho puntos porcentuales más que un año antes. Fuera del sistema bancario tradicional el problema puede ser todavía mayor: entre los proveedores no financieros de crédito, la irregularidad alcanzaba en febrero el 26,9% de las financiaciones y llegaba al 34,1% en los préstamos personales. Hay una enorme diferencia entre utilizar crédito para adquirir un activo y utilizarlo permanentemente para completar el ingreso mensual. Cuando se financian alimentos, servicios, combustible o gastos corrientes porque el sueldo no alcanza, el crédito deja de ser una herramienta y empieza a convertirse en un sustituto artificial del ingreso. Ninguna familia puede sostener indefinidamente ese mecanismo. Frente a este escenario, recuperar el presupuesto familiar, conocer la deuda completa y no sólo el valor de la cuota, evitar refinanciaciones permanentes y reconstruir un pequeño fondo para imprevistos son conductas básicas. Pero hay otra inversión decisiva: el conocimiento. Educación financiera, nuevas tecnologías, inteligencia artificial, herramientas digitales, idiomas, comercio electrónico, capacitación laboral y actualización profesional pueden marcar la diferencia entre integrarse o quedar afuera del nuevo mercado de trabajo.
Concordia: el desafío es mayor, pero también la oportunidad
Cuando trasladamos este problema a nuestra ciudad, la dimensión cambia. En el primer semestre de 2026, el 30% de los argentinos se encontraba debajo de la línea de pobreza. En Concordia la cifra llegó al 52,5% de las personas y al 11,2% en indigencia. Fueron aproximadamente 90.000 concordienses pobres. No hay manera de minimizar esos números. Pero tampoco deberíamos asumirlos como un destino irreversible. Los indicadores describen dónde estamos; no determinan necesariamente hacia dónde tenemos que ir. En una ciudad donde cada dos personas ya está debajo de la línea de pobreza, permitir que continúe descendiendo la clase media agravaría todavía más una estructura social extremadamente frágil. Concordia necesita atender la pobreza, obviamente, pero también necesita una política de prevención de la pobreza. Eso significa defender el empleo privado, facilitar pequeños emprendimientos, capacitar trabajadores, acompañar a comerciantes y profesionales, promover vivienda, mejorar infraestructura, facilitar el acceso tecnológico y crear condiciones para nuevas actividades económicas. No alcanza con administrar planes sociales después de que las familias cayeron.
Producir movilidad social
Nuestra ciudad posee condiciones productivas, comerciales, turísticas y geográficas capaces de generar mucho más desarrollo del que actualmente genera. Tiene recursos naturales, universidades, profesionales, trabajadores, emprendedores y una ubicación estratégica. Ese capital existe. El desafío es organizarlo y convertirlo en oportunidades mediante capital humano, inversión, infraestructura, instituciones y planificación. Concordia ha dedicado históricamente mucho esfuerzo a administrar sus problemas y demasiado poco a modificar las causas que los generan. Eso puede cambiar. El objetivo no debería ser sólo reducir algunos puntos la pobreza, sino aumentar sistemáticamente el tamaño de la clase media concordiense durante los próximos diez o veinte años.
Que una familia pobre pueda convertirse en trabajadora integrada; que una familia vulnerable pueda ingresar a la clase media; que un joven capacitado encuentre razones para quedarse; que un pequeño comercio pueda transformarse en empresa; que un emprendimiento acceda a tecnología y mercados; que trabajar, estudiar, invertir y producir vuelva a ofrecer una posibilidad concreta de progreso. Ese debería ser uno de los grandes acuerdos de la ciudad.
2027: una oportunidad para discutir el futuro
En poco tiempo comenzará nuevamente la discusión electoral rumbo a 2027. Sería un error limitarla a nombres, candidaturas o consignas. Concordia necesita preguntarle a quienes pretendan gobernarla qué modelo productivo proponen, cómo piensan generar empleo privado, cómo formarán trabajadores para las nuevas tecnologías, qué harán por las pymes, cómo utilizarán las compras públicas, qué infraestructura priorizarán y, especialmente, cómo harán para que dentro de diez años tengamos más clase media y menos pobreza. Pero la transformación tampoco depende exclusivamente de un gobierno. Hace falta una sociedad que estudie, trabaje, emprenda, invierta, participe, controle y exija instituciones a la altura de sus posibilidades.
El problema social más peligroso no es solamente la pobreza que vemos. También es la pobreza que puede generarse silenciosamente cuando una familia de clase media pierde primero el ahorro, después el crédito, luego capacidad de consumo y finalmente la esperanza de progresar.
Y allí está el punto central: una sociedad empieza verdaderamente a retroceder cuando deja de creer que puede estar mejor. Concordia no debe resignarse a eso. Tenemos dificultades enormes, pero también capacidades enormes, y una sociedad que desde hace años viene reclamando cambios y nuevas respuestas.
En 2027 no deberíamos elegir simplemente quién administrará la ciudad durante cuatro años. Deberíamos discutir quién tiene un proyecto capaz de hacer que Concordia deje de administrar pobreza y empiece a producir movilidad social, oportunidades y futuro. Si transformamos el deseo de cambio en planificación, educación, inversión, producción y trabajo, este momento difícil puede ser recordado no solamente como una crisis, sino como el comienzo de una nueva etapa.

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