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    Escuchar crecer la hierba: la economía que el Gobierno no está oyendo

    A Gengis Kan, el gran conquistador mongol del siglo XIII y fundador del Imperio mongol, se le atribuye una idea tan potente como vigente: un buen gobernante debía ser capaz de “escuchar crecer la hierba”.

    25 de abril de 2026 - 04:30
    Por Álvaro Sierra, especialista en finanzas
    Por Álvaro Sierra, especialista en finanzas
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    Más allá de la exactitud histórica de la frase, la imagen conserva una potencia extraordinaria. Gobernar no consiste solamente en mandar, ni en administrar desde arriba, ni en mostrar resultados en una planilla prolija. Gobernar también exige sensibilidad para percibir lo que todavía no hace ruido, pero ya duele; lo que todavía no estalla, pero ya se está acumulando debajo de la superficie.
    Si traemos esa imagen a la Argentina actual, la pregunta es inevitable: ¿quién está escuchando crecer la hierba? Y la respuesta, por incómoda que resulte, es que hoy todo indica que el Gobierno nacional no lo está haciendo. O, al menos, no lo está haciendo con la profundidad que la hora exige.

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    Porque si algo define al presente argentino es precisamente esa distancia cada vez mayor entre los datos que el poder exhibe y la experiencia concreta que vive la sociedad. Una distancia que no es meramente técnica. Es política, social y, sobre todo, humana.

    Desde el Gobierno se insiste en un relato de ordenamiento. Y es cierto que hay números que muestran una mejora en determinadas variables macroeconómicas. En marzo de 2026, el Sector Público Nacional registró un superávit financiero de $484.789 millones y acumuló en el primer trimestre un superávit equivalente a alrededor de 0,2% del PBI. 
    También es cierto que el IPC de marzo fue de 3,4% y que acumuló 9,4% en el año, muy lejos del vértigo inflacionario del inicio de la gestión. Esos datos existen, son relevantes y no deben ser negados. El problema empieza cuando se pretende que esos datos alcancen por sí solos para describir la realidad entera.

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    Porque mientras el Gobierno celebra la consistencia del programa fiscal y la desaceleración inflacionaria, abajo, en la economía real, la hierba sigue creciendo y crujiendo. En febrero de 2026, el EMAE cayó 2,1% interanual y 2,6% respecto del mes anterior en la serie desestacionalizada. Ese mismo mes, las ventas en supermercados a precios constantes bajaron 3,1% frente a febrero de 2025. 
    Y los salarios, medidos por el índice oficial, acumularon 5,0% entre diciembre y febrero, contra una inflación acumulada de 9,4% hasta marzo. Es decir: la macro puede ofrecer señales de estabilización, pero la actividad, el consumo y los ingresos todavía muestran que para amplios sectores la vida diaria sigue retrocediendo.

    Y ahí es donde aparece el verdadero sentido de la metáfora. Escuchar crecer la hierba no es mirar el Excel del Ministerio de Economía. Es advertir que el salario ya no alcanza con la misma holgura, que el comercio de barrio vende menos, que el jubilado vuelve a hacer cuentas frente al mostrador de la farmacia, que la familia posterga gastos básicos, que la clase media deja de proyectar y empieza simplemente a defenderse. No es una discusión abstracta sobre indicadores. Es la mesa que se achica, el consumo que se restringe, el miedo que vuelve a instalarse como método de organización de la vida cotidiana.

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    Eso se percibe, además, en la calidad del trabajo y en la estructura social que está quedando. En el cuarto trimestre de 2025, la desocupación subió al 7,5%, por encima del 6,4% de un año antes. La informalidad laboral siguió en niveles altísimos y, según el informe del INDEC, 64,1% de la población asalariada informal no realiza aportes propios. En paralelo, la pobreza alcanzó al 28,2% de las personas en el segundo semestre de 2025 y entre los menores de 18 años trepó al 42,3%.

    Dicho de otra manera: aun cuando algunas variables macro se ordenan, la estructura social sigue siendo extraordinariamente frágil. Y cuando una economía convive con esa fragilidad, cualquier celebración prematura se vuelve peligrosa.
    Porque no alcanza.

    Por eso, el punto de fondo no es si los números oficiales son verdaderos o falsos. El punto es si alcanzan. Y no alcanzan. No alcanzan porque una sociedad no vive adentro de una planilla. No alcanza con decir que hay superávit si para millones de personas la vida sigue en déficit. No alcanza con mostrar que la inflación bajó si el trabajo es cada vez más precario, si el consumo sigue sin reaccionar y si la sensación dominante en una parte muy amplia de la sociedad es la de estar haciendo un esfuerzo enorme para apenas no caerse. 
    Las estadísticas sin lugar a dudas son herramientas valiosas; el problema empieza cuando se las convierte en un sustituto de la realidad.

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    Ahí es donde la crítica al Gobierno debe ser más clara. El oficialismo parece escuchar con mucha atención a los mercados, a los analistas financieros, a los organismos internacionales y a su propio relato de eficiencia.

    Pero escucha poco el murmullo social que viene de abajo. Escucha poco la angustia de los sectores medios que se achican. Escucha poco a los jubilados que ya no pueden sostener gastos elementales. Escucha poco a los trabajadores formales que descubrieron que tener empleo dejó de ser garantía de tranquilidad. Escucha poco, en definitiva, a una sociedad que no necesariamente cuestiona la necesidad de ordenar la macroeconomía, pero que sí empieza a preguntarse para qué sirve ese orden si no mejora de manera visible su propia vida.
    Y ese déficit de escucha ya está dejando señales. Las protestas de jubilados frente al Congreso continuaron en abril de 2026, con reclamos centrados en medicamentos, prestaciones y pérdida del ingreso real. En febrero, miles de personas marcharon contra la reforma laboral impulsada por el Gobierno y la protesta terminó con enfrentamientos y detenidos.

    Es decir: la conflictividad no es una hipótesis académica ni una exageración opositora. Es una advertencia. Es la forma en que la hierba deja de crecer en silencio y empieza a hacerse oír cuando nadie la quiso escuchar a tiempo.
    Dicho de otro modo: no alcanza con que cierre la planilla si no cierra la vida.

    Y eso no significa caer en un facilismo demagógico ni negar la importancia del equilibrio fiscal. Sería absurdo. Una economía desordenada no ofrece futuro a nadie. Pero una economía ordenada que no logra traducirse, en plazos razonables, en alivio social, recuperación de ingresos, mejora del trabajo y recomposición de expectativas, empieza a quedar atrapada en su propia lógica contable. Puede volverse técnicamente consistente y políticamente sorda.

    Ese parece ser hoy el principal riesgo del Gobierno de Javier Milei. No sólo el de ajustar. No sólo el de sostener un programa duro. Sino el de convencerse de que escuchar a la sociedad es una debilidad, de que toda queja es resistencia corporativa, de que todo reclamo social es una amenaza al plan, de que todo malestar es una incomodidad transitoria que debe ser soportada en nombre de un futuro que siempre se promete, pero que para muchos todavía no llega.

    La historia enseña que los gobiernos rara vez tropiezan sólo por un mal indicador. Muchas veces tropiezan por algo más elemental: por confundir estabilización con legitimidad, alivio técnico con bienestar real, y éxito contable con paz social.

    Ese es el riesgo de la Argentina actual. No el de carecer de números, sino el de enamorarse de ellos. No el de no tener rumbo, sino el de creer que el rumbo es correcto sólo porque algunas variables lo confirman, aun cuando debajo de esas variables una parte creciente de la sociedad se siente afuera, sola o simplemente ignorada.

    Escuchar crecer la hierba, en este contexto, no es una consigna poética. Es una obligación política. Porque cuando un gobierno deja de escuchar el temblor de la vida cotidiana, cuando sólo se oye a sí mismo, cuando se convence de que la sociedad debe adaptarse indefinidamente a su programa sin reclamar alivio, contención ni horizonte, entra en una zona de peligro.

    La hierba siempre avisa antes. El problema es que, cuando finalmente todos la oyen, muchas veces ya es demasiado tarde.

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    Álvaro Sierra
    Álvaro Sierra
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