Concordia frente al algoritmo: el comercio ya cambió y la política pública no puede llegar tarde
Mientras casi seis de cada diez comercios relevados de Concordia ya realizan operaciones online, una transformación profunda empieza a modificar la economía local: las plataformas no sólo venden, también administran la vidriera, concentran información y condicionan la forma de competir.
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El debate ya no es si hay que digitalizarse, sino cómo acompañar desde las políticas públicas este proceso sin que el comercio local pierda rentabilidad, competitividad y el vínculo con sus propios clientes.
Hay cambios económicos que avanzan casi sin ruido hasta que un día descubrimos que las reglas ya son distintas. Durante décadas, para un comerciante era decisivo elegir una buena ubicación, cuidar los costos y construir una relación con sus clientes. Hoy todo eso sigue siendo importante, pero ya no alcanza. La vidriera más transitada de muchos negocios está dentro de un teléfono y, en esa vidriera, el comerciante no siempre decide qué producto aparece primero ni qué competidor queda a su lado. Lo decide una plataforma.
Los datos locales muestran que no estamos hablando del futuro. Durante 2026, el 58,3% de los comerciantes relevados por el Centro de Comercio, Industria y Servicios de Concordia ya realiza operaciones online. Para el 34,8%, ese canal representa entre el 1% y el 25% de sus operaciones, mientras que un 41,7% todavía no vende por internet. Desde las finanzas públicas y el desarrollo económico local, este dato merece atención: cuando cambia el comercio, también deben cambiar las políticas destinadas a sostener la actividad económica de una ciudad.
Ya no competimos solamente entre nosotros
La primera realidad que hay que asumir es que desaparecieron buena parte de las antiguas fronteras comerciales. Una empresa de Concordia puede ofrecer sus productos en cualquier punto del país sin abrir sucursales ni montar una estructura propia de cobranzas y logística. Es una oportunidad extraordinaria para las PyMEs. Pero la misma puerta funciona en sentido contrario: todos los comercios del país pueden competir hoy por el consumidor concordiense.
La dimensión del fenómeno lo confirma. Durante el primer semestre de 2026, el comercio electrónico argentino movilizó más de $19,5 billones, con una facturación 28% superior a la del mismo período de 2025; se realizaron 181,5 millones de órdenes de compra y se comercializaron 248 millones de artículos. Incluso quien termina comprando en un local físico llega condicionado por esa nueva realidad: durante 2025, el 85% de los consumidores buscó información online antes de concretar una compra. Muchas veces entra al comercio con el precio de internet en la cabeza.
Vender más no significa necesariamente ganar más
Desde una mirada financiera, éste es uno de los puntos centrales. Mercado Libre informa cargos por vender productos en Argentina que pueden ubicarse entre el 11,62% y el 17,75% del valor comercializado, según categoría y provincia. A ello pueden agregarse costos por unidad, logística, publicidad, impuestos y determinados esquemas de financiación cuyos cargos pueden superar por sí mismos el 10%. Las plataformas brindan servicios reales y valiosos -acceso a millones de consumidores, medios de pago, reputación, prevención de fraude, financiamiento y logística-, pero todo eso tiene un costo que debe entrar en la cuenta.
Para una gran empresa, algunos puntos porcentuales pueden absorberse con escala. Para una PyME con márgenes reducidos, pueden transformar una operación aparentemente exitosa en una venta de rentabilidad mínima o incluso negativa. Por eso la pregunta relevante no es sólo cuánto se vende por una plataforma, sino cuánto se gana efectivamente por cada peso vendido. Confundir facturación con rentabilidad puede ser uno de los errores más costosos de una digitalización sin control de números.
El verdadero poder está en la información
Existe, además, un activo todavía más estratégico que la comisión: los datos. En el comercio tradicional, la relación con el cliente permitía conocer quién compraba, qué buscaba y cuándo regresaba. En las plataformas, una parte significativa de esa información pasa por un tercero capaz de procesar millones de búsquedas, ventas, precios, medios de pago y preferencias.
Mientras cada comercio observa una pequeña porción del mercado, la plataforma puede observar prácticamente todo lo que ocurre dentro de su ecosistema.
Por eso competir digitalmente ya no depende solamente de precio, calidad o servicio: también depende de ser visible para el algoritmo. Antes una esquina estratégica podía ser una ventaja competitiva; hoy también puede serlo aparecer entre los primeros resultados de una pantalla cuyas reglas el comerciante no controla. El material incorpora además estudios sobre inteligencia artificial aplicada a la fijación de precios, lo que abre un interrogante sobre el creciente peso de sistemas automatizados capaces de procesar información a una escala imposible para un comerciante individual.
La política pública también tiene que digitalizarse
Frente a esta realidad, sería un error plantear una batalla entre comercio tradicional y plataformas. El comercio local conserva ventajas que ninguna plataforma puede reproducir completamente: conocimiento personal del cliente, asesoramiento, entrega inmediata, atención posventa y confianza dentro de una comunidad. La estrategia debería ser combinar esas fortalezas con las posibilidades del mundo digital.
Allí aparece un espacio concreto para la política pública local. Más de cuatro de cada diez establecimientos relevados todavía no realizan ventas online. El material plantea programas conjuntos entre municipio, universidades, cámaras empresarias y entidades profesionales para capacitar a las PyMEs en costos digitales, comercio electrónico, inteligencia artificial, publicidad online, logística, manejo de datos y estrategias omnicanal. También propone servicios compartidos de fotografía de productos, catálogos, tiendas digitales, gestión de clientes y logística urbana, herramientas costosas para una empresa individual pero posibles si se organizan colectivamente.
En este contexto, el gobierno local debería asumir un rol activo de articulación y acompañamiento, no para sustituir al comerciante, sino para darle herramientas que hoy resultan decisivas para competir. Esto implica impulsar, junto con universidades, cámaras empresarias y entidades profesionales, capacitación permanente en costos digitales, comercio electrónico, inteligencia artificial, publicidad online, logística y manejo de datos; y facilitar servicios compartidos de fotografía, catálogos, tiendas digitales, gestión de clientes y logística urbana. El objetivo debe ser reducir las barreras de entrada a la economía digital y fortalecer la autonomía comercial de las PyMEs locales.
No se trata de construir un “Mercado Libre local” ni de competir contra la escala de las grandes plataformas. La tarea es otra: preparar al comercio de Concordia para utilizar esas herramientas sin perder identidad, rentabilidad ni la relación directa con sus clientes. Digitalizar no significa simplemente abrir una cuenta en una red social; significa conocer costos, medir márgenes, administrar información y comprender dónde termina la conveniencia de utilizar una plataforma y dónde comienza una dependencia que puede debilitar al negocio.
El mostrador no desapareció: cambió de lugar. Una parte continúa en la calle, detrás de una vidriera; otra está dentro de un teléfono. Para Concordia, la oportunidad es enorme porque sus empresas pueden acceder a mercados antes inalcanzables, pero el riesgo también existe porque el consumidor local quedó abierto a la competencia de todo el país.
La verdadera pregunta, entonces, es si el comercio concordiense ingresará a esta nueva economía preparado para aprovecharla o simplemente obligado a adaptarse a reglas diseñadas por otros. Y allí las políticas públicas tienen una responsabilidad concreta: no reemplazar al empresario ni competir con las plataformas, sino generar capacidades para que las PyMEs puedan utilizarlas como una herramienta de crecimiento y no terminar dependiendo de ellas para sobrevivir. Porque en la economía digital hay algo tan importante como vender: conservar la rentabilidad, la información y el vínculo con el cliente.

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