Argentina: Suiza en precios, América Latina en ingresos
Por estos días, el malestar de la clase media no se explica solo con una palabra —inflación— ni se resume en un indicador —recesión—. Hay algo más profundo, más estructural, y por eso más peligroso: la clase media ya no pierde únicamente por lo que gana, sino por lo que le cuesta vivir.
En términos de finanzas públicas (y de economía cotidiana), el diagnóstico es claro: Argentina se encareció en dólares para consumir y se encareció en pesos para habitar. No es una frase efectista. Es la fotografía que surge cuando se ponen en diálogo dos datos simples: el precio local de un bien masivo medido en dólares y el peso creciente de la vivienda sobre el salario.
Lo que emerge de esa comparación es incómodo: nos parecemos a un país rico en precios, pero seguimos siendo un país latinoamericano en ingresos. Y esa brecha no es neutra: se traduce en caída de bienestar, frustración, endeudamiento doméstico y un retroceso social silencioso.
Argentina “cara en dólares”: el Big Mac como termómetro del costo de vida
Un ranking internacional difundido en redes ubica a Argentina como el segundo país del mundo con el Big Mac más caro en dólares, a US$ 7,37, apenas por debajo de Suiza (US$ 7,99). En la lista aparecen también economías como Uruguay, Noruega, Italia, Estados Unidos, Reino Unido, Suecia y Dinamarca.
El dato puede parecer anecdótico, pero funciona como un termómetro brutal del costo de vida: si un producto masivo, simple y estandarizado cuesta como en países desarrollados, entonces no estamos frente a un “problema de nicho”, sino frente a un fenómeno general: los precios internos están altos en comparación internacional.
Dicho en criollo: Argentina se volvió un país caro medido en dólares para el consumo cotidiano.
Y cuando los precios se “europeizan” pero los salarios no, el efecto no tarda en aparecer: la clase media queda atrapada en un estándar de costos que no puede sostener.
El verdadero derrumbe no está en el promedio: está en el hogar
El segundo dato es todavía más revelador porque mide la angustia real: cuánto del salario se va en vivir.
Un gráfico sobre el “Impacto del costo de vivienda en los salarios” entre diciembre de 2023 y octubre de 2025 muestra una dinámica clave: Salarios registrados: suben a 347 (base 100) y la Inflación general (IPC): sube a 341.
Es decir: en promedio, el salario registrado acompaña la inflación general. No la “gana”, pero tampoco queda destruido por el IPC. Sin embargo, el problema —como suele ocurrir en economía real— no está en el promedio. Está en los rubros que determinan el bienestar.
Porque, en el mismo período: los alquileres: subieron un 556 y los servicios (luz/gas) un 633.
No es una corrección leve. Es un salto de precios relativos. Mientras el ingreso corre al ritmo del índice general, el costo de sostener el hogar corre casi al doble.
Y el dato final es el que explica por qué “no alcanza” aun cuando algunos números macro parezcan ordenarse:
La vivienda (alquiler + servicios) pasó de representar 39,9% del salario a 58,6%.
En menos de dos años, la clase media pasó de destinar cuatro de cada diez pesos a sostener el hogar, a destinar casi seis de cada diez. Lo que queda para el resto —alimentos, salud, transporte, educación, vestimenta, recreación— empieza a pelear por migajas.
La pinza: consumo caro + vivienda impagable
Aquí aparece la relación entre ambos datos. El Big Mac caro sugiere un país con precios elevados incluso en bienes masivos.
El costo de vivienda confirma que el gasto fijo más importante del presupuesto familiar se disparó.
Es una pinza perfecta sobre la clase media: precios cotidianos altos, gasto fijo desbordado, y poco margen para absorber shocks.
Cuando la vivienda se lleva cerca del 60% del salario, el resto de la economía doméstica se reorganiza de manera automática: cae el consumo no esencial, desaparece el ahorro, la tarjeta se convierte en “puente” permanente, crecen las cuotas para gastos básicos, se ajusta en salud, educación y movilidad, se posterga mantenimiento de la vivienda y del auto, se vende el “colchón” (ahorros, dólares, activos).
La clase media deja de planificar. Empieza a resistir.
Finanzas públicas: cuando el ajuste de los hogares reemplaza al Estado
Esta dinámica tiene una lectura inevitable desde las finanzas públicas. Cuando se encarecen fuerte los componentes esenciales del bienestar (vivienda y servicios), los hogares hacen lo que haría un Estado en crisis: recomponen su presupuesto recortando gasto discrecional, agotando reservas y financiándose con deuda.
Es decir: la clase media vive una suerte de “programa de estabilización” doméstico. Y eso erosiona su rol histórico: el de ser columna vertebral de la economía formal, contribuyente neto, sostén del consumo y base de estabilidad social.
En términos políticos, es una fábrica de malestar. Porque el “orden macro” puede mostrar números consistentes, pero la legitimidad económica no se gana en una planilla: se gana cuando la gente llega a fin de mes.
La nueva pobreza silenciosa
El fenómeno más grave es que no se presenta necesariamente como indigencia, ni siempre aparece de inmediato en las estadísticas. Es una pobreza distinta: pobreza silenciosa por retroceso social.
Es la clase media que: sigue trabajando, sigue pagando impuestos, sigue en blanco, pero ya no sostiene su estándar de vida, pierde previsibilidad, pierde movilidad, y vive bajo la lógica del ajuste permanente.
No es solo menos consumo. Es pérdida de estatus económico y social.
Conclusión: un país inviable para su clase media
Los dos datos, combinados, muestran una verdad incómoda: Argentina se volvió “Suiza en precios” para el consumo cotidiano y “América Latina en ingresos” para los salarios.
Esa brecha es el núcleo del problema. Y si no se corrige, no hay relato que aguante.
Porque la clase media fue históricamente el estabilizador social: la que ahorra, invierte, estudia, trabaja, paga y empuja.
Pero cuando el hogar se vuelve impagable y los precios cotidianos se dolarizan a niveles europeos, esa clase media deja de ser motor y pasa a ser víctima.
Argentina puede ordenar números. Pero si no vuelve viable la vida cotidiana, el ajuste no será una solución: será apenas una forma elegante de empobrecer sin estallar.

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