El error de comunicación que repite casi todo el turismo
Durante años, destinos, hoteles, cabañas y prestadores construyeron su comunicación bajo una lógica bastante simple: mostrar lo que tienen. Una playa, una cascada, una habitación, un paisaje al atardecer. Funcionó bastante bien, hasta que dejó de funcionar.
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Hoy el turista no elige un destino porque tenga playa o montaña o un hotel con cuatro estrellas en el cartel. Elige lo que cree que le va a hacer sentir algo. La diferencia parece pequeña y cambia todo.
Una familia buscando vacaciones no está buscando una cabaña. Está buscando volver a compartir tiempo juntos, que en muchos casos hace meses que no ocurre. Una pareja que reserva una escapada no está comprando una habitación. Está comprando tiempo sin hijos, sin trabajo, sin el teléfono encima. Un pescador que organiza una salida no está contratando una lancha: está construyendo una historia que quiere contar cuando regrese. El producto es el mismo. Lo que cambia es por qué la gente lo compra.
Ahí está el primer gran error de buena parte de la comunicación turística actual. Seguimos hablando de infraestructura mientras el viajero busca otra cosa.
Las plataformas digitales lo muestran todos los días. Las publicaciones que generan consultas, guardados, conversaciones, no son las que muestran instalaciones. Son las que muestran gente viviendo algo. Una foto de una habitación impecable junta algunos "me gusta" y se olvida. Una historia donde alguien cuenta cómo fue ese fin de semana que no esperaba puede generar reservas reales. La diferencia no está en la calidad de la imagen: está en si hay algo humano adentro.
Muchos perfiles turísticos siguen funcionando como catálogos. Publican servicios, precios, promociones. Pero nadie comparte un catálogo. La gente comparte lo que le pasó, lo que vivió, lo que recomienda. Por eso la pregunta que debería hacerse cualquier prestador antes de publicar algo es una sola: ¿estoy mostrando lo que vendo o lo que la gente va a vivir? Son dos contenidos completamente distintos.
Hay además un cambio de fondo en cómo se toman las decisiones de viaje. Cada vez creemos menos en la publicidad y más en otras personas. Antes de reservar consultamos reseñas, miramos videos, preguntamos en grupos. La decisión se construye en conversaciones, no en folletos. Nadie lo planificó así, pero el turista satisfecho terminó siendo el mejor canal de promoción que puede tener un destino, y no cobra comisión.
Los destinos tienen encima de todo eso una responsabilidad que va más allá de la promoción: construir identidad. Explicar quiénes son, qué los hace distintos, qué historia cuentan. En un mundo donde miles de lugares compiten por la atención de la misma persona, la identidad es una ventaja competitiva real y bastante difícil de copiar. Lo que vuelve único a un destino no siempre es lo que se ve. Muchas veces es lo que se siente al estar ahí, y eso no aparece en ninguna ficha técnica ni en ningún comparador de precios.
Con la inteligencia artificial y los buscadores conversacionales, todo esto se acelera. Cuando los algoritmos filtran y recomiendan antes de que el usuario llegue a un sitio web, aparecer en una búsqueda ya no alcanza. Lo que importa es tener algo genuino para decir cuando aparezcan. La tecnología puede mostrar un destino. No puede fabricar el deseo de visitarlo.
Llevo décadas en este sector y sigo convencido de que el turismo nunca vendió camas ni excursiones ni paisajes como fin en sí mismos. Vendió siempre la posibilidad de vivir algo que no ocurre en la rutina. Eso no cambió.
Lo que cambió es que hoy el viajero tiene más herramientas para detectar cuándo esa promesa es real y cuándo es puro decorado. Y eso, para quienes comunicamos turismo, es una presión y una oportunidad al mismo tiempo.

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