¿Qué haría don Casiano ante el ventarrón que sacude al Odeón?
El teatro que Casiano Garate abrió en 1913 y qué Concordia recuperó décadas después enfrenta otra hora difícil. La Fundación advierte que las deudas heredadas y una demanda laboral podrían comprometer su continuidad.
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La respuesta exige reunir a las fuerzas vivas de la ciudad y conocer con claridad la situación. Don Casiano Garate imaginó un teatro para Concordia cuando la ciudad tenía el pulso de un pueblo que sabía encontrarse. El Odeón abrió sus puertas el 13 de septiembre de 1913. Allí hubo compañías líricas, funciones de cine, obras y conciertos. También hubo algo menos fácil de poner en una cartelera: generaciones de concordienses que hicieron de esa sala un lugar propio. Por eso duele la advertencia de la actual Comisión Administradora. Según informó la Fundación, al asumir el 26 de marzo encontró deudas y obligaciones de períodos anteriores. Ahora debe afrontar, además, una demanda laboral presentada por una exempleada. Sus autoridades sostienen que, si el reclamo prosperara en los términos planteados, el monto podría comprometer el patrimonio de la institución y la continuidad del teatro.
La demanda está en trámite: su resultado no está decidido. El comunicado completo de la Fundación se publica por separado. Al Odeón ya le tocó atravesar un cierre. Bajó el telón en 1989 y, años después, una iniciativa nacida en la comunidad impulsó su recuperación. La Fundación adquirió y reconstruyó el edificio, que volvió a abrir en julio de 1998. Esa historia ofrece una respuesta posible para el presente: convocar otra vez a artistas, trabajadores, comerciantes, empresas, instituciones, autoridades y vecinos alrededor de una mesa común. Pero la mística pueblerina, por valiosa que sea, necesita cuentas claras para convertirse en ayuda efectiva. La Fundación debe poder explicar qué obligaciones enfrenta, qué riesgos son inmediatos y qué recursos hacen falta para sostener la sala. Con esa información, Concordia podrá decidir cómo acompañarla, desde una función a beneficio hasta aportes o gestiones institucionales. La trabajadora que inició el reclamo tiene derecho a que la Justicia lo examine; la Fundación, a ejercer su defensa. Defender al Odeón no requiere desconocer ninguno de esos derechos.
Este ventarrón deja también una enseñanza incómoda. El paso del tiempo no puede llevarse los códigos con los que se cuida una institución compartida. Quien administra un teatro construido y recuperado con esfuerzo colectivo tiene en sus manos algo que no le pertenece personalmente. Cada decisión, cada gasto y cada obligación deben poder explicarse ante quienes vendrán después.
¿Qué haría don Casiano? Nadie puede hablar en su nombre. Pero cuesta imaginarlo indiferente mientras peligra el lugar que ayudó a crear. Hoy la pregunta va dirigida a Concordia: si el Odeón fue capaz de volver a levantarse una vez, ¿podrá la ciudad reunirse de nuevo para sostenerlo?

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