Un año de pandemia y porvenir
La noche del 19 de marzo, subí al último micro que desde Concordia iba a Buenos Aires, lugar donde resido. Sorprendido por la noticia que por prevención sanitaria clausuró la circulación de personas en todo el país. A ello se le unió la urgencia por llegar a la propia casa, donde en general se reúne el mayor cobijo de las personas.
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No fueron pocos los que por diversos motivos quedaron sin poder arribar a sus hogares. Inclusive aquellos que estando fuera del país, así quedaron hasta que se planificaron las búsquedas aéreas.
Los comienzos tuvieron esa condición propia de lo nuevo y desconocido que a todos nos atravesaba. Sin diferencias sociales o económicas, se apreció en sus comienzos que tal decisión era protectora y necesaria, pese al freno abrupto que produjo en la cadena de consumos y producciones. Los trabajadores dependientes, de inmediato tuvieron noticias de continuidad laboral desde sus hogares. Descubriendo la mayoría de ellos, la enorme comodidad de trabajar en sus ámbitos cotidianos, sin traslados en transportes, sin los ropajes habituales y disfrutando el agradable placer de marchar desde el dormitorio a la mesa de la computadora.
No todos pudieron vivir esta experiencia. Los trabajadores autónomos, los cuentapropistas o aquellos que viven de sus oficios o changas, no tuvieron la misma suerte. Con inmediatez se encontraron con la falta de recursos económicos. Mientras la protección sanitaria se mantenía, la cotidianeidad de muchos, adquirió condición de angustia, pese a la ayuda gubernamental. Cierto es que en estas condiciones, la solidaridad emerge y se despliega. La cual ayuda y por momentos protege. Para este grupo de ciudadanos/as, no ha sido fácil el comienzo ni tampoco la extensión del estado de pandemia. Lo mismo sucede con muchos grandes y pequeños productores que vieron mermadas sus actividades. Ninguno como el rubro hotelero o turístico.
No todos pudieron dimensionar el fenómeno mundial. Los que sospecharon de maniobras tendenciosas, también la pasaron mal, porque además se les sumo el enojo contra quienes tomaban decisiones de continuidad del aislamiento y distancia social, extraviando la dimensión de un hecho sanitario planetario con efectos similares tanto en países ricos como pobres.
Los contagios llegaron después. Las muertes también. Pero como eran de otras provincias o ciudades, el interior lo miraba por televisión. Hasta que también aquí llegaron, con enojos hacia los contagiados, quienes fueron injustamente señalados.
Sabemos que la menor circulación de personas es la que evita el contagio. Que los cuidados de higiene personal y distancia interpersonal son eficaces medidas protectoras. Sabemos que serán las vacunas las que traigan soluciones. También sabemos que llevara un tiempo más largo de lo deseado. Todo el saber no impide que el hastío por momento nos gane. Existe un generalizado cansancio de vivir esta vida más restringida.
En la intimidad, quien más quien menos, incorporó aprendizajes y se revelaron aspectos escondidos. Entre los aburrimientos y las búsquedas, muchas personas descubrieron prácticas nunca realizadas, actividades artísticas postergadas o aquellas ligadas a la recreación saludable, como caminar, correr o subirse a una bicicleta, después de tantos años de no hacerlo.
Los abuelos aprendieron a manejar las redes sociales y fueron activos conectados emocionales que ayudó a paliar la tristeza de las separaciones físicas. Cierto es que hubo enfermedades solitarias y muertes sin despedidas. ¡Claro que hubo tristezas y depresiones! (Sigue habiendo).
Pero la vida, empecinada en quedarse un rato más en este mundo a pesar de la pandemia, busca los motivos para dibujarse un horizonte esperanzador. Y lo construye en su cotidianeidad. Aun aquellos que quedaron cubiertos por las sombras del desencanto, se abre una luz de esperanza soñando un mañana de abrazos y besos. De cuerpos apretados en amores atrasados.
Lo vital notifica su presencia en cada latido y en cada porción de oxígeno que incorporado, le pide a la enfermedad y la muerte, que habiendo tenido bastante trabajo por estos lados, nos regale la posibilidad de reencontrarnos sin tapabocas, sin distancias ni tantas intermediaciones, que por cierto, fueron y son útiles.
La vida en cada latido ilusionado vuelve a imaginar como cercano el contacto estrecho de mejillas tibias y con ojos que se miran y entregan lo más hondo que sentimos.
A un año de la pandemia, y con los mayores pesares vividos, les contaremos a los que nacen, que pese a las soledades y penas, fue lo amoroso quien los trajo a este mundo para vivir todo lo bueno que aún nos resta.
