El estallido del sentido
Después de la crisis del 2001, Silvia Belichmar, psicoanalista argentina, escribió un texto titulado "La encrucijada de Caperucita", allí decía: "Caperucita Roja no es ingenua por haberle creído al lobo, sino por haber convertido la evidencia de las enormes orejas, la gran nariz, las manos peludas, en objeto de una interrogación al servicio de la desmentida, buscando en las respuestas que recibía, una racionalidad que anulara su profunda sospecha de que no estaba, en realidad, ante su abuelita.
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Por eso, en lugar de huir, siguió preguntando, no a la búsqueda de la verdad que de algún modo conocía, sino en el intento de que la respuesta oficiara al servicio de su deseo de anulación del a percepción: orejas grandes para oírte mejor-que mayor halago que ese-manos grandes para tocarte mejor-qué hermoso, cómo me quiere mi abuelita, ojos grandes para mirarte mejor-soy tan bella, objeto de la mirada amorosa que requiere ojos grandes para poder apreciarla, boca grande para comerte mejor, y ya es tarde, ya está en las fauces y en la barriga del lobo, hasta que alguien venga a liberarla, porque no sólo ha quedado atrapada, sino que ha cedido a las pocas fuerzas que tenía para evitar su captura o destruir a su captor"." La desmentida es un mecanismo que consiste en que el sujeto rehúsa reconocer la realidad de una percepción, renegando de ella, caperucita no ignora lo que le va a pasar, de hecho, sospecha. Pero desmiente lo que percibe para sostener lo que quiere creer. Se hace la sota respecto de lo que advierte. Y así le va. Ese es el problema con las creencias, pueden prescindir absolutamente del juicio crítico y del principio de realidad, porque se sostienen solamente en lo que se quiere creer. Son parientes del pensamiento mágico. La certeza incuestionable y la necedad. Pero no por eso, la realidad deja de ocurrir" . Puede estallar la economía, generando hambre, rápida transferencia de ingresos de los trabajadores al capital, la estatización de la deuda privada etc., pero también, concomitantemente, puede estallar el sentido, a partir de la negación de la percepción, celebrando un ajuste o renegándolo como necesario, porque una luz parece haber al final del túnel. El odio, en su ceguera, facilita la desmentida de la percepción de la realidad y pone en su lugar lo que se desea ver, ya que solo apetece de la existencia de un culpable a quien destruir, eliminar, desaparecer o exterminar. El odio no construye, ni está interesado por la verdad. Sucede lo mismo con el terror que engendra la idea de que la abuelita "algo habrá hecho" para que el lobo se la coma, o la desesperación que alucina oasis, y confunde el deseo con la realidad y, anulando la capacidad reflexiva, hace nacer razonamientos necios. A propósito, estamos a pocos días de conmemorar el estallido del 19 Y 20 de diciembre de 2001, en el que el neoliberalismo explotó por los aires un país, en el que los humildes fueron hambreados y la clase media confiscada en sus ahorros, a costa de la fuga del dinero de los poderosos, que concentran las riquezas. Recuerdo que en el momento en que la crisis no había llegado aún al sumun, gran parte de la población apoyaban entusiasmados el regreso de Cavallo con el razonamiento de que "si él creó el problema, él lo puede arreglar". En esa mentira necesitaron creer hasta que el corralito lo hizo insostenible y las cacerolas comenzaron a exigir la renuncia del economista que estatizo la deuda privada de los empresarios durante la Dictadura.
En el 2001 también el ajuste, como siempre en nuestra historia, fue respondido con represión. 38 muertos por un gobierno asesino favorecidos por la impunidad, fue el triste resultado de esas jornadas en las que el pueblo comprendió que no podían imponerle un Presidente que los llevara al abismo, que comprendió que su fuerza estaba en la solidaridad y la resistencia. Entre las víctimas se destaca un ángel que con su bicicleta recorría generosamente las calles pobres del barrio Ludueña de Rosario, preocupado por llenarles la panza y aliviar al menos un poco los efectos de las enormes desigualdades. Pocho Leprati subió al techo del comedor pidiendo a los policías que "bajaran las armas, pues allí había chicos comiendo". Inocente de la emboscada, fue fusilado por la fuerza policial.
Parecía que habíamos aprendido, pero está claro que el Lobo siempre está agazapado, esperando a Caperucita. A este período de angustia que estamos viviendo, debe suceder una restitución del sentido, a través de la Memoria, del pensamiento crítico, de la racionalidad, de la construcción del diálogo y la empatía, para recuperar la alegría y la esperanza, aquello que se pierde en las puertas del infierno, y así reconstruir los lazos de amor y de justicia social.
Sergio Brodsky
