Caputo apuntó contra periodistas y pidió sanciones por informaciones que considera falsas
El ministro de Economía rechazó una publicación que lo vinculó, junto a Federico Sturzenegger, con un supuesto negocio alrededor de la verificación de surtidores y reclamó una legislación que establezca consecuencias para periodistas que difundan acusaciones falsas. Javier Milei respaldó al funcionario y volvió a confrontar públicamente con sectores de la prensa.
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La relación entre el Gobierno nacional y una parte del periodismo sumó un nuevo capítulo de fuerte tensión. Esta vez fue el ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, quien salió públicamente a rechazar una información que lo vinculaba con un supuesto negocio privado y planteó la necesidad de establecer sanciones para periodistas que publiquen acusaciones que considere falsas o injuriosas.
La controversia comenzó a partir de una publicación del periodista Beto Valdez, quien sostuvo que Caputo y el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, habrían favorecido una suerte de “privatización exprés” al trasladar fuera del INTI determinadas tareas relacionadas con la verificación de surtidores y habilitar la participación de laboratorios privados. La nota planteaba interrogantes sobre posibles vinculaciones empresariales y hablaba de un eventual caso de “capitalismo de amigos”.
Caputo negó terminantemente cualquier relación con las firmas y empresarios mencionados. Aseguró que nunca había escuchado hablar del grupo señalado y consideró especialmente grave que una publicación periodística pudiera involucrarlo en una sospecha de corrupción sin que, según su postura, existieran pruebas que la respaldaran.
Fue entonces cuando el ministro fue un paso más allá de la desmentida: reclamó consecuencias legales para quienes difundan información falsa o injuriosa y pidió la intervención de la Justicia.
Sturzenegger acompañó la respuesta, negó también vínculos con las empresas mencionadas y defendió los cambios introducidos en el sistema, argumentando que la modificación eliminó beneficios que anteriormente recibían grandes compañías petroleras.
La discusión rápidamente dejó de concentrarse únicamente en aquella información y se transformó en otro enfrentamiento entre funcionarios y medios. Caputo cuestionó posteriormente un artículo de La Nación referido a las agresiones contra periodistas y sostuvo que debería hablarse, en sentido inverso, de un “ataque del periodismo”.
El presidente Javier Milei se incorporó después a la polémica respaldando a su ministro. Desde sus redes sociales volvió a cuestionar duramente a periodistas y medios, calificando una de sus intervenciones como “Desenmascarando mentirosos”.
El episodio agrega otro capítulo a una relación de permanente confrontación entre el Gobierno y sectores de la prensa, particularmente impulsada por el propio Presidente. Desde su llegada al poder, Milei eligió colocar reiteradamente a periodistas y medios entre los destinatarios centrales de sus cuestionamientos, utilizando en numerosas oportunidades expresiones extremadamente duras. Esa dinámica termina ubicando simbólicamente a la profesión en una suerte de “pelotón de fusilamiento” permanente, donde una publicación crítica puede derivar rápidamente en descalificaciones públicas desde las máximas autoridades del país.
En este caso, además, el cuestionamiento alcanza a La Nación, un diario con una extensa trayectoria dentro del periodismo argentino, y a profesionales que forman parte de una historia importante de la prensa nacional. La tarea periodística incluye precisamente investigar, preguntar y publicar cuando existen elementos que sus profesionales consideran suficientemente sólidos. Eso no convierte a ningún medio en infalible: si una información es incorrecta, quienes aparecen afectados tienen derecho a desmentirla, exigir rectificaciones y recurrir a los mecanismos legales existentes.
También corresponde aplicar esa exigencia de precisión al propio periodismo. Una acusación de corrupción contra funcionarios públicos requiere evidencia sólida y debe distinguir claramente entre hechos comprobados, hipótesis y opiniones.
Por eso, detrás del ruido político aparece una cuestión más profunda. Una cosa es discutir, refutar o incluso llevar ante la Justicia una información considerada falsa; otra diferente es convertir cada controversia periodística en una confrontación general contra la prensa o impulsar mecanismos que puedan terminar condicionando la investigación y la crítica.
En el caso que originó esta disputa todavía resta determinar qué sustento tienen las afirmaciones publicadas y qué elementos aportarán Caputo y Sturzenegger para rechazarlas. Será el desarrollo de los hechos, y eventualmente la Justicia, el que permita establecer quién tenía razón.
Mientras tanto, queda nuevamente expuesta una relación entre poder y periodismo atravesada por la intolerancia y el enfrentamiento, cuando justamente la libertad para investigar y la responsabilidad de hacerlo con pruebas son dos condiciones que deberían convivir en cualquier sociedad democrática.

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