Adorni, los dialoguistas y el juego de las postergaciones
La política argentina volvió a mostrar este fin de semana una de sus especialidades: ganar tiempo. Mientras crece la controversia alrededor de la situación de Manuel Adorni y las responsabilidades políticas derivadas de las decisiones del Gobierno nacional, los sectores llamados “dialoguistas” parecen haber encontrado en la postergación una salida cómoda para evitar definiciones que podrían tener costos electorales.
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La expectativa inicial de muchos gobernadores y dirigentes cercanos al oficialismo era que la Casa Rosada entregara alguna señal que permitiera descomprimir el conflicto. Sin embargo, esa expectativa se desvaneció rápidamente. Quienes mantenían canales de diálogo con el Gobierno, entre ellos Rogelio Frigerio, admiten hoy que interpretaron mal los movimientos oficiales o que recibieron mensajes que los llevaron a creer que existiría una salida negociada.
En ese contexto apareció un nuevo capítulo: la discusión jurídica sobre las mayorías necesarias para avanzar en una eventual censura al jefe de Gabinete. Lo que hasta hace poco parecía una cuestión resuelta —la necesidad de mayoría absoluta— ahora intenta transformarse en un debate sobre la exigencia de dos tercios. En la Argentina, muchas veces las discusiones reglamentarias aparecen cuando la política no encuentra los votos necesarios.
La suspensión y postergación de los debates previstos en Diputados refuerza esa sensación. Los bloques intermedios no quieren quedar asociados al kirchnerismo votando contra el Gobierno, pero tampoco desean asumir el costo de aparecer respaldando una gestión que enfrenta crecientes cuestionamientos. Entre ambas posiciones eligieron una tercera alternativa: esperar.
La lógica que predomina es sencilla. Muchos dirigentes entienden que la responsabilidad política final pertenece al Presidente. Si decide sostener determinadas estrategias, será él quien cargue con las consecuencias. Bajo esa interpretación, varios sectores opositores moderados consideran innecesario involucrarse en una batalla que podría desgastarlos tanto como al propio oficialismo.
Pero mientras el Congreso gana tiempo, también se mueven las piezas de cara a las próximas disputas electorales. Allí aparece otro escenario de enorme interés: la relación entre La Libertad Avanza y el PRO en la Ciudad de Buenos Aires. Lejos de existir una posición unificada, conviven estrategias distintas. Por un lado, quienes buscan profundizar acuerdos; por otro, quienes consideran que el Gobierno incumple compromisos y dificulta cualquier entendimiento político duradero.
La tensión entre las distintas corrientes del macrismo refleja precisamente ese dilema. Algunos imaginan acuerdos electorales futuros, incluso mediante mecanismos competitivos que permitan ordenar candidaturas. Otros creen que la experiencia reciente demuestra que la confianza entre ambas fuerzas se encuentra seriamente deteriorada.
Mientras tanto, figuras de peso continúan desempeñando roles de intermediación para evitar una ruptura definitiva. La política argentina suele encontrar en estos operadores silenciosos la posibilidad de mantener abiertos canales de negociación aun cuando los discursos públicos parecen irreconciliables.
Lo cierto es que el oficialismo atraviesa una etapa donde las definiciones se demoran, las explicaciones se multiplican y las postergaciones aparecen como la herramienta preferida de muchos actores. Sin embargo, la experiencia demuestra que los conflictos políticos rara vez desaparecen por el simple paso del tiempo. A veces, las demoras sólo consiguen que la factura llegue más tarde… y con intereses.

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