Viaje por el interior, en la segunda mitad del siglo XIX
Este es un relato realizado por Vicente Gregorio Quesada de primera mano. Se trata de un viaje desde Córdoba, a través de las provincias hacia Salta, acompañando a estudiantes de la Universidad. Años después, realizaría otra vez el mismo viaje, cuando viajó a Bolivia a hacerse cargo de la representación diplomática de ese ese país.
�SEra una verdadera dificultad. La tropa de carretas fue el medio de transporte frecuente, pero excesivamente moroso. Las galeras, como se llamaban entonces a las diligencias de pasajeros, no tenían regularizados periódicamente los viajes; me parece que había una empresa que hacía el tráfico entre esta ciudad (Buenos Aires) y Tucumán.
El medio más frecuente era asociarse los que tenían que hacer el viaje, contratar carruaje, peones, y proveerse de, los recursos necesarios para el camino. Los comerciantes más ricos tenían galera propia, y al aproximarse la época de hacer el surtido de la estación, se asociaban con otros y se dirigían a Buenos Aires, mercado único para proveerse de las mercaderías europeas. Ese viaje se hacía una vez por año, en las épocas adecuadas se remitían los productos de las provincias para aquella plaza. Hoy tienen ferrovías y telégrafos.
Yo no era comerciante, y no tenía mucho tiempo desocupado como para emprender viajes de recreo, quería aprovechar las vacaciones de los cursos de la Universidad, e ir a Salta, aprovechando la compañía de los estudiantes salteños que iban a visitar a sus familias. Ese viaje era preciso hacerlo a caballo, acompañados por peones, y llevar nuestro equipaje, incluso la cama, en cargueros y a lomo de mula.
Como se ve, no había donde hospedarse en el camino, pues las postas, en general, carecían de comodidades. En algunos, el cuarto para los pasajeros tenía poyos de material (especie de banco o cama de material) sobre los cuales, cada uno tendía su cama con lo que llevase, porque colchón, almohadas y sabanas, no se ponían al alcance del viandante. Muchas postas en esta provincia eran muy aseadas.
Generalmente se calculaban las jornadas diarias para llegar a ciertas postas, que eran paradas adecuadas. El cuarto de posta, principalmente en Santiago del Estero, tenía las camas más primitivas formadas por palos toscos para asegurar un cuero estirado y duro.
En esas camas, como en esos cuentos, había enjambres de vinchucas, y pobre inocentón que sobre ellas tendía su recado o su colchón, sentía fiebre por las picaduras de aquellos asquerosos animales, más bravíos que las chinches, más sucios que las pulgas, y que chupaban la sangre hasta quedar repletos. Una noche en tales cuartos era un verdadero suplicio.
Para uno ocupar tales catres, pues no recuerdo que hubiera más, preciso era andar muy listo, si se viajaba en galera. No había lugar para todos.
Lo que era más prudente era dormir en los corredores de los ranchos, los que tenían la precaución de viajar llevando hasta el catre; y lo llevaban en el carguero, junto con las petacas de cuero, hechas para recibir los golpes al subirlos o bajarlos sobre el lomo de las mulas, cuando se mudaba de cabalgadura en las postas. Muchas veces, en las noches calurosas, durante el viaje se tendían las camas a la intemperie, pero era preciso taparse la cabeza y cubrirse bien, porque el rocío de la noche mojaba. La claridad de la luz de la luna y la transparencia de la atmósfera en esas noches era admirable; la vista parecía perderse en las profundidades azuladas del cielo, cuajado de millones de estrellas de dimensiones y de brillo diferente. Y con esa luz era posible leer. ¡Era entonces tan joven! Hice más de una vez la prueba y leí las cartas que guardaba como recuerdo, como santo talismán de mi hogar y de los míos⬦
Un grupo de viajeros con esta caravana era de lenta marcha, pues no se podía galopar sin abandonar los cargueros. El paso y el trote durante días era el andar regular y único.
Se levantaban a la claridad de las estrellas, los peones ensillaban, arreglaban los cargueros y se tomaba el mate. Al despuntar el día comenzaba la caravana la lenta marcha.
En el camino se comía mal, pues no era siempre fácil comprar carne de vaca, se vendían cabritos, huevos, tortas y hasta el agua era no pocas veces horrible, barrosa y tibia.
En esa provincia de Córdoba me ha acontecido que en abril, durante los días santos, no querían vender carne, y como no había pescado era preciso alimentarse con maíz y con porotos, con huevos y con leche.
En algunas postas daban de comer puchero de cabrito, que es el cocido más repugnante, pues el agua es detestable, o bien guisado con unas salsas imposibles; pan, solo había cuando Dios así lo quería; y sobre una mesita de madera sin pintar con un mantel de algodón tejido en la Provincia, y cubiertos de lo más ordinarios se servía la comida, algunas veces a la luz de la luna. Me acuerdo bien, había viajado durante la Semana Santa, con gran dificultad me habían vendido carne, pero era preciso tomarla casi con violencia. Pero el Viernes Santo, no había ninguna res muerta, y en aquellos ranchos, hombres y mujeres, como también los muchachos, estaban descansando; no sé si habían rezado antes, o si orarían después. En ninguno vimos carne, y en todos se negaron a venderla; ni ave, ni corderos, ni cabritos, mucho menos carne de vaca. Se pedía de comer, y respondían que era día de ayuno.
El viajero necesita alimento, y empezábamos a tener rabia de la necesidad.
Por transacción nos habían vendido huevos cocidos y torta con un jarro de leche. Ese fue el alimento de todo aquel día en que habíamos marchado algunas leguas al trote de las cabalgaduras.
La noche era de luna, y resolvimos llegar al pueblo de San Pedro. Los guías sostenían que llegaríamos a las 10 de la noche, pero no había remedio, era preciso llegar allí, porque era la única posta cómoda. Los que no han cabalgado durante un día entero al trote y al paso, no conocen la atroz fatiga que produce ese lento andar. Se tienen calambres en las piernas, se siente sueño, se desea con ansia echarse y cambiar de posición. Los gauchos hacen ese viaje con la más absoluta indiferencia, fuman, cantan, duermen, abandonando las riendas a aquellas cabalgaduras que están acostumbradas a ir y volver de una a otra posta bien es cierto no pasan de esa extensión, pero tienen el hábito de hacer aquella ruta y el instinto los conduce sin trabajo. El hombre deja que la bestia lo lleve. De manera que, habituados al caballo, duermen mientras éste marcha al paso. Al que no está acostumbrado, le cuesta mantenerse cabalgando y cerrar los ojos; pero el sueño es invencible, es más fuerte que la libertad, y a veces yo sentía que había dormido sin darme cuenta⬦⬝
