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    UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO VIEJO

    Yo lo pasaba a buscar todos los días a un viejo amigo Carlitos que además, era mi vecino, hasta que terminamos el colegio. Todas las mañanas yo pasaba por su casa a las 7.15 porque él iba a la que en ese tiempo se llamaba la (Escuela Fábrica) y yo iba a la Escuela de Comercio �SGerardo Victorín⬝, o sea que ambos íbamos caminando por la calle Sarmiento hasta la calle Saavedra, donde yo doblaba y el seguía su camino.

    06 de marzo de 2021 - 10:08
    UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO VIEJO
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    Siempre recordaré esas frías mañanas de invierno, donde el agua de las cunetas estaba hecha hielo y había que pisar con cuidado en las esquinas y especialmente donde no daba el sol, porque allí la helada se conservaba ¡Sin duda que hacía más frío antes! A veces una helada se juntaba con la siguiente sin derretirse. Fuimos amigos en nuestra niñez y luego ya recibido el de tornero, aceptó un trabajo de maestro en Villa Domínguez donde estuvo allí varios años enseñando su oficio.

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    Fue de una vida bastante andariega, se casó joven y vivió allá en Domínguez con su señora y luego supe que ella falleció.

    Pasaron algunos años y una vez lo encontré acá en Concordia. En medio de su conversación me comentó que andaba buscando trabajo relacionado con su oficio, pero con poca suerte, por lo menos en ese tiempo a pesar de ser muy competente en lo suyo, anduvo bastantes meses buscando sin conseguirlo. Consiguió trabajo luego en la Policía, donde se desempeñaba en trabajos de oficina, no recuerdo en que dependencia, pero me comentó que estaba conforme, aunque nunca dejó de buscar algún trabajo vinculado a lo suyo.

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    Sin embargo, siempre tenía alguna anécdota que contar sobre su nueva ocupación, y lo cierto es que tenía mucha gracia para los relatos, porque tenía un natural don para imitar posturas y ademanes de la gente, con ese instinto de observación que tiene la gente del campo. Ellos eran de Yeruá, pero esas cualidades perduran en el tiempo y por cierto que el las conservó.

    Mi relato está relacionado con su trabajo policial, aunque en este caso, le tocó desempeñar una tarea insólita para sus escasos conocimientos investigativos y porque además, no era esa su función. Sin embargo, el Comisario de Ordenes (que es un cargo que hoy no existe más), ante la escasez de personal por la epidemia de gripe de ese invierno, les solicitó a los que desempeñaban tareas de oficina su colaboración con el personal de calle. El Cementerio Viejo en esos años era más extenso que el que ahora vemos; yo lo conocía bien ya que solía ir con un tío abuelo mío que vivía en Federal y tenía a su madre allí, o sea mi bisabuela. El muro perimetral, de ladrillo sin revocar, era muy bajo ya que si uno se asomaba, podía mirar su interior perfectamente. Además, una parte del sector que daba al oeste, había un sector de la tapia caído. Tenía una arboleda de pinos casuarina en el frente, sobre la calle Humberto Primo, que era una calle de tierra tal como la recuerdo. La plazoleta de �SLos Fundadores⬝ todavía no existía ya que la inauguró el Intendente Escribano Esteban A. Gómez junto al Gobernador Raúl Uranga el 6 de Febrero de 1962 con motivo de celebrarse los 130 años de la Fundación de Concordia.

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    Pues bien, mi amigo tornero y policía ahora, le tocó esa tarea no prevista de colaboración con la Institución, de ir a vigilar por la noche junto a un viejo policía, este sí era �Sde calle⬝, el Cementerio Viejo en razón de que había unos muchachos ladronzuelos del barrio, que incursionaban por las noches robando objetos de valor, como crucifijos de plata, medallas, jarrones valiosos y todo lo que se pudiera obtener alguna ganancia.

    A la tardecita ya se apostaron en el interior del Cementerio con los ojos bien abiertos a la espera de los malhechores.

    Anocheció finalmente en el tétrico sitio en compañía de su colega, cuyo apellido creo que era Castillo y la noche allí dentro, en su compañía se hizo más llevadera. Carlitos miraba el cielo y el parpadeo de las estrellas, en esas noches de invierno de cielos diáfanos en esa total oscuridad.

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    Pero una claridad comenzaba a invadir el cementerio, dándole una nueva dimensión y aportando relieves a las cosas, hasta entonces limitados al gris y al negro. Allí donde todo era de color uniforme unos minutos antes, la luna creciente hizo que todo lo que estaba inmóvil, comenzó a animarse al influjo de la luz. Las siluetas y las esculturas de las tumbas parecían oscilar, moverse silenciosamente. Los árboles se animaban también sumando inquietud al sitio, a medida que la luna ascendía lentamente en el cielo.

    Pero, afortunadamente la voz de Castillo interrumpió sus tétricos pensamientos cuando le dijo

    �"¿Decime, vos fumás?�"

    �"No señor, no fumo�" contestó Carlitos

    �"¿No tendrás un fósforo?�" con un cigarrillo en la mano

    �"No señor, no tengo�"

    �"Podemos pedirle a alguno que pase�" le dijo Carlitos servicial.

    Claro que a esa altura de la madrugada, y en invierno, por allí no pasaba nadie. Recordemos que Humberto Primo era una simple calle de tierra, ancha eso sí, pero nada comercial, tampoco había muchas casas de familia, por la vecindad del Cementerio, sin luz eléctrica, salvo allá en la esquina de Vélez Sarsfield, a cuatro cuadras donde había luz.

    Estaban a la espera de que pasara alguien, porque lo cierto es que era muy tarde para que alguien anduviera por allí. Desde que anocheció, no había pasado absolutamente nadie en todas esas horas.

    Sin embargo, en ese silencio los sonidos se perciben con nitidez, y advirtieron que venía gente conversando y el sonido de cascos les decía que eran jinetes. En efecto y dado el frío reinante, venían dos paisanos emponchados conversando animadamente.

    Cuando pasaban frente al Cementerio, Castillo y Carlitos los llamaron para pedirle fuego. Al sentir el chistido y el llamado, ambos jinetes se santiguaron y emprendieron una veloz carrera sujetando sus sombreros.

    Deberían haber pensado que en la alta noche⬦ que te llamen de adentro del Cementerio, debe de haber sido una experiencia bastante espeluznante

    Con este jocoso incidente, no exento de cierta incertidumbre, concluyó la fugaz incursión de mi amigo en su tarea de persecución del delito en Concordia. Seguramente los paisanos, si aún viven, no habrán olvidado jamás a esa extraña esa noche.

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