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    UNA NOCHE DE MIEDO

    Llevábamos allí varios días y ese sitio era un verdadero paraíso para cualquier cazador. La causa se debía a que era un campo que estuvo abandonado muchos años, al norte de Esquina (Corrientes) cerca del Estero Batel pero, sin ningún tipo de mejoras y donde los animales se habían reproducido libremente, tanto los silvestres como el ganado remanente de los que fueron de cría, y este se había reproducido en lugares inaccesibles y además se había asilvestrado y con enormes guampas, lo que lo hacía peligroso en cualquier circunstancia.

    17 de diciembre de 2022 - 11:29
    UNA NOCHE DE MIEDO
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    El campo era del señor Marcelo Perlender, tío de Luis y este último era quien nos había invitado a Agustín (Tincho) Mas y a mí a pasar unos días con Marcelo y su familia que constaba de su señora y dos niñas de 7 y 9 años y desde luego cazar algunas piezas. Solo recuerdo con seguridad que era el año 1961 y seguramente octubre o noviembre, ya que la novillada era reciente y nosotros ayudábamos a encerrarlos a la tardecita, igual que a la majada, en un potrero nuevo bien construido, con molino y bebederos. Con el hijo del puestero y los perros, en un rato los juntábamos.

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    Era una forma de retribuir la hospitalidad que nos brindó la familia de Don Marcelo, su señora y las nenas, primas de Luis. Ciertamente que como señalé, ese campo que estuvo abandonado muchos años había desarrollado una vida silvestre exuberante y curiosa. Nunca vi tanta, ni antes ni después. Por ejemplo había pecaríes o chancho del monte, oso hormiguero o tamandúa guazú, estos no los vi, pero el chico con el que juntábamos los animales, nos señalaba las pisadas en el barro seco. Era notable su habilidad para identificar las distintas pisadas ¡Esta es de aguará popé! ¿Ven? Tiene cinco dedos. Es el único con cinco dedos. Identificaba zorro, comadreja, gato montés, zorrino, lo que fuera y de hecho nos sirvió de mucho llevándonos a la parte del arroyo que se llenaba de patos. Los había en gran cantidad y variedad. Por las noches nos orientaba hasta las vizcacheras, que estaban en un monte talado donde había unas taperas, bastante cerca del casco de la estancia, unos 1.500 metros.

    Había mucho trabajo por hacer allí. Para empezar, alambrar y hacer potreros. Había mucho monte y bañados y los animales se perdían porque se escondían en las isletas y era complicado sacarlos, aunque los perros hacían la mayor parte del trabajo.

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    Precisamente una mañana, vino uno de los alambradores en un carrito tumbero con una oveja recién carneada, pero algo no andaba bien⬦ Claro que nosotros no participábamos de lo que sucedía ni tampoco quisimos preguntar. Pero luego supimos lo sucedido. Los alambradores encontraron dos animales muertos. Uno de ellos destrozado. Sin duda por un animal salvaje, yaguareté o puma. De a poco nos fuimos interiorizando de la situación y la forma en la que pensaban solucionarlo con una trampa de cimbra, con alambre. Naturalmente que nos ofrecimos a acompañarlos para colocar la trampa. Don Marcelo mandó al capataz, hombre hábil, conocedor e inteligente, o sea que éramos cinco los de la partida; el alambrador, el capataz Tincho Mas, Luis Perlender y yo. Fuimos conversando durante todo el camino al sitio donde estaba el campamento de los alambradores. El más viejo de los dos contaba que, cuando era joven, había allí muchos yaguareté, pero ahora, hacía varios años que habían desaparecido. Un amigo suyo fue atacado por uno al que estaban persiguiendo con los perros y lo acorralaron en una pila de leña y se había escondido bien y no lo podían localizar. Pero en determinado momento, vio como una mancha amarilla y su amigo caía con la fiera encima. Con las patas traseras comenzó a destrozarle el vientre. A duras penas consiguieron los perros ahuyentarlo. Fue llevado a Goya y allí los médicos consiguieron salvarle la vida milagrosamente luego de una larga recuperación, pero era hombre joven y soportó bien.

    Ese relato cambiaba completamente nuestras espectativas. Una cosa es pensar que veríamos a la fiera en un descampado, hacer puntería y llevarse un lindo trofeo. Pero otra cosa era que pudiera estar arriba de un árbol o escondido en un pajonal.

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    De hecho, nos fuimos internando en un paraje de corte selvático y cada vez que volaba una paloma arriba nuestro, se nos erizaba la piel del cuello y nos hacía agarrar el arma.

    El capataz llevó tres perros a los que no les daba de comer porque decía que así seguían mejor el rastro y venteaban mejor. Creo que era cierto, porque perseguían cualquier bicho que pudieran comer. Finalmente llegamos al sitio donde había quedado trabajando el otro alambrador. -Si vienen a buscar al yaguareté, lo van a encontrar. Son dos y hace un rato uno rugía acá cerca. Tengo miedo porque del otro lado del arroyo está la escuelita y van varios gurises chiquitos.

    Yo tenía una escopeta cal 16 cargada con balas Brenneke los dos caños. Los demás no recuerdo qué armas tenían, sí recuerdo en cambio al capataz que tenía un revólver cal 38.

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    Anduvimos mucho recorriendo la isleta, pero solo había pisadas. Así seguimos hasta que anocheció. Como íbamos dispuestos a pasar allí la noche, atamos los caballos y después hicimos un fuego bien grande, calentamos agua y nos pusimos a tomar unos mates.

    Mientras lo hacíamos, lo sentimos rugir, por lo menos a uno de ellos bastante lejos, según dijo el capataz. Yo tenía fe en los perros, pero lo que vi a continuación me hizo cambiar de opinión. Los perros se juntaban y se orinaban de miedo cuando sintieron rugir a la fiera. ¡Y yo que confiaba en su oído y ferocidad! Sin tener mayor experiencia advertí, igual que mis compañeros, que nos estaban rondando, seguramente atraídos por el olor de los caballos. Con mis amigos, en ese silencio solo interrumpido por el ladrido constante de los perros que para lo único que servían era para ponernos nerviosos y a los baquianos también. Escudriñábamos la oscuridad en ese punto del cerrado monte de donde parecían provenir los gruñidos. Yo cargué la esopeta 16 con balas Brenneke en los dos caños, de gran impacto, pero poca precisión a más de 20 metros. El capataz puso la carne al asador, que improvisó con un palo verde ya que no teníamos parrilla. Con el buen fuego, al poco rato comenzó a chirriar la grasa del asado. Tomamos los últimos mates y repartimos las galletas. A mi me tocó una linda costilla, bien asada y no era cuestión de sacarle la grasa, con galleta todo se come. El ánimo cambió y todo eran chistes y bromas. Como se me estaba terminando lo que me tocó, miraba el asador eligiendo otro pedazo y arrojé atrás mío la costilla que comí. Allí fue que sentí detrás de mí la atropellada, rápida y feroz. Confieso que salté por arriba del fuego y me olvidé de la escopeta. Todos habíamos hecho lo mismo inútilmente, porque el borbollón detrás de mí ¡¡¡fueron los perros que se lanzaron sobre el hueso!!! Con el hambre que tenían los pobres bichos. Del yaguareté no tuvimos más noticias, no volvimos a sentir sus gruñidos, con el barullo que armaron los perros y nosotros.

    Al otro día estábamos de vuelta en la estancia, ante las sonrisas burlonas de la gente.

    Supimos que luego lo cazaron. Era uno solo. Lo rodearon con los perros en un árbol y una bala de Mauser acabó con él. Pero nosotros nos enteramos en Concordia.

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