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    Tormenta

    Ya he relatado en otra nota sobre mi ingreso a Bayer, empresa en la cual trabajé durante 39 años y seis meses donde ingresé con 23 años y finalmente me retiré aceptando una generosa propuesta a los 62 años, ya que me hicieron un gran favor por el que estaré eternamente agradecido.

    16 de julio de 2022 - 17:21
    Tormenta
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    Digo eso porque fue en un momento de total desconcierto nacional, con el famoso �Scorralito⬝ por lo que no había dinero en la calle, y yo cobré una suculenta suma, que además valía mucho más en un país inundado de bonos provinciales que nadie quería. Y verdaderamente valían más mis pesos porque el comerciante preguntaba si pagaba con bonos era un precio y con dinero de verdad, otro. No es que uno tuviera vocación especulativa pero, cuando por primera vez en la vida podía poner yo las condiciones, acostumbrado a que al primer atisbo de inflación o devaluación todos estaban remarcando y trasladando a precios la variación, aproveché esa pequeña y temporaria ventaja, en circunstancias en que los bancos retenían el dinero de sus clientes y fue allí donde surgió el �Scaceroleo⬝ como forma de protesta

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     Pero no era a mi egreso de Bayer lo que iba a contar sino mi ingreso. No recuerdo exactamente la fecha, pero era el mes de junio de 1963 de un crudísimo invierno y me alojaba en un hotel que todavía existe el �SLiberty⬝ en Av. Corrientes casi Florida. Contiguo al Restaurant Sorrento y en la esquina de Florida estaba Tienda Casa Mayorga, que ya no existe más.

    Caminaba una cuadra por Corrientes y tomaba el trolebús en Corrientes y Maipú. Este iba por Corrientes (que era de doble mano) hasta la Avenida Pueyrredón, doblaba después hasta Cangallo, seguía por esta hasta Ángel Gallardo, pasaba por el Albergue Warnes y de allí hasta Av. San Martín por la que seguía hasta la Facultad de Agronomía, en la Paternal, y allí me bajaba en la calle Empedrado ya que BAYER quedaba a una cuadra y media por Empedrado. Estuve allí un mes, interiorizándome de los productos, que eran muchísimos y en distintas presentaciones, como comprimidos, jarabes, elixires, supositorios e inyectables. Había que saber los miligramos de cada una de ellas y en qué casos se indicaba una u otra, mecanismo de acción, contraindicaciones, dosificaciones y productos de la competencia. Además, características de la enfermedad para la cual estaba indicado.

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    En fin, nada nuevo en nuestra profesión.

    Debo decir que el trato con los directivos era excelente. Eran muy amables y comprensivos. Además trataban de resolverme cualquier problema que me fuera surgiendo, especialmente por parte un señor que era Jefe de Interior llamado Manuel Peña. Gran persona de quien guardo mis mejores recuerdos, igual que el Gerente de la División Farmacéutica que era un biólogo alemán, el Dr. Ernst Adam y era el abuelo del que fue Ministro del Interior, Rogelio Frigerio. También muy buena persona quien lamentablemente falleció en un accidente automovilístico cerca de Rosario.

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    Recuerdo perfectamente mi primer día allí y la impresión inicial sobre la empresa a la que ingresaba. Era inmensa y también estaba allí la fábrica de aspirinas y la parte donde se envasaban los inyectables. Pero mi sección era otra y se accedía desde la fábrica por un puente vidriado que conectaba al sector administrativo. Allí estuve el primer día donde se me hizo saber que realizaría también la parte comercial, de manera que me entregaron la lista de clientes, los estados de cuenta, condiciones de venta, descuentos por pago dentro del plazo, talonarios de pedidos, talonarios de recibos y la forma de llenarlos. Después me indicaron que fuera al Departamento de Personal para completar mis datos. Conocí al Gerente de Personal, también buena persona con quien luego que él se jubilara, seguí manteniendo un esporádico contacto por su salud, ya que no llevó muy bien su jubilación. Era de Adrogué y falleció hace algunos años. Se llamaba Carlos Llauradó. Hace dos años una señora de ese mismo apellido y también de Adrogué, escribió a Clarín una muy buena nota. Como ponía allí su correo electrónico. Le escribí preguntándole si tenía algún parentesco con esa persona de quien tenía tan gratos recuerdos y si, era una sobrina que compartía mi opinión sobre Don Carlos. Me agradeció el buen recuerdo que tenía sobre su tío. Cosas del pasado que no termina de pasar.

    Las chicas que me atendieron eran amables y bonitas también. Allí llené planillas con mis datos personales, referencias y trabajos anteriores. En eso estaba cuando observo detrás de ellas, en un vidrio que cubría casi toda la pared del fondo una descomunal tormenta, el cielo oscuro y los edificios blancos hacían contraste, igual que algunas nubecitas blancas y de fondo, un nubarrón gigantesco en el cielo, como una amenaza cercana.

    Entonces hago el infeliz comentario. �" Uh, que tormenta se viene, miren para el sur.�", comento. Ellas se miraron y sonrieron. �"No, me dice una de ellas, que después supe que se llamaba Ana María. No es una tormenta, solo lo parece, es que el vidrio es polarizado�" No se preocupe, a muchos les pasa lo mismo, me dijo Ana María. Debo haber quedado rojo por el papelón. Nunca tuve facilidad para salir de situaciones como esa. Encima habré quedado como un pajuerano, lo que en definitiva era. Ella por esas cosas de la vida, se jubiló junto conmigo y fuimos juntos a la Avenida Callao donde está el Ministerio de Trabajo. Le hice acordar de ese hecho, pero no lo recordaba. Más vale así. Yo en cambio, no me olvidé nunca más.

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