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    �S¿Abuelito; por qué no me cuentas por qué fue el bombardeo de Plaza de Mayo en 1955?'' (1ª parte)

    En la Historia de nuestro país todos levantamientos de la Fuerzas Armadas fuero para defender los derechos de la oligarquía vernácula.

    19 de junio de 2021 - 09:17
    �S¿Abuelito; por qué no me cuentas por qué fue el bombardeo de Plaza de Mayo en 1955?'' (1ª parte)
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    El �Sinfame⬝ bombardeo no tuvo un objetivo militar sino civil, lo cual los deja expuesto a los ojos de la Historia como una de las infamias más grandes en un breve lapso, como luego sucedería en Chile en 1373, con el asalto del Palacio de la Moneda sede del gobierno civil democráticamente elegido por la voluntad popular.

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    Pero esto es una historia repetida en toda Latinoamérica, cuando los gobiernos no se amoldan a los criterios ideológicos y económicos de los cuales se han venido aprovechando desde hace más de 200 años.

    El atentado del 16 de junio de 1955 fue el atentado terrorista de mayor ferocidad y ensañamiento de inocentes víctimas civiles, hombres mujeres y niños, 309 en total sin contar los centenares de heridos. Ese nefasto día, 40 aviones de la Armada, núcleo gorila por excelencia, descargaron 14 toneladas de bombas sobre la población civil que se hallaba en los alrededores de la Plaza de Mayo.

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    Pero los bombarderos no volaron solamente para matar al Presidente Perón. Fueron además a exterminar la idea justicialista del país de los argentinos. Disparaban sobre los cuerpos de hombres mujeres y niños, porque querían quebrar la identidad plebeya de un pueblo con su líder y con su historia. Ametrallaron a los simples ciudadanos, vaya a saber de qué color político eran, que pasaban por la vida caminando con sus propias angustias, sus propios pesares, sus propias alegrías, sus propios sueños. Pasaban por allí y fueron masacrados. Los aviones de la Marina y de la Aviación, que supuestamente estaban para custodiar al pueblo. Esa vez cayeron en picada sobre ese mismo pueblo que ellos componían en esta sinfonía de voces que se llama Argentina. Por su supuesto que fue un �Scrimen de Estado⬝. Claro. No eran guerrilleros ni marginales los pilotos que masacraron. Tampoco lo eran los políticos que participaron directa y masivamente del atentado. Ninguno de ellos fue enjuiciado, ni castigado por el delito de Sedición ni por ninguna Ley y fue así que muchos, como Emilio Eduardo Massera, Orlando Agosti, Cacciatore Brigadier, el implume radical Miguel Angel Zavala Ortiz, ocuparon después del desenlace infausto ocuparon cargos en la autodenominada revolución fusiladora, perdón... libertadora.

    Tanto es así que ejemplo cundió en 1976, que ya no les bató tirar bombas, tiraban hombres y mujeres al mar.

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    Si fue así como se cuenta, si fue tan real el espanto que anidó en la memoria colectiva, porque fue así que un �Sbrazo⬝ del Estado asesinó a 309 personas en apenas seis horas de bombardeo y ametrallamiento, que destruyó edificios, incendió automóviles y mataron a obreros que iban a la Plaza armados sólo de coraje y convicción: si fue tan así, ¿cómo le explicamos a nuestros nietos esta fecha no tiene la trascendencia y el significado que realmente debiera tener para la democracia argentina, para la república, para las instituciones, para el sistema educativo, para la cultura nacional, en fin para la memoria permanente de los argentinos?

    Nos atrevemos a intentar una respuesta posible a nuestros nietos, como ese bombardeo feroz, piloteado por una cultura elitista, una cultura del odio contra lo nacional y popular, de la revancha, de la venganza oligárquica contra los gobiernos populares, esta vez acribilló y venció a la cultura popular democrática que caminaba en paz por la plaza.

    Y digámoslo aunque nos duela, porque desde la orilla de lo popular se prefirió acompañar, equivocadamente, con irrespetuoso silencio cómplice, ante tanta muerte y desolación. Porque ganaron los burócratas de miedo, perdieron los consecuentes de la memoria. Lo que no se castiga a tiempo, vuelve con igual o mayor saña. Se habían cebado los devoradores de la democracia. Lo que no se cultiva en la memoria, se borra en la historia. Y sino que lo digan los Mitre, los Uriburu, los Aramburu, los Rojas, los Pinedo, los Onganía, los Lanusse, los Videla, los Massera, los Agosti, y siguen la firmas...

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    Si la batalla cultural es la lucha por la hegemonía cultural es un proyecto de Nación y pueblo, esa batalla debe saber relatar la verdadera historia para identificar correctamente al enemigo del pueblo, de la paz y de la democracia. Identificarlo nos servirá para descifrar el ADN del odio que portan y derraman con frecuencia en la sociedad. Descifrar la incógnita de ese odio, a su vez nos nutrirá de un mayor conocimiento y convicción, para que realidad democrática ponga al desnudo, la procacidad del barbarismo que cultivan con tanto ahínco.

    Hay una mirada cultural de odio y racismo, y esa es la mirada de los odiadores cíclicos.

    El 16 de junio de 1955 nació el espanto que explican nuestras tragedias nacionales. Lo que es pero que los autores se jactaron de esos horrores.

    Hay que tener cuidado, porque en esta época de posverdad y la incertidumbre que se apodera del ciudadano común que se venga a promover el �Solvido histórico⬝.

    Hay que tener cuidado no siempre bajan ángeles, sino criaturas incestuosas, embajadores del horror desde hace 200 años.

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