Por un nuevo despertar de conciencias
Siempre, lo que va a venir será mejor, una frase que insistentemente repetían mis abuelos, y tal vez de pequeña no le prestaba atención o no interpretaba su contenido, pero sabía en mi interior, que algo bueno iba a acontecer. Siempre observo a través de los ojos de la historia; de aquellos hombres y mujeres, ancianos y niños que tuvieron que dejar su lugar en el mundo y construir una nueva vida, lejos de sus idiosincrasias; de sus afectos, lejos de sus montañas y sus mares. Pero con la fe inquebrantable puestos en un nuevo despertar, en un resurgimiento; ellos no dudaron y se lanzaron a la reconstrucción de sus vidas, lejos en sus geografías, pero tan cerca de sus memorias y recuerdos.
Del otro lado quedaban lugares, aromas, soles y cielos distintos; de este lado, estaba la lucha y el tesón de un futuro mejor con un porvenir tangible. Y no dudaron, se asentaron y trabajaron incansablemente, hicieron todo lo que tenían que hacer, para forjar un nuevo destino, un nuevo reto para sus vidas, reflejadas en cada una de las construcciones edilicias, en la cultura, en la tradición, en el legado que nos dejaron impregnadas en sus sanas ambiciones altruistas.
¿Que nos pasó entonces?, dónde quedaron esas ganas de encontrase con felicidad, de brindar todo a cambio de nada; de darle importancia a los afectos y de construir una familia desde el mismo amor. ¡Todo paso tan rápido!; tantas cosas bellas vivimos, sin tener demasiados gastos, sin pensar que el dinero sería más importante que la amistad. Solíamos sonreír, como natural expresión de la felicidad, que no podíamos contener; por cosas simples, sencillas, como un beso o alguna caricia de nuestras madres. Grandes cosas pasaron; bautismos, comuniones, festejos de cumpleaños, el primer dientito que nacía o el primero que caía. Y no menos importantes los aniversarios de los abuelos, de nuestros padres, los cumpleaños de nuestras tías y de nuestros primos. Cuántos asados y cuántas tortas de cumpleaños compartimos, cuantos obsequios recibimos, cuántos besos dimos y cuántos nos dieron.
Nuestras vidas eran hermosas, claro que sí, porque no necesitábamos mucho para ser felices, jugábamos con lo que teníamos, nos hacían muñecas de trapos o pelotas con los vestidos viejos, nos enseñaron a compartir. Quién no recuerda, los amigos del barrio, que nunca nos dejaban a pata, aprendíamos a andar en bicicleta, cuando algún sacrificado padre, con ayuda de los Reyes Magos y su buen comportamiento, recibía como premio, que tenía rango de mérito, la añorada bicicleta, y todos festejábamos como si fuera propia. Crecimos con valores en el respeto al otro, en la importancia que tenían los ancianos, en que ser solidarios, era el premio más importante en la vida. Nos educaron sin mezquindades; con amor y límites, haciéndonos ver que el esfuerzo y el sacrificio tenían un propósito y que a la larga valía la pena.
Vivimos pensando que lo bueno nunca terminará, que nuestros viejos estarán siempre; nos desgastamos en cosas efímeras, mientras que dejamos pasar lo importante de la vida, decimos holgadamente; lo dejamos para otro momento; en otra oportunidad, no tengo tiempo, más adelante. Y así van trascurriendo los momentos, sin detenernos y abrazarnos, sin perdonarnos, sin sincerarnos. Me pregunto; ¿si no es ahora, cuándo entonces?; cuánto más vamos a esperar. No escapes de la emociones; llorar no te hace más varón o mujeres, no te hace más valiente ser autoritario, ni importante tener más dinero.
Nuestros escenarios de la vida cambiaron, nos enfrentamos a un dilema mundial y a un cambio de paradigmas; una pandemia tuvo que despertarnos del aletargado sueño del individualismo; embebidos en egoísmo y en la ambición de acumular más bienes, sin saber, que el mejor bien que se puedes atesorar, está adentro, en nuestros corazones.
El individualismo, el yo mismo, nos estancó en la pura soberbia del querer ser, sin ser; la humanidad dejó de pensar en todos, dejó de organizarse en grupo, dejó de planificar en equipo, dejó de ser parte integral de un todo; dejó de ser parte de una mente plural, y el hombre, como ser desenfrenado, perdió otras cosas más importantes, y diría irrecuperables. Atrapado por el deseo de tener, se alejó del amor y dejó de emocionarse. Frío y calculador, ecuación necesaria para ser parte de un capitalismo agresivo y devorador de conciencias.
Este es el mundo que nos toca vivir, devastado, nuestro planeta que agoniza, producto de la contaminación, y la madre tierra, nos está devolviendo con furia lo que hemos hecho. Catástrofes de todo tipo, terremotos, maremotos, olas gigantes, tsunamis, sequias, diluvios, la naturaleza es sabia y nos está dando una lección. Estos son los costos que debemos pagar como humanidad. El precio que debemos asumir es incalculable y si no cambiamos pronto y pensamos en la casa común, estaremos propiciando nuestro propio final.
Perdimos la visión, el eje de ser un todo, integrado por partes activas, pero como lo que va a venir es mejor, es tiempo de replantearnos nuestras formas de actuar ante la vida; de nuestras conductas con el otro, de ser mejores personas, de retomar el respeto entre las relaciones interpersonales como expresión única de nuestras acciones diarias. Es momento de dejar de lado nuestras diferencias; de perdonar, si es que en algún momento sufriste la decadente consecuencia de tus impulsos y resentiste tus relaciones con alguien. Las cosas comienzan a cambiar en nuestro interior y se visibilizan al igual que los ojos, que son los espejos del alma.
La pandemia por el covid-19, nos está enseñando cosas, que tal vez, hasta ahora, no te has dado cuenta, todo tiene un propósito, cerca o lejos, pero ese propósito te hará recapacitar, encontrarte contigo mismo, desde el corazón; en tus relaciones, con tus más sinceros afectos, te hará sentir importante como persona; harás cosas compartidas y disfrutarás de las nuevas acciones que te permites crecer, porque eres un ser libre; qué importante poder interpretar tu libertad, como persona integrada en la sociedad.
Este aprendizaje que estamos transitando, con prevención, barbijos, distanciamiento social, debemos realizarlo desde la aprehensión y la empatía, mirando al otro con responsabilidad y respeto, debemos luchar por una causa común, con iguales ideales, con objetivos y metas claras, donde todos estemos incluidos. Este tiempo, donde no hay guerras bélicas, pero sí guerras invisibles, donde este virus del covid-19, puso en jaque al mundo entero, en estado de emergencia sanitaria a todos, países ricos y pobres, sin distinción, de color, raza, credo, religión, condición social, política o económica; esto no importó. Miles y miles de contagios, casi un millón de fallecidos en todo el planeta, rebrotes, rumores e hipótesis causan un efecto sombrío hacia un futuro incierto.
Ante esta terrible realidad, me pregunto ¿Qué somos como humanidad?; si continúan las destrucciones, las violencias, los egoísmos, los deseos de poder, y la decadente acción de acumular dinero para dominar naciones y mentes, destruyendo la casa común. ¿Cuál será nuestro destino?, ¿Qué futuro nos deparará?
Por un nuevo despertar de conciencias, es tiempo de pensar; de replantearnos la vida que llevamos, de buscar en el amor, de conseguir la paz, la reconstrucción de una sociedad mejor depende solo de nosotros y de nuestras actitudes. Retomar el camino de aquellos inmigrantes que vinieron a dejarnos todo lo mejor de sus vidas.
Planifiquemos una sociedad íntegra, abierta, democrática, inclusiva, donde nuestras acciones sean valoradas desde el respeto, desde lo humano, abracemos la solidaridad como una forma de vida; desterremos toda clase de violencias, seamos capaces de encaminarnos en el rumbo que sin lugar a dudas nos hará encallar en una sociedad capaz de vencer todos los males y encontrar la plena felicidad.
¡Dedicado a mis abuelos y abuelas, a mi suegra y a mis papás que tanto amo!