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    PESCA EN EL GUAYQUIRARÓ

    Ir de pesca hasta el río Guayquiraró suponía una serie de preparativos que tal viaje requería, especialmente si la fecha elegida era en pleno mes de julio, y ese año fue particularmente muy frio y ventoso, pero la ocasión de tener tres días corridos de feriado, no eran precisamente para desaprovecharlos; pero como dije, el problema sería el frío, porque la fecha elegida fue el 7, 8 y 9 de Julio de 1979.

    15 de julio de 2023 - 04:00
    PESCA EN EL GUAYQUIRARÓ
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    Salimos a la mañana temprano del sábado con cuatro grados en Concordia. En mi auto, que era una Renault Break me acompañaba el viejo Germán, que era una muy buena persona y marchábamos llevando la lancha en el enganche, la que a su vez, iba llena de cosas. Las parrillas y ollas las llevan los demás, también la carne, y llevaban una chalana con remos. En total éramos nueve, ya que en el otro grupo iban Pichón, Mingo y Kiko que eran mis mecánicos y amigos, dos ayudantes del taller que eran Juan, Romero, un amigo de ellos el Negro Conti y Oscar, un colega mío. 

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    Con el viejo Germán nos llevábamos muy bien, ya que era un hombre conocedor del monte y sus secretos. De conversación muy entretenida, de un hombre versado en las propiedades medicinales de los yuyos y frutos del monte, como he referido alguna otra vez. Fabricaba con un simple alambre, una trampa para zorros y gato montés, de infalible eficacia. Como dije, antes, salimos temprano porque íbamos a ir adelante, marcando el camino ya que yo era quien conocía el camino, ya que había dos uno que era mejor, pero más largo

    Bien abrigados dentro de la Break, mirábamos la inmensa helada caída durante la noche. Doblamos en el viejo camino a Federal, por el Paso Gallo y Germán empezó a preparar el mate, en un mate chiquito con mucha espuma y me sirvió el primero. Muy bueno, de una yerba fuerte que cayó muy bien a esa hora en que el sol empieza a alumbrar sin calentar.

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    Aunque parezca increíble, el viejo Germán hizo durar el mate casi hasta Federal, entre una cebada y charla, lo fue haciendo aguantar. Siempre he envidiado a esos cebadores, porque no puedo decir que me cebó un mate frio o lavado en algún momento; pues no, siempre estuvo calentito que ayudaba a paliar el frío de la mañana. En Federal quedamos esperando a los otros, porque habíamos quedado en que así lo haríamos, ya que el camino de tierra por el Birrinchín, sale de atrás de la estación del tren.

    Nos juntamos allí con los demás, y salimos todos juntos. Sin inconvenientes, a las 12 del mediodía cruzamos el puente de cemento sobre el río Feliciano y ya estábamos arribando a La Paz, aunque no entramos, seguimos viaje hasta Paso Telégrafo, sobre el Guayquiraró donde pasamos poco rato después... y así fuimos llegando a la arrocera de Carlos Popelka de quien teníamos permiso para pescar.

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    Instalé mi carpa y los demás también, además de un encerado con el que cubrieron los costados de una casilla, donde estaba el motor de la arrocera, a cubierto del viento, especialmente del frío de la noche.

    Cuando terminamos de armar las carpas, ya el asado estaba marchando. Les pedí una punta del asado a medio hacer y encarné un aparejo con ese zoquete, sin ninguna ilusión de que pescara nada y lo até a una rama de un sarandí y me fui a picar los salamines que estaban cortando, mientras se hacía el asado. Hacía frío, pero con sol es otra cosa. Desde allí miraba el río Guayquiraró que se veía liso, como un espejo; quería decir que había parado el viento. Después de comer el asado con galleta, nos fuimos a echar la lancha y la chalana al agua. Entre todos, que éramos 9, fue tarea fácil, a pesar de que es costa barrancosa, porque el río es profundo. Aunque en la costa de enfrente había playa de arena.

    Nos fuimos a caminar con el viejo Germán, mientras el juntaba los yuyos medicinales que encontraba en una bolsita y yo hacía acopio de leña con troncos y ramas secas Me acordé del aparejo que había encarnado con ese zoquete de carne y me fui a mirar. Había atado un trapo como señal en el sarandí. Me arrimé para juntar la línea y cuando la agarré, tironeaba fuerte. −Mirá Germán, pescó− la fui sacando despacio y saqué un bagre sapo de unos 3 kilos y medio, ¡no le miento! Nunca había visto uno más grande. Y además pescado con un zoquete de asado, ¡hasta con sal! Increíble.

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    El sol fue desapareciendo y con las sombras, el frío comenzó a hacerse sentir. Yo tenía la nariz helada y también las manos, que es por donde me entra el frío, así como a algunas personas por los pies. Ya no me dio ganas de subir a la lancha y recibir el viento. ¡Que vayan en la chalana!

    Con Germán y Juan hicimos un buen fuego y arrimé mi caldera de grueso zinc fabricada en Villaguay y Juan la suya para calentar el cuerpo con unos mates. En cuanto estuvo listo comenzamos a tomar. El fuego calentaba, pero la espalda sin protección seguía fría. Era muy incómoda la cuestión. No había viento, por suerte, pero Germán me dice −Si paró el viento, es porque esta noche va a caer una helada grande− y así fue, nomás...

    El Negro Conti y Mingo estaban haciendo un guiso, debajo de la casilla del motor, con pedazos de carne que estaban cocinando en una olla negra; Le agregaron chorizos, cebolla, ajos y después agua caliente, zapallo y papas, pimentón y orégano fueron los condimentos. Cuando fuimos a mirar ya estaba burbujeante y despedía un olorcito muy tentador. Nos convidaron con salame y vino, cosa que aceptamos con gusto para sacar el frio. Habían encendido un farol "sol de noche" para alumbrarse para cocinar.

    Volvieron los que habían ido a pescar, Oscar y Pichón con un surubí que debía pesar unos buenos 12 kilos, o sea que con el bagre sapo y el surubí teníamos comida de sobra. Pero esa noche, dimos buena cuenta del guiso, que estaba muy sabroso debo decir, y luego con unos vinos, nos fuimos a dormir. Algunos quedaron jugando al truco en la casilla, comiendo lo que quedó del guiso y siguieron tomando vino. Un cielo muy estrellado como solo hay en esas noches frías.

    A la mañana siguiente, tal como dijo Germán, había caído una helada impresionante. Parecía nieve... Escuchamos en la radio que en Rosario habían hecho siete grados bajo cero. En esa zona más al norte, tal vez la temperatura no fue tan extrema, aunque estábamos al descampado como contrapartida.

    Tomamos mate cocido con galleta de desayuno en una deslumbrante mañana, con un cielo diáfano augurando un hermoso día.

    Hicimos fuego y nos pusimos a tomar mate. Nosotros ya estábamos cumplidos. Yo puse unas cucharitas voladoras en una caja más chica y nos fuimos a pescar tarariras con Germán para entretenernos, fuimos adonde estaban los sarandí y los pajonales. Allí nos pusimos a pescar. Buen lugar.

    Tiré una cucharita voladora, la recogí pero no picaron. Germán hizo lo mismo con igual resultado. Pero va a picar porque con el sol brillante, la cucharita también brillaba. La segunda vez que tiré, ¡buen pique! y salió una tararira de lindo tamaño y al rato, otra. Todas grandes. ¡Que lugar de pesca!

    Los demás estaban preparando milanesas de surubí. Como ya teníamos suficiente pescado para todos, suspendimos la pesca y nos fuimos a tomar unos mates, mientras veíamos qué hacían los demás.

    Ya tenían listas algunas milanesas y nos pusimos a comer con galleta y vino y la verdad es que estaban muy ricas o tal vez será que en el campo, uno siempre tiene hambre...

    Después de comer, como a las 2 de la tarde nos fuimos todo el grupo a caminar, sin alejarnos mucho, juntando más leña para la noche, que iba a ser muy fría. Habríamos caminado unos 150 metros desde el campamento y vimos una mulita, que cuando nos vio, salió corriendo y se metió en una cueva que había hecho en la raíz de un árbol caído. Uno de los más osados metió la mano en la cueva, pero no alcanzaba a tocarla. −Andá a buscar la pala Romero− le indicaron a uno de los ayudantes del taller. El árbol caído, era un algarrobo inmenso, y la raíz que estaba casi entera a la vista, se elevaba unos 4 metros por encima de nosotros. Llegó Romero con la pala, pero a poco cavar en la cueva, ya dieron con la raíz y vieron que la cueva pasaba por abajo, lo que les impedía avanzar. Uno de ellos comenzó a hamacar la raíz, y se movía. −¡Vamos entre todos, que la vamos a hacer girar! Y eso hicimos con buen resultado. La raiz se movía.

    Pero de la parte superior, cayó un terrón de barro seco en mi cabeza y en la de Germán también. Al romperse, la tierra se me metió entre la ropa por el cuello y a Germán le pasó igual. Ya no empujé más. La verdad es que la tierra entre la ropa y en mi cabeza me molestaba mucho y le digo a Germán −Haceme el favor Germán y echame agua en la cabeza, que me voy a enjabonar− así lo hizo y me pegué una buena enjabonada. Y me dice −Ahora echame a agua vos a mí− Le eché el agua y se enjabonó bien. Nos secamos y nos volvimos al campamento con Oscar. Los demás siguieron caminando.

    Ya había empezado a oscurecer, entonces hicimos fuego con parte de la leña juntada. Un buen fuego porque empecé a tener frío, mejor dicho, escalofríos, que no es lo mismo.

    Prendí un farol de querosén, porque andaba buscando unas aspirinas para tomar y Germán se hizo un té de yuyos. Yo me las tomé con un mate y les digo− Yo no comeré esta noche. Me quiero acostar, porque mañana nos espera un largo viaje y hay que cargar todo− Oscar me dice − No te preocupes, la lancha te la sacamos del agua nosotros y yo te cargo las cosas− acepté complacido el ofrecimiento, porque la verdad es que me había empezado a sentir mal. Esto es gripe, conjeturé. Sentía dolor en el cuerpo, escalofríos y seguramente fiebre. Así que me acosté temprano y Germán también porque se sentía igual que yo y me dice – Nos jodió la lavada de cabeza y el viento frío− Creo lo mismo. Al día siguiente, con la lancha cargada con las cosas, salimos para Concordia. No recuerdo nada del viaje de vuelta. Cuando finalmente llegamos, de ese viaje interminable, dejé la lancha en el taller, así, cargada con todas las cosas y me fui a acostar. Estuve tres días en cama, imposibilitado de levantarme de mal que me sentía. Cuando fui al taller a buscar la lancha, les conté lo mal que lo había pasado. Pregunté también por el viejo Germán a Pichón y me dice – ¿Germán? Está internado con pulmonía− me dice. Así concluyó nuestra pesca. Por suerte, nadie tocó nada de las cosas que había arriba de la lancha. No siempre las cosas salen bien.

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