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    Mis recuerdos de estación �SEl Cimarrón⬝

    Cuando mi padrino fue designado Delegado de Policía en �SEl Cimarrón⬝, nos invitó a pasar unos días allá, y ya que la Comisaría de allí tenía también vivienda, pues eso para nosotros significaba �Saventuras⬝, ya que si bien no éramos �Sde ciudad⬝ propiamente dicho, porque el campo estaba, en aquellos tiempos, acá nomas, pasando el Boulevard San Lorenzo.

    08 de mayo de 2021 - 09:17
    Mis recuerdos de estación �SEl Cimarrón⬝
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    Yo tenía compañeros de escuela que vivían más allá del Boulevard y para hablar con ellos por teléfono debía discar 00 y me atendía una telefonista que me decía, �SViñas⬝, entonces debía decirle el número de teléfono que se componía de dos dígitos.

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    En Villa Federal nos esperaba mi padrino que fue con nosotros en el coche motor hasta �SEl Cimarrón⬝ que era la estación siguiente en el ramal a Paraná.

    El pueblo de �SEl Cimarrón⬝ era la estación propiamente dicha, y muy poco más. Pocas casas de material y una iglesia en construcción, la cual tenía una campana más alta que yo. Esto era fácil de deducir ya que la misma se encontraba en tierra y mi padrino en una oportunidad que conversaba con el cura, nosotros aprovechamos para medirnos comparados con ella. Todavía no había sido izada ya que la iglesia no tenía lugar para campanario. Alrededor de la estación y del pueblo mismo, ya quedaba el monte raleado de lo que fuera orgullosamente la Selva de Montiel. Allí el monte defendía sus últimos retazos del ataque incesante del hacha. La necesidad de tierra para los colonos y sus sembrados, también de madera para los aserraderos de Concordia y Paraná que luego se llevaba el tren. Tras el último árbol caído pasaban después con apuro los arados de los colonos arañando la tierra negra de humeante fertilidad. Luego el lino dejado bajo los terrones mal rastreados del surco se transformaría todo un paisaje de flores azules.

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    La Estación �SEl Cimarrón⬝ se llamaba solamente �SKilómetro 113⬝ del Ferrocarril de Estado, denominado �SPueblo Diego, López⬝ (Estación �SEl Cimarrón⬝). Allí los colonos recibieron fracciones de campo de 50 y 100 hectáreas sin desmontar. El arroyo Estacas en aquel tiempo separaba la estación de la aldea o Villa Perper.

    Hacia el este, camino a Villa Federal, ahora libre de palmas, la loma resplandecía. Pero un poco más allá, pero ya en el Distrito Moreira, una ceja boscosa indicaba el obraje del Rengo Benítez, un hombre venido quien sabe de dónde, exigía a sus hacheros la terminación rápida del destronque. Pero la gente que tenía le mezquinaban a esa tarea y eran pocos los que aceptaban trabajar con él. El monte era ralo y de poco rinde, el renoval espinoso, plagado de palma caranday y tupidos chañares de grandes raíces. Esas raíces había que sacarlas porque rompían luego el arado. Pero ellos cobraban por tanto y era mucho trabajo y poco rinde. Como gurises de ciudad, siempre fuimos curiosos con estas cosas. Además, dos hacheros, uno llamado Sixto Rodríguez y el otro Nico Palma, hombres hechos al rigor de trabajo duro del monte. Se los reconocía por las caras curtidas por las heladas y también los vientos, cuando el calor zumba como los tábanos y las hierbas más aguerridas terminan por entregarse a la seca y ni los mismos cardos porfían ya. Cuando no queda en el monte ya ningún arroyo con agua, pues ellos seguramente le seguían dando al hacha. Eran conocidos de mi padrino y se venían hasta la Comisaría para lavarse, ya que les quedaba más cerca que ir al arroyo y a tomar agua limpia.

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    Habían estado hachando los últimos arbolitos. Los últimos de aquel montecito, despues irían para cualquier otro obraje. Don Sixto decía que no valía la pena seguir trabajando para el Rengo Benítez. Pagaba poco y encima en montes que no rendían y llenos de raigones y el resto puro renuevo. Nosotros les teníamos simpatía porque nos contaban infinidad de cuentos del monte, y lo hacían con gran realismo y mimica. En su sencillez y escasa ilustración eran verdaderos artistas. Nos enseñaban a armar trampas para zorros, comadrejas y otros bichos y los dos eran nuestros amigos, a pesar de que, hoy deduzco que tendrían alrededor de 40 años. Solo una cosa hacía dudoso que don Sixto y Nico siguieran con ese patrón. Por lo que hablaban entre ellos, nos hacían suponer que pudieran tomar otro rumbo. Y era el tener que pagar lo sacado de la proveeduría del Rengo, pero como el monte no rendía, en lugar de cobrar, estaban endeudados. ¡También irse sin pagar la �Sprovista⬝⬦ pocos lo hacían! El Rengo era un hombre peligroso para hacerle frente. Esto no los preocupaba, pero tampoco lo buscaban ni deseaban. Como secretamente nosotros sabíamos que se iban, nos invitaron a comer de despedida y nosotros les compramos una lata de dulce de batata marca Noel para que se llevaran. Más o menos sabíamos donde estaban trabajando y allá fuimos.

    Nos dimos cuenta enseguida que era allí cuando vimos los alzaprimas y cachapés abandonando por ese día el monte, con su carga de selva derribada convertida ahora en leña o madera para aserrar. Allí se iban el ñandubay, el algarrobo, el espinillo, el chañar junto a algún laurel y algún tala solitario.

    Nos habían dicho que se irían para el lado de Bernardi, porque allá se pagaba bien en un puente que estaban haciendo y tendrían trabajo por unos cuantos meses. Era muy triste como había quedado el sitio desmontado. Se podía ver la tierra desnuda de árboles. Las vizcacheras abandonadas eran refugio ahora de las lechuzas y de alimañas del monte. Estaban afilando sus hachas nuestros amigos hasta que cortaban como navajas, con la habilidad de quien sabe su oficio. Nunca he visto algo así. Literalmente podían afeitarse con ese filo.

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    Llegamos con la lata de dulce y con ellos marchamos a la ranchada que habían armado. Entre las brasas semi apagadas la olla negra hervía despacito, firme en sus tres patas negras el guiso carrero sempiterno.

    -¿Se habrá pegado?⬦ está medio seca la morocha. Dijo el Nico Palma.

    Retiraron la olla del fuego, sentados en un tronco y con una galleta dura en la mano esperamos que se aquietara. La olla hirvió todavía unos instantes y luego se aquietó. Cada uno se sirvió una generosa ración. Estaba sabroso después de haber hervido tantas horas y no estaba seco como ellos pensaban.

    Comíamos con gusto, con gran apetito, y en silencio. Querían abrir la lata de dulce que les habíamos traido para obsequiarnos, pero con mucho pesar les dijimos que la guarden para el camino. Nos habían confiado que se iban en cuanto termináramos de comer, así que no los queríamos demorar, no fuera a ser que el Rengo los descubriera.

    A modo de disculpa por irse sin pagar nos contaban que venían trabajando juntos desde las islas frente a Victoria. También habían trabajado en Crespo, en las cosechas y con las trilladoras, siempre trabajaban juntos y ahora abandonaban este obraje como dejaron tantos.

    A fuerza de pala y hacha limpiaron de espinudos caranday un potrero; una isleta completa de chañares. Echaron cuentas del esfuerzo inutil: habían hachado duro y parejo, pero ni la comida salvaron. Encima endeudados con el Rengo que es mal bicho.

    -¡Redura la tierra, para mejor! �

    ¡y flaca la carne!-

    ¡Y agrios los fideos!-

    -¡Rengo embrollón!-

    -Por eso nos vamos gurises. No crean que somos ningunos sinverguenzas-

    Los esperamos para verlos partir, sin apuro, cortando campo. La noche estaba templadita, marchaban despacio, calmosamente, costeando la cañada seca. A la madrugada seguramente tomarían el carguero y vaya uno a saber si bajaron en Bernardi o siguieron a Sauce de Luna o Bovril.

    Total ¡Hombre con herramientas, trabajo seguro! Así se decía entonces. Y para el lado de La Paz había mucho monte para un buen hachero.

    Nunca más supe de ninguno de ellos o tal vez ya no volvieron por la zona. Su itinerario lo iba marcando la búsqueda de trabajo y la buena paga, y de eso había bastante en ese tiempo.  

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