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    Mi vieja moto

    La compré hace muchos años, en 1960. Era una motocicleta inglesa marca Scott Squirrel 1947 bicilíndrica de 600 c.c. tenía palanca de cambios con 3 marchas y estaba en buen estado.

    29 de agosto de 2020 - 09:40
    Mi vieja moto
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    La compré en $ 5.000.- que estaba dentro de mis posibilidades. La elección creo que fue la correcta, si consideramos que la moto Puma de 98 c.c. nueva costaba $ 11.800, pero esta parecía una bicicleta, y de hecho lo era, porque arrancaba pedaleando y la Legnano que también parecía una bicicleta costaba más o menos lo mismo, pero mi deseo era tener una moto grande, como eran casi todas las que había en Concordia en ese tiempo. Estas eran BSA, Harley Davidson, Royal Enfield, Triumph, Norton, Indian, Guzzi, Ariel, Sertum, HRD, son las que recuerdo. Japonesas no había todavía.

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    Pero había algo que empañaba esa transacción, y era que la persona que me la vendió, no era muy recomendable y tenía mis dudas, pero la moto estaba impecable de aspecto y además, andaba muy bien. Solo tenía algunos detalles como la luz trasera que no funcionaba. Y bueno, se la compré nomás. Me dio la moto y le di la plata. Me hizo un recibo provisorio porque la moto estaba radicada en la Capital Federal. En ese tiempo no existía el Formulario 08 ni nada parecido. Allí comenzó entonces mi persecución para que me entregue los papeles porque quería transferirla, radicarla y patentarla.

    Pasaron varios meses durante los cuales no le di respiro, a la par que mi preocupación aumentaba. ¡Hasta que al fin me los entregó! ¡Tenía los papeles!

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    Eran de la Municipalidad de Morón (Prov. de Buenos Aires) y él me había dicho que estaba radicada en la Capital Federal, lo que hacía bastante raro esto. Pero el Certificado de la Municipalidad de Morón era impecable. Tenía el nombre y Nº de Libreta de Enrolamiento, marca de la moto, año de fabricación, cilindrada, nº de patente, nº de motor y país de procedencia. Pero no tenía en nombre del comprador ¡Estaba al portador! Es decir que había un espacio en blanco para poner el nombre del comprador. Pero tenía un sello de la Policía Federal y la firma y sello de un funcionario policial en esa documentación en blanco.

    Por las dudas consulté con un abogado por ser un conocido mío por nuestra común militancia política, el Dr. José Antonio Pons. Estuvo mirando los papeles y me dijo que parecían estar bien. �Mirá por las dudas te voy a hacer un escrito para acompañar ese papel y creo que no vas a tener problemas, ni para registrarla ni para patentarla�".

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    Así lo hizo y con eso la registré y la patenté, por lo que le estaré siempre agradecido y porque, además, no me quiso cobrar nada en ninguna forma.

    La parte mecánica me la atendía un señor de apellido Canuto, que era muy buen mecánico y me la afinó muy bien. Tenía su taller en la calle Sáenz Peña cerca de calle Colón. También me arregló la parte eléctrica y me hizo funcionar el velocímetro y el amperímetro que estaban desconectados. Lo cierto es quedó como nueva.

    En ese tiempo tenía un amigo que se llamaba Jorge Peisajovich, muy buen tipo y muy derecho.

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    Por esa razón, íbamos a todos lados juntos en la moto.

    En una oportunidad me invitó a ir a cazar a un campo de su madre, en Colonia Walter Moss, que era de los campos de colonización que otorgaba la Jewish Colonization del Barón Moritz von Hirsch de 150 hs, aunque recuerdo que seguramente habían comprado parte de algún vecino, porque tenía 175 hectáreas de muy buena tierra negra. Pero se lo habían arrendado a otra gente para hacer arrocera.

    Salimos temprano en la moto, de una hermosa mañana como solo se da en esta provincia, con buen camino ya que hacía un tiempo que no llovía y estaba lisito como un billar, repechando las cuestas en ese angosto camino, oyendo cantar el parejo ruido del motor de la Scott y a los costados montes de espinillos, aguaribayes rezumando resina, ñandubayes y algarrobos de altas copas íbamos a buena marcha con todos los bártulos, porque no había ninguna comodidad, ya que la casa estaba abandonada y allí nos tendríamos que acomodar. Ya pasando Yeruá era tierra negra y el camino era estrecho como lo eran todos los caminos de tierra. Llegamos a General Campos y fuimos a la casa de Adolfo Goldman, no recuerdo a qué, pero creo que era para pedirle la llave del candado de la entrada al campo.

    Estaba cerca, así que llegamos enseguida. Por el camino me había contado que las abejas se habían instalado bajo el piso y si sentía un zumbido permanente, no me preocupara porque era eso. La casa se advertía que había sido una linda casa. Tenía dos columnas a la entrada, aunque una estaba partida. Por esa razón la techumbre del porche estaba caída de ese lado.

    Y bien, ese era el inventario de la casa. Adentro no había absolutamente nada, salvo un fogón y una alacena con ollas y esas cosas. Dedicamos un rato a limpiar con una escoba que encontramos, ya que temíamos que se hubiera metido alguna yarará, pero afortunadamente no encontramos ningún bicho indeseable. Había que dejar organizado para la noche. No teníamos farol, pero había algunas velas (a las que había que economizar) y mi linterna.

    Fuimos a juntar leña para la noche y, por suerte, sin tener que caminar mucho encontramos bastante o sea que como para cocinar ya teníamos.

    Una vez que dejamos las cosas a mano para la noche, estuvimos viendo pasar bandadas de patos que bajaban en la arrocera; por esa razón decidimos ir a echar un vistazo y llevamos las armas, por supuesto. Yo tenía una escopeta calibre 24 con cartuchos con munición 3, y Jorge sinceramente no recuerdo, pero creo que tenía un 22 Diana, de aquellos de un solo tiro.

    Lo cierto es que de camino a la arrocera cazamos 4 perdices y cuando llegamos, la gente que estaba allí nos indicaron una laguna, donde cazamos 2 patos. Ya estábamos hechos con eso y nos dimos por conformes. ¡Ya teníamos la cena!

    En la Scott y Jorge sentado atrás

    Volvimos entonces a la casa, pusimos lo que habíamos cazado sobre una mesa que estaba en el porche, sacamos dos sillas y nos fuimos a desplumar las perdices a unos 10 metros de la casa. A los patos los íbamos a salar y a dejarlos preparados para el día siguiente.

    Era ya de tardecita. Hora linda y misteriosa en la que todo parece detenerse en el campo. Solo va cambiando su fisonomía el monte cercano. Es el dominio del arrullo de los pájaros y la paloma que anuncia su presencia. Cavilando en todas esas cosas y algún grito que venía de la arrocera propagado en el silencio. Son esos ecos del campo los que acompañan el caer de la tarde. Mientras en silencio desplumábamos el producto de nuestra incursión en la arrocera, sentí un ruido que provenía de la casa a la que sabía vacía. Como Jorge no pareció advertirlo, no le di mayor importancia y seguí desplumando las perdices. Sin embargo el ruido se repitió. Ya me dio miedo y la casa a esta altura de la tarde ya tenía un aspecto fantasmagórico, con ese porche caído y la columna partida. � ¿Vos sentiste ese ruido?� le digo.

    �" Sí, y es la segunda vez que lo siento � ¿vamos a mirar?

    � Sí Jorge. Si no vamos a ver qué fue, no me quedo tranquilo. Además tenemos que dormir allí�.

    Así que fuimos a ver. Yo cargué los dos cartuchos de la escopeta por las dudas y fuimos.

    Entramos a la casa, revisamos todo y no encontramos nada raro, ni en el dormitorio ni en la cocina y aunque estaba oscureciendo podíamos ver que no había nada. Por esa razón volvimos hacia las sillas donde desplumábamos las perdices.

    Justo cuando salíamos, oímos el ruido nuevamente y provenía de abajo de la mesa. Allí había un latón grande, y uno de los patos había quedado medio vivo y estaba adentro del latón y cada tanto aleteaba. ¡Ese era el ruido!

    Jorge cocinó las perdices. Con unas papas y cebollas que habíamos llevado y una cajita de un producto que debe haber sido un precursor de las conservas de tomate, que era como en escamas y se llamaba �STomacó⬝ esa era la marca. Venía en paquetitos de 3 unidades.

    Lo cierto es que el estofado quedó muy rico a pesar del improvisado cocinero y de los pocos ingredientes de los que disponíamos. A los patos los limpiamos y salamos. Los comimos al día siguiente fritos acompañados con ensalada de papa y cebolla.

    Hace muy poco tiempo pude contactarme con este viejo amigo de juventud a quien había perdido de vista hace muchos años. Ahora vive en México y fue él precisamente el que me mandó la foto que acompaña esta nota, y que yo no recordaba que la hubieran sacado. Una gran alegría a esta altura de la vida estar nuevamente en contacto con este compañero de viejas aventuras.

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