Malvinas y el fútbol
El fútbol es una pasión y un rasgo de identidad de los argentinos, una de las pasiones alegres spinozianas, que nos ensanchan el sentimiento de dignidad, orgullo y confianza en las posibilidades de triunfo colectivo.
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Ese ardoroso entusiasmo, mezclado con sufrimiento, que sentimos por este extraordinario deporte, ha facilitado la manipulación de nuestro pueblo en, por ejemplo, el Mundial setenta y ocho, con el doble perverso fin de la Dictadura, de distraer conciencias y exhibir al mundo la cínica y siniestra mentira de que Los argentinos éramos "derechos y humanos", mientras a pocos metros del Estadio Monumental, los genocidas torturaban, con un sadismo sin límites a quienes habían secuestrado y luego harían desaparecer, en esa tragedia que vivimos y que hoy algunos banalizan, peligrosamente. Después vino el Mundial ochenta y dos. Nos eliminó Brasil, un trece de junio. Un día después se producía la rendición en Malvinas. Cuando revisé las fechas me sorprendí de la coincidencia de esas dos circunstancias, porque tenía en mi memoria totalmente separados ambos acontecimientos, tal vez sea un mecanismo defensivo de la culpa y la vergüenza de haber estado pendiente de un mundial cuando sucedían acontecimientos tan tristes. Sin embargo las vivencias de entonces habrán sido complejas, porque aun cuando contaba con once años, recuerdo nítidamente el llanto desconsolado de mi vieja, cuando aferrada en el living de casa a un antigua radio portátil, escuchaba los comunicados de la Junta que, aunque hasta lo último decían que íbamos ganando, intuíamos, ya, el engaño. Era una enorme angustia, impotencia, dolor la que nos envolvió en una congoja insoportable. Era el comienzo del fin de una Dictadura Genocida que no trepidó en esconder los héroes, en ocultarlos como símbolo de su propio fracaso, de su aventura cruenta e imperdonable. Pobrecitos nuestros héroes, tuvieron encima que sufrir esa ignominia, esa injusticia, como una cruz que cargaron con su cuerpo y con su alma, con una tristeza inconmensurable y traumática que pagaron con su salud mental, con angustias indecibles, depresiones y suicidios. Malvinas fue una gesta de la recuperación de nuestra soberanía, usurpada por la piratería imperial. En ese momento, en Gran Bretaña gobernaba Margaret Tatcher, apodada la Dama de Hierro, como expresión de aquellos arlequines de los poderosos, que se muestran fuertes con los débiles. En su propio país sus políticas hicieron hincapié en la desregulación del sector financiero, la flexibilización del mercado laboral, la privatización de las empresas públicas y de la educación y el ataque a los trabajadores, principales afectados Esas políticas, que representaban, como ella misma definió exultante la "muerte de la sociedad", en la exaltación un individualismo meritocrático en una sociedad con grandes desigualdades, pronto produjo un enorme descontento social que comprometía sus posibilidades de continuar en el cargo. Sin embargo, cierta recuperación económica, pero fundamentalmente la guerra de Malvinas, posibilitaron su continuidad en el Poder. En la contienda bélica, fue una sanguinaria criminal de guerra, cuando atacó contra todas las reglas, el Crucero General Belgrano generando despiadadamente, la muerte de cientos de pibes argentinos, indefensos y desamparados. En su cinismo sin límites, condecoró, en un acto de obscenidad inaudita, al genocida Augusto Pinochet, traidor, también de su pueblo y de la causa de América, quien colaboró con los ingleses en la guerra. Poco duró el encanto, cuando años después tuvo que renunciar por establecer una regresiva política impositiva, otra vez basada en la mentira de un liberalismo que traduce como la expresión de la libertad individual, a la ley de la selva, al darwinismo social, donde los más fuertes devoran a los débiles, manifestación del rostro más envilecido del ser humano. Cuatro años después de la tragedia, el fútbol volvió a ser inusitada metáfora de la guerra, cuando, en un partido histórico, en México ochenta y seis, se enfrentaron ambas selecciones. Siempre fui remiso a las comparaciones banales de las desdichas humanas, pero en éste caso, no hubo argentino que no sintiera que esa competencia era una reivindicación simbólica de nuestros héroes, y de la injusticia representada por la prepotencia imperial, aquella que lleva el principio del darwinismo a su extremo global. Más aún cuando algunos de nuestros combatientes, compartían públicamente las mismas sensaciones. Incluso un muy buen libro, como el que escribió Andrés Burgo y que tituló "El partido", da cuenta de la trascendencia política que ese encuentro deportivo tuvo para todos. Reivindicación de nuestros héroes y justicia de la gesta, fueron mínimamente simbolizados, además con una pincelada de genial belleza poética. Es por eso que las recientes comparaciones de la asesina Tatcher con los goles de Mbapé o la goleada que sufrió la selección contra Holanda en el setenta y cuatro, es una declaración tan bizarra como repudiable, para justificar el personaje que la realizó, su identificación con las políticas antipopulares y destructivas que llevó a cabo esta execrable protagonista de la agresión imperial. Estas manifestaciones no dejan de ser un agravio imperdonable para nuestros hermanos, los que dejaron la vida en las Islas y a los que ponen su cuerpo hoy, peleando por la causa de la recuperación de Malvinas, por vías pacíficas. Jamás, quienes saldábamos el sentido de esta historia en la única certeza que los únicos honorables fueron, serán y nuestros combatientes, y que el resto, los que llevaron a una contienda catastrófica y cruel, solo merecían el escarnio, escuchamos azorados ese disparatado y agraviante rescate de la figura de una asesina. No hay que sorprenderse, pero si indignarse y preocuparse, porque también ya lo han hecho con los Genocidas argentinos. Pero la verdad se impondrá nuevamente, como un pilar fundamental de la vida democrática crepitarán, más temprano que tarde,estas irrespetuosas y turbias reivindicaciones y nuevamente, el sol de la memoria, la verdad y la justicia tomará la fuerza necesaria para cobijar con su calor, a los valientes y gloriosos adalides de nuestra Patria.
Sergio Brodsky
