Las ratas ya no se esconden: parece que ganaron la pelea por las grandes ciudades
Hoy, resulta casi imposible caminar por cualquier gran ciudad del mundo sin cruzarse con una rata. Algunas aparecen de madrugada, otras directamente conviven con el tránsito, las veredas, los contenedores y hasta los parques donde juega la gente.
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Amadas por muy pocos y odiadas por casi todos, las ratas representan como pocos animales esa mezcla incómoda entre lo fascinante y lo desagradable. Porque, si uno las observa detenidamente, tienen características que podrían convertirlas en animales simpáticos: ojos brillantes, grandes orejas, largos bigotes y un pelaje generalmente limpio y suave.
Sin embargo, la fama les juega en contra desde hace siglos.
En el lenguaje cotidiano, ser “una rata” nunca fue precisamente un elogio.
El término quedó asociado a la avaricia, la traición o la miseria. Y razones históricas sobran: estos roedores quedaron ligados para siempre a la peste negra que arrasó Europa en el siglo XIV y, todavía hoy, continúan siendo transmisores de enfermedades peligrosas como la leptospirosis y otras infecciones.
Pero detrás de esa pésima reputación hay un dato que sorprende incluso a científicos y ambientalistas: las ratas son probablemente una de las especies invasoras más exitosas de toda la historia moderna.
Mientras los humanos discuten políticas ambientales, residuos urbanos y sistemas sanitarios, ellas siguen avanzando silenciosamente, adaptándose a todo. Viven en túneles, barcos, alcantarillas, campos inundados, edificios abandonados y barrios de lujo. Parecen entender mejor que nadie cómo sobrevivir en medio del caos urbano.
Y aunque pocos quieran admitirlo, las ciudades hace tiempo dejaron de pertenecer exclusivamente a las personas. Las ratas, discretas pero persistentes, también reclaman su lugar en el mundo.

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