Las habilidades perdidas (2ª parte): El rastreador
Hace algunos días comentaba en una nota similar a esta, como se han ido perdiendo oficios y habilidades con el avance de la modernidad en todos los ámbitos. Hoy es difícil encontrar gente hábil en oficios como alambrador, domador, esquilador, tropero y otros que requieren otras habilidades como, el buscador de agua, el pronosticador o el rastreador.
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La cuestión es que algunos subsisten y se encuentra quien los hace, otros desaparecieron por innecesarios. Cuando se acabaron los grandes arreos de hacienda, remplazados por el camión de hacienda, también desapareció el del rastreador y decía que aún subsiste en la policía rural, algún habilidoso en este arte que parecía casi mágico. Yo relataba lo comentado por el Ingeniero francés Alfredo Ebelot, contratado por el gobierno para realizar la denominada �SZanja de Alsina⬝ durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, su ministro Adolfo Alsina ideó esta zanja con terraplenes para combatir al indio, no porque los indios no pudieran franquear el foso, sino para dificultarles los grandes arreos de haciendas robadas. Sumado a la presencia de fuertes y fortines intercalados cada legua o legua y media. El ingeniero Ebelot nos dejó un valioso libro donde también nos dejó sus impresiones sobre la gente que conoció y la admiración que le despertaron las habilidades comentadas antes. Pero mejor dejemos a Ebelot con su relato:
�SEn la misma provincia de San Luis, un gaucho habitaba solo un rancho aislado. Pasaron unos días sin que nadie lo viese, lo que no llamaría la atención, pues los gauchos de San Luis solían emprender viajes tan repentinos como inexplicados. Nadie tuvo la idea de averiguar si su puerta estaba abierta o cerrada, por dos razones: la una que en general, no transitaba ser viviente por allí, y la otra que el rancho no tenía puerta.
Sucedió sin embargo que un arriero, campeando en los alrededores una mula que se le había extraviado, percibió cierta hediondez. Se arrimó al rancho, se apeó, y se halló en presencia del cadáver del dueño, tendido largo a largo cerca del fogón, y entrado ya en putrefacción. Precisamente había caído una copiosa lluvia días antes, y los vestigios del lúgubre drama que hubiesen podido quedar impresos en el suelo, habían sido borrados por el aguacero. El arriero se fijó bien en todo cuanto alcanzó a ver, cortó unos pedazos de césped con su cuchillo a fin de tapar las huellas que más características le parecieron, montó a caballo y se fue a dar parte al alcalde. Este mandó en el acto un chasque en busca del más ilustre rastreador de la provincia, al superintendente, para decirlo así, de los sumarios.
El rastreador acudió, removió delicadamente los terrones colocados por el arriero, observó los rastros así conservados, descubrió otros que habían escapado a este, los grabó bien en la memoria, sacó deducciones, comparaciones, conclusiones, y sin decir palabra montó a caballo y echó a andar, al parecer, como quien sabe adónde va. Lo seguían a la distancia, el comisario y la partida de policías que se daban con el codo, desconcertados y preguntándose, como diablos podía seguir aquel hombre con aire de tan perfecta seguridad una pista, que ellos mismos, tan puntanos como él y entendidos en estas cosas no acertaban siquiera a sospechar. Con todo, la cosa era peliaguda. El asesino no era cualquier zonzo. A la cruzada de los arroyos, había tenido buen cuidado de seguir el curso de la corriente, unas veces aguas arriba, otras veces aguas abajo, durante un cuarto de legua largo, manteniendo su caballo en el centro mismo del lecho, en que sus cascos no dejaban más huella que el pájaro en el aire, el pez en el agua, y el hombre en casa de la mujer, para emplear la traviesa expresión de la Santa Biblia.
En un punto favorable, por lo general cuando la orilla es de roca, obligaba a su caballo a saltar de un brinco sobre la ribera, a menudo del mismo lado en el que había entrado, repitiendo a poco andar, la misma estratagema a fin de enredar los rastros. El rastreador desenmarañaba la madeja con toda paciencia. Necesitó para ello varios días. A la noche se acampaba a conveniente distancia de la pista: bastante cerca para encontrarla con facilidad a la madrugada siguiente; bastante lejos para evitar que los caballos de la escolta, largados en el campo, borrasen las pisadas.
Llegaron en fin a un pueblo. La partida de policía lo creyó todo perdido. Hacían por lo bajo ocho días según cálculos minuciosamente establecidos, que el asesino había pasado por allá, y en ocho días, en tiempo de lluvia y de barro ¡cuántos rastros pueden tapar los de un jinete en las calles de un pueblo! El rastreador sin embargo seguía avanzando sin vacilación. Tomó primero una calle, en seguida otra perpendicular, dio una vuelta más, entró en la plaza de las carretas o, como se dice la plaza de frutos del país. Los policías estaban medio picados de escepticismo, medio atónitos de admiración. Serpenteó algún rato entre las carretas formadas en hileras. Se encontraban innumerables pisadas de bueyes, de caballos, de hombres, que maculan el suelo en las inmediaciones de las pesadas carretas. Escusado es decir con que metódica lentitud y con qué ansias se verificó esa parte del camino. En fin, el rastreador se tiró al suelo, manoseó un montoncito de barro fétido, examinó los cascos de un caballo allí atado, y dijo con un aliento de alivio: �SPriendan a este hombre⬝. El acusado era un tropero viejo, dueño de seis carretas de bueyes, conocidísimo en el lugar como un hombre honrado, y que probó con toda evidencia que, en los quince días anteriores, teniendo carga para entregar y que recibir, no se había separado una sola hora del fogón en el que estaba tomando mate, cuando lo prendieron. Los policías que primero habían exclamado: Oh, Oh se sonreían ahora exclamando: Ah, Ah.
�"Está muy bien dijo el rastreador con la inalterable calma que es en ellos don natural corroborado por la dignidad de la profesión, �"pero vas a decirme a qué peón tuyo pertenece este caballo�" �"Este caballo no es nuestro. Lo he cambiado con un caballo mío. El gaucho que me lo dejó venía de lejos, según dijo, tenía que ir lejos, y se le había aplastado el mancarrón, que es este. Lo tenía a estaca y a pasto seco para componerlo�"
�" ¿Cuánto tiempo ha?�"
El tropero contó con los dedos y contestó �"Ocho días�"
�"Perfecto. ¿Dónde ensilló el otro caballo?�"
�"Cuando se lo cambié, estaba atado a la culata de la tercera carreta.
El rastreador fue a la tercera carreta. �" ¿Es este su casco? Pregunta poniendo el dedo sobre un rastro casi borrado. �"Ese mismo. Mire aquí se ve más claro�"Gracias. ¿De qué pelo es el caballo que le disteis? �"Overo.�" Está bien.
La verdad me obliga a declarar que el rastreador se valió entonces de un ardid de guerra. Ensilló y enfrenó el caballo del asesino. En adelante iban dos en busca de su casa: el jinete guiado por el rastro, el caballo que husmeaba la querencia. Todo anduvo, pues, a pedir de boca. Hubo momentos en los que galopaba fumando, sin dignarse a mirar el suelo, tan seguro de estar en el buen rumbo como si hubiera seguido un camino nacional con mojones kilométricos y postes del telégrafo. Al día siguiente su caballo relinchó. Se divisaba a corta distancia un rancho y un caballo overo atado al palenque�" ¡Rodeen la casa!�" ordenó el rastreador.
El dueño de casa apareció en su puerta. Vio al rastreador a quien conocía, montado en su propio caballo y la partida de policía desplegada en guerrilla.
�"Estoy perdido, dijo simplemente y sin embargo, ni reticencia, abrumado por la evidencia, lo confesó todo⬝.
Del Libro �SLA PAMPA⬝ por Alfredo Ebelot
LIBRAIRIE FRANCAISE
De Joseph Escary
Editor 619 Victoria 619 Buenos Aires 1890
