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    La profesora y el General

    Ese viernes, Concordia no despertó como de costumbre. Los troncos de los eucaliptos que escoltaban a la ruta 14 desde el aeropuerto hasta su ingreso a la ciudad amanecieron perfectamente uniformados de color cal a medio secar. Al verlos, más de un vecino recordó sus tiempos de colimba, donde �Slo que se mueve se saluda y lo que está quieto se pinta.⬝.

    08 de abril de 2023 - 05:00
    La profesora y el General
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    La ciudadanía aguardaba apostada en las veredas. En el Club Ferrocarril, asadores y cocineras trabajaban desde mucho más que temprano. El asado con cuero ya estaba en marcha y las 5.000 empanadas, casi listas para freír. Una edición especial del Diario El litoral, daba la bienvenida a quien ejercía la Presidencia de la Nación en esa primavera de 1972. La ciudad misma era anfitriona de tan trascendental visita.

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    El largo aplauso de los vecinos acompañó el paso de la caravana hasta el edificio municipal. Allí, en estricto orden y puntualidad, se fueron concretando las audiencias previstas. Los locales plantearon, entre otras cosas, sus preocupaciones en materia de salud, desde la precaria situación del Hospital Felipe Heras hasta un potencial atraso mental observado en parte de la minoridad de la zona. Los visitantes entregaron créditos para la expansión de la industria citrícola. El diálogo era cordial y respetuoso, incluso cuando el presidente descartó la idea de construir un nuevo aeropuerto.

    Puertas afuera del despacho de las audiencias esperaba, ansioso, un significativo número de ciudadanos. En voz baja rumoreaban sus expectativas acerca de aquel importante anuncio que se suponía era el principal motivo de semejante visita.

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    De pronto, una bulliciosa columna de universitarios ocupó la plaza de enfrente. Habían llegado a pie desde la Facultad de Ciencias de la Administración junto con otro grupo del Instituto de Tecnología de la Alimentación.

    Los recién llegados no tenían acordada ninguna entrevista, pero pusieron en alto sus pancartas y redoblaron la voz de sus reclamos. El tenor de sus cánticos logró que el jefe de ceremonial gestionara una audiencia extraordinaria con el presidente. Breve. Tan solo unos minutos antes de que la comitiva lo traslade al Club Ferrocarril donde sería agasajado por unas 2.500 personas que lo estaban esperando.

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    El presidente recibió a los improvisados voceros y tomó nota de sus pedidos: la creación de una Universidad del Río Uruguay independiente de la Universidad del Litoral a la que pertenecían. También, un comedor universitario y un edificio propio para la carrera de Alimentación ya que se dictaba provisoriamente en las antiguas instalaciones del INTA, en Salto Uruguayo y la vía.

    En el momento en que la comitiva finalmente disponía a retirarse, llegó a manos del alto mandatario una carpeta con un petitorio titulado simplemente: �SArruabarrena (ecléctico francés)⬝. Intrigado, decidió hablar con alguno de los firmantes.

    El jefe de ceremonial volvió a salir y transmitió el mensaje. Entre los estudiantes había dos que portaban el apellido Arruabarrena. Se miraron sorprendidos, pero antes de que pudieran reaccionar, vieron que su joven profesora de inglés daba un decidido paso al frente.

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    Ella fue la que había entregado aquella carpeta cuando entendió que, además del reclamo universitario, era una excelente oportunidad para hacer una gestión personal en relación a aquella otra causa por la cual bregaba.

    Ni el adusto semblante que le conocía al general por las fotos de los diarios, ni el metro noventa con el que se encontró al entrar en aquel salón, la intimidaron.

    �¿Cómo se llama, señorita? �le preguntó en tono gentil, esbozando casi una sonrisa.

    �Marta Benedetti, señor presidente.

    �Mucho gusto, señorita Benedetti. Explíqueme cuál es su inquietud.

    Marta le comentó que hablaba en representación de un grupo de ciudadanos que creía que no debería demolerse la casona que en ese momento funcionaba como sede del Comando del Ejército, que seguramente el edificio de viviendas para los militares podría construirse en otro lugar.

    �Tengo entendido que es un viejo caserón. ¿Por qué no demolerlo?

     Ella habló entonces sobre la importancia de preservarlo como parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad por su estilo ecléctico con reminiscencias francesas.

     En ese momento, el jefe de ceremonial recordó que estaban demorados, a lo que dieron por finalizado el encuentro. La comitiva presidencial partió raudamente y Marta volvió a la plaza.

     �¿Qué te dijo? �le preguntó Nora, la profesora de matemáticas que también apoyaba lo que más de uno consideraba una causa perdida.

     �Que sobre gustos no hay nada escrito. Solo eso �respondió Marta, desconcertada, mientras emprendían el regreso.

     Mientras tanto, en el Club Ferrocarril, una multitud ovacionaba al general cuando, en discurso oficial, habló de aquel tema tan esperado por todos.

    �SSalto Grande es una realidad⬝, titularía en enormes letras el diario del día siguiente. La represa, finalmente se construiría.

    En cambio, el diario no diría nada sobre el Palacio Arruabarrena. Sin embargo, la sentencia de demolición dictada por el Ejército, finalmente nunca se ejecutaría.

    Incluso, cuarenta y ocho años después, la gran casona de estilo ecléctico con reminiscencias francesas, de cuestionable gusto según el General, pero aun así claramente respetable, sería declarado Monumento Histórico Nacional.


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    HISTORIAS REALES ABORDADAS DESDE LA LITERATURA

    En memoria de Marta Benedetti, la profesora que ayudó a salvar al Palacio Arruabarrena.

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