• Economia
  • Policiales
  • Deportes
El Heraldo
  • Interés General

    La gran sequía

    Las lluvias habían ido escaseando cada vez más, hasta desaparecer del todo. Se sueña ya con ellas como en el más remoto de los milagros. El viento norte ardiente se encarga de echar cielo afuera cualquier asomo de nubes. El calor zumba, igual que las chicharras en un horizonte rojizo de sequía. Las hierbas más aguerridas terminan por doblegarse al solazo inclemente. Ni los mismos cardos porfían ya. No queda, seguro en todo el campo ni un trago de agua para un pájaro. Los arroyos ya no guardan en el fondo más que barro húmedo. Muy esporádicamente, gotas ralas y desganadas no hacen más que aumentar la desolación general. Hasta los virachos ariscos se arriman a los bebederos con vacas y ovejas a compartir ellos también por un trago del agua ansiada.

    13 de febrero de 2021 - 09:21
    La gran sequía
    Ads

    La tierra seca se abría en rajaduras de hasta un palmo. Lo cierto es que hacía casi tres meses en los que en Villa Federal no había caído una lluvia que se pudiera considerar como tal.

    Ads

    Loa animales se agrupaban bajo los ralos espinillos en busca de inexistente sombra.

    Sin embargo, con mi hermano mayor, si bien advertíamos la preocupación de mis tíos por esa calamidad, nuestra preocupación estaba más bien centrada en abatir los loros que se habían adueñado de los eucaliptus que rodeaban las casas, aunque cada vez se ubicaban a más altura. Encima de la sequía, los loros se comían los pocos maizales de la vecindad que se estaban salvando. La Defensa Agrícola pagaba por el par de patas de loro dos pesos. Con mi hermano habíamos ganado 100 pesos, que era para nosotros una enormidad de plata en 1948. Por la tarde con los dos perros que había, que eran nuestros inseparables compañeros de andanzas, íbamos a juntar las majadas para traerlas a los corrales donde se les daba avena y agua; pero nada era suficiente.

    Ads

    ¡Qué añoranza de campos húmedos y de pasto tierno! Este de ahora tiene la austeridad ceñuda de los paisajes puneños, solo algunas matas de pasto seco.

    A los terneros se les da maíz y alfalfa a la tardecita después de que ayudamos a juntarlos.

    Ads

    Lo único que se ve de color verde es un lote de 10 hectáreas de tártago detrás de un alambrado, todo el resto del campo se ve amarillento con la seca. Nosotros, los gurises desde la mañana, nos pasábamos con la honda subidos a un árbol de mora enorme que allí había cerca de los galpones tirándole a cuanto bicho se pusiera a tiro.

    Desde allí arriba veíamos buena parte del patio donde andaba una chancha que criaban, pero hasta allá no llegábamos con la honda. De todos modos, un galpón se interponía para que pudiéramos divisarla. En esa espera estábamos, cuando vemos aparecer al tío Ángel con un látigo trenzado que tenía rezongando en voz alta. Como no sabíamos quién o quiénes eran los destinatarios de su furia, y como nuestra conciencia tampoco estaba muy en orden, nos quedamos absolutamente quietos en el árbol por las dudas.

     Fue hasta la entrada del galpón y allí sí que le oímos descargar el látigo⬦y la chancha que pasó como una exhalación gritando con esos chillidos desgarradores como solo los cerdos saben emitir. Con mi hermano quedamos boquiabiertos por los chillidos de la chancha y gratamente recompensados porque le teníamos un poco de miedo, ya que la tía Gringa nos contó que le había matado un perrito. Nos bajamos del árbol rápidamente para ir a ver qué pasó, y el tío Ángel que seguía rezongando porque la chancha había cavado debajo de la puerta del galpón, y por allí entraba a comerse el maíz y la alfalfa.

    Ads

    A partir de ese momento, no hacíamos otra cosa que vigilar al animal. Aunque el peón más viejo rellenó el pozo y le puso una chapa arriba, sin embargo la chancha se las ingenió a la hora de la siesta para correr la chapa y entrar a comer. Con mi hermano provisto de un rebenque (porque el látigo era muy largo y difícil de manejar) y yo de un palo grueso, pero del largo de un bastón fuimos en pos de la chancha. Como estaba adentro del galpón y la oíamos comer, le pegamos una patada al portón y salió como un rayo. Yo le di en la cabeza con el palo y mi hermano un rebencazo en el lomo y logramos el mismo efecto, o sea que saliera huyendo y chillando de la misma forma.

    Desde ese momento, nos vigilábamos mutuamente, porque ella también nos vigilaba a nosotros.

    Desde nuestro puesto de vigilancia arriba de la mora, la vimos ir para el lado del galpón⬦silenciosamente nos bajamos provistos de nuestros elementos de hostigamiento. Pero ahora la cosa fue distinta, porque apenas pateamos el portón, la chancha salió y se nos vino encima y nos corrió a nosotros a una increíble velocidad. La mora fue nuestra salvación. ¡Llegamos con lo justo!!! Y allí nos tuvo refugiados y a pesar de los hondazos que le acertamos, no se iba. Nos aguardaba con una pasiva ferocidad. Y allí nos tuvo por más de una hora y media, hasta que alguien salió al patio y apreció la situación. Ya no recuerdo quien fue nuestro salvador, pero se llevó la chancha y la encerró en el chiquero.

    Bueno, estas cosas ocurrían por la seca. Ya los animales no soportaban el solazo y el viento norte con los rojos atardeceres de ese verano y el ensordecedor canto de las chicharras. Los perros echados a la sombra con la lengua afuera, solo movían las colas para espantar las moscas. Atentos a lo que hiciéramos nosotros para acompañarnos. En eso no fallaban. Pero esa aplastante monotonía que imponía el calor, se vio alterada por la noticia de que los peones habían encontrado dos ovejas muertas y dos o tres moribundas. Y ya también dio uno de ellos su opinión de que era carbunclo. Todos nos movilizamos para juntar ramas y leña para ir a quemar las ovejas muertas y también encerrar los perros para que no vayan a oler, de acuerdo con las indicaciones del peón más viejo. Además, que no vayamos a tocar nada porque era muy contagioso.

    Bueno, ya eran varias las ovejas muertas, pero el tío Ángel anduvo mirando un poco y no quedó convencido de que fuera carbunclo lo que las mató. Las que todavía no habían muerto hacían deposiciones líquido verdosas. ¡No es carbunclo esto! ��SMañana voy a Federal a traer a un veterinario⬝- �SNo sé qué es, pero carbunclo no es⬝.-

    Al otro día como a las 10 de la mañana, vino con el veterinario y coincidió con el tío que no era carbunclo, sino algo que habían comido. Se fueron a recorrer el campo para ver si podían determinar el origen de la intoxicación. Así llegaron a la plantación de tártago, y al verla el veterinario dijo �Esto es⬝- �SAhora entiendo⬝- pero esas 10 hectáreas de tártago tenían un alambrado muy apretado, salvo en un sector en el que había �Salambrado criollo⬝. Ese sector de unos 150 metros, tenía un hilo de alambrado con ramas de espinillo amontonadas formando un cerco bastante impenetrable. Sin embargo los pobres animales, acuciados por el verdor de la planta habían abierto una brecha y por allí entraban. Luego de repararlo, fueron a ver que se podía hacer con los que presentaban síntomas de envenenamiento. Prepararon una mamadera de leche con polvo de carbón y los animales deshidratados por la diarrea lo tomaron con avidez.

    Así lograron salvar la vida de unas cuantas, que ya parecían condenadas a seguir el camino de las otras.

    Sin embargo, no nos salvamos nosotros de sufrir durante muchos días, el insoportable olor de los animales muertos y en descomposición. El viento nos traía a rachas esa peste, desde más de un kilómetro de distancia, según como soplara el viento y no había sahumerio que lo disimulara.

    Temas
    • magazine
    AUTOR
    El Heraldo
    El Heraldo
    Ads
    Ads
    Ads
El Heraldo
SECCIONES
  • Agro
  • Carnaval
  • Ciencia
  • Cronograma
  • Cultura
  • Deportes
  • Ecología
  • Economía
  • Educación
  • Efemérides
  • Espectáculos
  • Gastronomía
  • Informativo Docente
  • Interés General
  • Opinión
  • Policiales
  • Política
  • Salud
  • Sociales
  • Tecnología
  • Turismo
  • Judiciales
2026 | El Heraldo | Todos los derechos reservados: www.elheraldo.com.arEl Heraldo S.R.L es una publicación diaria online ·Director Periodístico: Roberto W. Caminos
Términos y condicionesPrivacidadCentro de ayuda
Powered by
artic logo