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    La génesis de El Principito

    La historia de la familia Fuchs Valon, sus hijas Edda Sara y Susana Luisa con Antonie de Saint Exupéry en el Palacio San Carlos, en su primer visita de tan solo tres días fue tan intensa y emocionante que generó el 4 de diciembre de 1932 el artículo �SPrincesses d�"Argentine⬝ publicado en la revista francesa Marianne. El artículo se transformó tiempo más tarde en el capítulo Oasis del libro Tierra de Hombres.

    31 de julio de 2021 - 09:23
    La génesis de El Principito
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    Sin embargo, esta historia va mucho más allá⬦ Las vivencias de Saintex en nuestro lugar encantado, el Palacio y el Parque San Carlos, fueron el origen del protagonista de su libro conocido a nivel mundial �SEl Principito⬝.

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    A noventa años de transcurrida esta experiencia inolvidable, y recordando otro año más del fallecimiento de Antonie de Saint Exupéry, el 31 de julio de 1944 en el Mar Mediterráneo, se intentará completar la historia.

    Por un lado, revivir a través de documentos históricos del diario El Litoral la primera visita de tantas, del aviador y escritor Antonie de Saint Exupéry; y por otro, dar a conocer la traducción de aquel artículo, y entonces visibilizar los fundamentos que sostenemos los concordienses de generación en generación: �SEn Concordia nació El Principito⬝.

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    A fin de contextualizar este relato, recordemos que las autoridades de la Aeroposta Argentina S. A. iniciarían sus servicios de transporte de correspondencia y pasajeros en la ruta Buenos Aires-Asunción del Paraguay, con sus vuelos de prueba en enero de 1929, vía Concordia. A las 6 de la mañana salieron de General Pacheco dos monoplanos Latè 25. Uno, con el francés Paul Vachet, Jefe de Tráfico de la Empresa, como piloto, acompañado por Pedro Ficarelli (segundo piloto), señora Lidia de Vachet, ingeniero Primitivo Padilla (director de la empresa) y el mecánico José Oscar Gutiérrez; y el otro, con el aviador argentino Leonardo Selvetti junto al mecánico Alfonso Ferrando, y el señor Juan Di Sandro.

    Por ello, el diario El Litoral del 19 de enero de 1929, informó en primera plana: �SEl Presidente de la Compañía Aero Postal aterrizará en el Aero Club Concordia, ignorando el objeto del viaje y presumiendo que no serían ajenas a las actividades de dicha empresa⬝. El francés Paul Vachet sería entonces, el primer piloto de la Aeroposta en visitar nuestra ciudad, y aprovechó la oportunidad para saludar a su amiga de la infancia María Susana Valon, quien para esa fecha vivía en el Palacio San Carlos, con su esposo Jorge Fuchs y sus tres hijos Mario, Susana y Edda.

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    Al próximo año, llegó a Concordia Don Alfonso Ferrando, Jefe de la Aero Plaza de Monte Caseros, con el objetivo de buscar un terreno adecuado para el establecimiento de una de las estaciones de la línea a Asunción del Paraguay de la empresa Aeroposta Argentina S. A. (Gregorio Soler �hijo- ofreció en aquella oportunidad su campo de 100 hectáreas para que desciendan los aviones). A la siguiente semana, el Diario El Litoral anunciaba el 27 de octubre de 1930, �Sesta tarde, a las 17 horas, llegó procedente de Buenos Aires después de hacer escala en Paysandú, el Laté 26 piloteado por el Jefe de Tráfico de la Compañía de la Aeroposta Argentina, M. Saint Exupéry, expertísimo piloto de la susodicha empresa. Numerosas personas representativas del comercio de Concordia, se trasladaron a La Pampa de Soler para esperar el arribo del Latè 26⬝.

    Llegó con su mecánico José Brandi, en su máquina Latécoère 26, que son del tipo de carga y destinadas a la Línea Buenos Aires-Natal. Lo recibió Jorge Fuchs y se alojó en el Hotel Colón, donde se le ofreció una comida y asistieron Alcides Zorraquìn, Honorio Labeque, Pablo Durocher, Emilio Raggio, Jorge Durocher, Alvor Heyerdale, Jorge Durocher (hijo), José Raggio, Bernardo Rovira, Roberto Comas, Guillermo Grünwaldt, Ricardo Zorraquìn, Alfonso Ferrando, Gregorio Soler, Manuel Domínguez, Jacobo María Lestar, J. M. Loinas, José Brandi y Juan D. Cardozo.

    Así da inicio a la historia más maravillosa y bella que da identidad a los concordienses: La de las princesitas argentinas.

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    Los documentos de la época validan estas afirmaciones:

    Antonie de Saint Exupéry, estuvo desde las 17hs del lunes 27 de octubre de 1930 hasta las 8hs del miércoles 29 de octubre de 1930, por primera vez en Concordia para regresar por segunda vez a los 8 días, y varias veces más.

    Sus princesas de Argentina, tenían 12 y 18 años, porque Susana Luisa nació el 11 de abril de 1912 y Edda Sara el 25 de enero de 1918.

    Los Fuchs Valon tenían una iguana, una mangosta, un zorro, un mono y abejas.

    Ahora bien, al leer el artículo �SPrincesas de Argentina⬝, se puede interpretar que le sorprendió encontrar compatriotas, le parecía increíble el encuentro.

    La familia Fuchs Valon ofreció el auto a su servicio y para Saint Exupéry simbolizaba la amistad, la hospitalidad, como la que se podría brindar en un oasis del Sahara a todo aquel que lo necesite, pero en plena ciudad. Así inicia el viaje El Principito por el universo, como en el desierto del Sahara, lo que lo hace comprender el auténtico valor de la amistad y el amor.

    En su segunda noche en Concordia, mientras cenaba en el Palacio San Carlos, algo silva suavemente sobre el parqué, ruge debajo de la mesa y luego se calla, son las víboras. Eran princesas protegidas por las víboras, como de otro planeta. Es el primer personaje que encuentra El Principito en la Tierra.

    Cuando describe al Palacio San Carlos, lo compara con un monasterio, con un lugar que da seguridad, con una atmósfera prodigiosamente amigable. Saint Exupéry estaba maravillado de tantas piedras, que lo atraen con la misma intensidad que el desierto a El Principito.

    A las hijas de la familia Fuchs Valon las describe como ingenuas, dulces, delicadas, hadas silenciosas que parecen comunicarse mejor con el zorro o la serpiente que con los adultos como El Principito, porque ellas reinaban sobre todos los animales de la creación, la calidez de sus pequeñas manos, los alimentaban, les daban de beber y les contaban historias que, de la mangosta a las abejas, todos escuchaban, componiendo un nuevo paraíso terrestre.

    En el artículo Princesas de Argentina, subyace un amor fraternal porque Edda y Sara les recuerda a sus hermanas, pero parece ser que también sueña con un amor de otra planeta, porque solo hubiese podido conquistarlas si simulaba pertenecer a ese mundo salvaje, y por eso se denomina un imbécil⬦


    Lic. Silvina Molina

    Agradecimientos al Padre Cachito Rigoni y a la traductora de francés Gisela Galvani.


    Marianne

     14 de diciembre de 1932

    Princesas de Argentina

    Por Antoine de Saint-Exupéry

    Traducido por Gisela Rocío Galvani




    Nos disculparán, somos amigos de Paul Vacher⬦ Paul Vacher era un compañero.


    Había aterrizado hacia cinco minutos en un campo modesto cerca de Concordia, en Argentina. Había venido a estudiar los terrenos de los alrededores para tratar hacer de esta ciudad una escala de nuestra línea de Paraguay. Desde hacía mucho tiempo conocía Concordia, pero solo conocía las piedras y los árboles porque solamente la sobrevolábamos, sin tener contacto. Y luego de cinco minutos de mi aterrizaje, las amistades se presentaban. Por todas partes, siempre, encontramos en Argentina esas protecciones generosas. A penas aterrizábamos, amigos desconocidos se presentaban, que parecían decir: �S¿Necesitan que los ayudemos, quieren nuestra amistad? O ¿Vienen a estudiar la región? Mi auto está a su servicio⬝. Algunos nombres me vienen a la cabeza y quiero mencionarlos: el doctor Simón en Bahía Blanca, Quaranta y Ramon Cartés en Posadas, Ligier en Asunción de Paraguay y unos cuantos otros. No hablo de la Patagonia donde las ciudades enteras nos abrían sus puertas. Amistades saharianas donde la hospitalidad se brinda a todas las personas de paso, que Alá envía, pero tan emocionadas de ser encontradas en ciudades civilizadas. Imaginen que, apenas salen de la estación de Dijon, un desconocido los aborda y les dice: �SLos recibo de parte de Dijon.

    El hombre no puede vivir sin amistades y no puede crear nada sin ayuda. Tiene derecho a las dos. No me agradezca.⬝ Pero en Dijon eso no sucede. Estamos en Europa, un pobre tipo que circula entre dos muros. Allá percibimos a los hombres que viajan entre los hombres. Simon, Quaranta, Ramon, Cartès, Ligier⬦Sus encuentros son quizás los más emocionantes de los recuerdos.

    Esta vez la pareja que desembarcó, sonriendo, de una antigua Ford, era francesa. Era más raro aún. Bastante raro para observar. Ellos no habían conservado las costumbres de Dijon. Pero habían sido formados en Argentina.

    Vendremos a buscarlo para cenar.

    Recordaré por mucho tiempo esa noche. Después de una curva en el camino, se abre, en el claro de la luna, un ramillete de árboles y detrás de esos árboles, una casa. ¡Pero que extraña casa! De poca altura, imponente, casi una ciudadela y se protegía debajo de tantas piedras no sé qué tesoro. El castillo de bella durmiente, que ofrecía al atravesar el pórtico, un abrigo tan seguro, tan tranquilo y tan secreto como un monasterio.

    De esta manera a veces la sabiduría muestra su rostro. Se entiende en el sur marroquí la serenidad del viejo líder que, una vez que hizo justicia delante de la vasta granja señorial, una vez que le restituyó a uno el huevo robado, al otro su esposa fugitiva, habiendo derramado toda la paz que estaba en su poder derramar, vuelve a su casa.

    Atraviesa la corte a paso lento, da una mirada al hilandero y su provisión de lana, da una mirada a la pasta que moldean los sirvientes, una mirada a las ovejas llenas cuyo pastor palpa. Luego, con el mismo paso lento, va caminando hacía la habitación de las mujeres, empujando dulcemente la puerta, él mira una vez más: la preferida sueña. �0l no la toca, ni la llama, pero se retira porque tiene el tiempo que tiene, y embellece todos los bienes del mundo. Y subiendo la terraza blanca, le da gracias a Dios por el orden que reina entre

    las ovejas y los sirvientes, luego mira la noche caer a la hora y, así se cumple como una profecía. Apoyado en las almenas que ninguna invasión amenaza, siente delante de él, como una provisión de cebada en el granero, los días y los días que un viejo líder puede esperar aún vivir. Y que cada uno provee su pan, su lana, madura el vientre de las ovejas.

    Parece esperar aliviado que, en el orden prescrito, otras profecías se hagan realidad. La aurora mañana, más lejos esa estación donde las cosechas serán doradas y así hasta la última, esa según la cual estará en paz un día por los huevos robados que hizo devolver o las cosechas para recolectar: un día, a flor de piel se acordó de esa paz en el cuerpo, esa estación por fin eterna. Se encuentra la misma sabiduría en estas vastas granjas de Argentina, donde nos sentimos ricos cada día, por todos los días próximos a llegar, donde el hombre, el mismo, vuelve al gran ciclo natural de las semillas, de las cosechas, del esquileo de las lanas y encuentra allí la paz. Y esta seguridad caía sobre mis hombros al mismo momento que pasaba el porche, como si durante las horas que viviera acá, tuviera el privilegio de ser eterno. Me olvidaba las agitaciones del día, los recorridos de terrenos y las provisiones de nafta. Todo eso era postergado hasta más tarde, como durante un viaje en pleno mar.

    Entonces aparecieron dos niñas jóvenes. Parecían sorprendidas de verme, me observaban solemnemente, como dos juezas apostadas en el umbral de un reino prohibido, la más joven hace una mueca y golpea el suelo con una varilla de madera verde, luego, llegan las presentaciones:

    � Nuestras hijas⬦

    Ellas me tenderían la mano sin decir una palabra, con aire de curioso desafío y desaparecieron.

    Estaba divertido y encantado también. Todo eso era simple, silencioso y furtivo como la primera palabra de un secreto.

    � Son salvajes, me explica el padre.

    � El también parecía encantado.

    � Y entramos.

    Me encantaba en Paraguay esa hierba irónica que muestra la nariz entre los pavimentos de la capital, que parte del bosque virgen invisible pero presente, viene a ver si los hombres controlan aún la ciudad, si la hora no vino a empujar todas esas piedras. Me encantaba esa forma de deterioro que solo expresa una gran riqueza. Pero aquí estaba maravillado. Porque todo estaba en ruinas, pero adorablemente. Se siente que un viejo reumático va a morir centenario, que un mueble con tres patas está instalado en la casa por la eternidad. De hecho, esta casa no estaba precisamente deteriorada, pero era amiga del tiempo. Esas boiseries desgastadas, esas puertas de doble hoja roídas, esas sillas de tres patas. El tiempo tomaba poco a poco su bien, era el gran propietario, pero lo tomaba tan lentamente, con tanta relajación. Y sin embargo todo estaba tan limpio, tan bien encerado, tan brillante. Y ese salón se transformaba en una cara de extraordinaria intensidad como una vieja con todas sus arrugas. Grietas en las paredes, roturas en el techo y sobre todo ese parqué hundido en algunas partes, suelto en otros puntos, como una pasarela, pero siempre pulido, encerado, brillante. Curiosa casa, no aludía ninguna negligencia, ninguna dejadez, pero un respeto extraordinario. Y cada año, agregaba alguna cosa a su calidez, a la complejidad de su rostro, a su atmósfera prodigiosamente amigable, como precisamente en los peligros del viaje del salón al comedor.

    � ¡Atención!

    Era un hueco. Me recordó que en un agujero parecido me rompí las piernas, con facilidad. Solo me habían dicho: �SNo acaricie al animal, está enojado⬝. Ese agujero no dependía de nadie, tampoco el enojo del animal. Era la marca del tiempo. Sentía algo de gran señor en esa indiferencia de excusas. No me decían: �SPodríamos tapar todos esos agujeros, somos ricos, pero⬦⬝. No me decían tampoco �lo que era sin embargo la verdad� �SLe alquilamos esto a la ciudad por treinta años. Les corresponde a ellos repararla. Uno se pone terco⬦⬝. Rechazaban las explicaciones y tanta naturalidad me encantaba. Cuanto mucho, me hacen notarlo, con un cierto tono de advertencia:

    � ¡Eh!¡Eh! Está un poco desgastado⬦

    Pero esto con un tono de gracia, que sospechaba que todo el mundo se cuidaba como de la peste, de no pedirle nada a la ciudad. ¿Ve a un equipo de albañiles, carpinteros, ebanistas, yesistas desplegar en tal pasado su equipo inútil y rehacerle en ocho horas una casa que no habrá conocido jamás, donde está de visita? Una casa sin secretos, sin misterios, sin recovecos, sin trampas para los pies, sin olvido

    �¿Una suerte de salón de ayuntamiento o de sala de espera de dentista? El tiempo tuvo bastante problema para excavar esas lindas arrugas.

    Era todo tan natural en esta casa de escamoteos, que habían desaparecido las niñas.

    ¿Cómo debían ser los altillos, cuando el salón ya tenía el lujo de un altillo? Cuando adivinamos ya que, del mínimo placar entre abierto se venían abajo legajos de letras amarillas, recibos del bisabuelo, hay más llaves que cerraduras en la casa y de las cuales ninguna se adapta a ninguna cerradura. Llaves maravillosamente inútiles, que confunden la razón, que hacen soñar con subterráneos, cajitas enterradas y tesoros.

    � Pasemos a la mesa, ¿Quiere?

    Pasamos a la mesa. Sentía de una habitación a la otra, esparcido como un incienso, ese olor a antigua biblioteca que vale todos los perfumes del mundo. Y sobre todo amaba el traslado de lámparas. De las verdaderas lámparas, pesadas, que se transportan de una habitación a la otra como en los tiempos más profundos de mi infancia y que removían en las paredes sombras maravillosas. Se levantaban en ellas ramos de luz y de palmas negras. Una vez que las lámparas estaban en el lugar, se inmovilizaban las franjas de claridad y esas vastas reservas de noche, todo alrededor donde se agrietaban las maderas.

    Las dos niñas reaparecieron tan misteriosa y silenciosamente que se desvanecían.

    Se sentaron en la mesa con gravedad. Sin dudas, habían alimentado a sus perros, a sus pájaros, habían abierto las ventanas en la noche clara y habían probado ese sentimiento de eternidad que puede probar un viejo líder. Ahora mientras que desplegaban su servilleta, me miraban de reojo, con prudencia, preguntándose si me enumerarían o no sus mascotas. Ya que tenían una iguana, una mangosta, un zorro, un mono y abejas. Todos viviendo confusamente, congeniando de maravilla, componiendo un nuevo paraíso terrestre. Ellas reinaban sobre todos los animales de la creación, la calidez de sus pequeñas manos, los alimentaban, les daban de beber y les contaban historias que, de la mangosta a las abejas, todos escuchaban.

    Y me esperaba, al ver a dos niñas tan vivas poner todo su espíritu crítico, toda su delicadeza, sobre el masculino sentando enfrente, un juicio rápido, secreto y definitivo. En mi infancia, mis hermanas le asignaban puntajes a los invitados, que honraban nuestra mesa por primera vez. Y cuando la conversación decaía, de repente se escuchaba en el silencio, resonar un:

    �¡Once! De la cual nadie, salvo nosotros, entendía la gracia. Y afligido por esta triste nota, en la cual tácitamente se ponían siempre de acuerdo y sin previo aviso, el invitado no dejaba de intentar esfuerzos cómicos para parecer inteligente y agradable, lo que nos encantaba. Mi experiencia con ese juego me alteraba un poco. Y estaba otro tanto molesto por sentir a mis juezastan precavidas. Ellas que sabían distinguir los animales que hacían trampa de los animales inocentes, que sabían leer los pasos de su zorro, si estaba irritado o no, que tenían un gran conocimiento de los movimientos interiores.

    Me gustaban esos ojos tan afilados y sus pequeñas almas tan derechas, pero hubiera preferido tanto que ellas cambiasen de juego. Vilmente, sin embargo y, por miedo de once, les alcanzaba la sal, les servía vino, pero me encontraba, al levantar la mirada, con una dulce seriedad de juezas que no se compran. A las abejas le tendía trampas que las cigüeñas hubieran destapado. Hasta el halago hubiera sido vano:

    ellas ignoraban la vanidad. La vanidad, pero no el bello orgullo, y pensaban de ellas, sin mi ayuda, más del bien de lo que me hubiera animado a decir. No podía conmoverlas por mi ocupación, porque es tan arriesgado treparse hasta las últimas ramas de un plátano simplemente para controlar si la nidada de pájaros toma bien sus plumas, para decirle buenos días a los amigos.

    Un príncipe de leyenda que les ofreciese un palacio, �palacio que ellas hubieren despreciado si hubiera tenido menos agujeros, huecos y rinconeras que su casa� no hubiera hecho aumentar un punto su nota. Y sentía llegar la mía.

    Y mis dos hadas silenciosas cuidaban siempre tan bien mi comida, me encontraba muy seguido su mirada furtiva, que paraba de hablar. E ignorando que informaciones se sacan de la manera de beber de una iguana no me atrevía a beber.

    Se hace un silencio y durante ese silencio algo silva suavemente sobre el parqué, ruge debajo de la mesa, luego se calla. Yo levantaba los ojos, intrigado. Mientras, sin dudas, satisfecha por su examen, pero usando la última piedra de toque y

    mordiendo su pan con sus jóvenes dientes salvajes, la menor simplemente me explicó, con una inocencia con la cual ella esperaba que asome el bárbaro, si, no obstante, yo era uno:

    � Son las víboras.

    Y se calló, satisfecha, como si la explicación fuera suficiente para quien conserva aún un destello de inteligencia. Su hermana miró de reojo de relámpago para ver la cara que yo hacía y ambas inclinaban hacia su plato la cara más dulce y la más ingenua del mundo.

    � Ah...Son las víboras.

    Por mi nota, sonrío felizmente. Y sin obligación: ellas lo hubieran sentido. Sonreí porque estaba feliz, porque esta casa, decididamente, a cada minuto me gustaba más; y porque mi deseo de saber más sobre las víboras era más por simpatía que por repulsión. La mayor me viene a ayudar:

    � Tienen su nido en un agujero, debajo de la mesa.

    � A las diez de la noche regresan, agrega la hermana. Durante el día, cazan.

    No vi nunca ese espectáculo, solo en Concordia. Y a mi regreso, en secreto, miraba a esas niñas. Su delicadeza, su sonrisa silenciosa detrás del rostro pacífico. Y esa suerte de monarquía que ejercían, princesas protegidas por las víboras. Para quienes no era ni alacrán, ni avispa, ni serpiente, pero pequeñas almas animales.

    � Los animales entienden. Un día trepando a un árbol, me encontré al subir a una rama, cara a cara con una cobra. La cobra giró un poco la cabeza y me miró. Yo estaba blanca de miedo, no me movía, pero pensaba⬦pensaba: �S¡Mi cobra, déjame bajar! Ella se balanceaba suavemente. Parecía divertida. Entonces con mil precauciones comencé a deslizarme. ¡oh! No tan rápido. Y la cobra me dejaba hacerlo. Solo cuando encontré por fin una rama más baja y me atreví a levantar los ojos. La vi. La cabeza debajo de la rama y me miraba descender, sin moverse, gentilmente. No había extendido un anillo. Cuando desde la última rama pude saltar al piso, estaba muy feliz. Pero también estaba, como decirlo, agradecida⬦

    � Burgués como era:

    � Una cobra⬦ aun así⬦ ¿La mató?

    �¡Oh! Hubiera sido cobarde y hubiera sido una suerte de abuso de confianza. No se trepa más a ese árbol. Era su árbol. Ahora sueño. Todo eso estaba lejos. ¿En qué se transformaron esas dos hadas? Sin dudas, tan finas, tan derechas, ¿Se le antojaron dos maridos? Pero entonces, ¿Cambiaron? Es tan serio pasar del estado de joven al estado de mujer. ¿Qué hacen ellas en una nueva casa? ¿En qué se transformaron sus relaciones con las hierbas locas y las cobras? Estaban implicadas en algo universal. Pero llega el día en que la mujer le reclama a la joven. Tenemos un diecinueve para adjudicar, un diecinueve que pesa, un diecinueve que busca. Entonces un imbécil se presenta. Por primera vez los ojos afilados se equivocan y lo alumbran bellos colores. El imbécil, dice versos y se le cree poeta. Se cree que comprende a las hierbas salvajes, la avena, el centeno, la cobra, la mangosta, que ama a las víboras. Se piensa que esta confianza lo halaga, una víbora que se mueve, bajo la mesa, entre sus piernas. Le da su corazón que es un pequeño y maravilloso jardín salvaje, a él que solo ama las dalias, las fucsias, las azaleas, que solo admira el parque de Versalles. Y el imbécil lleva a la princesa a la esclavitud.


    Antoine de Saint-Exupéry

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