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    La fisonomía de Alberdi

    Uno de los mejores y más acertados retratos literario del tucumano Juan Bautista Alberdi que se han escrito, a mi juicio se debe a la pluma de Lucio Victorio Mansilla.

    04 de agosto de 2023 - 23:02
    La fisonomía de Alberdi
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    El autor de "Una excursión a los indios Ranqueles" inaugura un sistema de escritura recopilando cartas a un amigo. También publicó unas deliciosas charlas dictadas como casuales, en una fresca y feliz improvisación pone en los trazos que ofrece en sus "Retratos y recuerdos" toda la agudeza de la que es capaz un buceador de las almas como Mansilla lo fue. Es curiosa la circunstancia de que Alberdi, −como lo señala el autor− se haya hecho amigo de Rosas en el exilio. Recordemos que Alberdi fue un decidido opositor al gobierno de Rosas y no se recibió de abogado porque en el juramento, debía declarar su lealtad al Restaurador. Se recibió en Montevideo en 1840

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    Mansilla, sobrino de Rosas hace una semblanza de lo sucedido en Gran Bretaña, donde se encontraba Juan Manuel de Rosas en el destierro y allí Alberdi quiso conocerlo de visu; le vio, pues y como se dice en lenguaje llano, se hicieron amigos, seguramente la soledad de ambos fue determinante.

    Mansilla no había visto a sus parientes desde hacía 30 años. Fue entonces a Londres a visitar a su prima Manuelita−Manuelita Rosas−(el tío Juan Manuel ya había fallecido) y en donde todavía vivía: 50 Belsize Park Gardens Hampstead, y ella y Máximo Terrero, le pidieron empeñosamente que no dejara de visitar al señor Alberdi en Paris.

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    Dice Mansilla: "Creo que no carecerá de interés que diga aquí que durante treinta años Manuelita no había oído decir a su padre ni una sola palabra, ni jota. No leía los diarios patrios, no se lo permitían, así es que al oírme hablar a mí de cierta manera, que seguramente no era intencionada (había sido amargarle mi visita; paraba en su casa, se puso pálida y arrasándose sus ojos en lágrimas filiales que daban pena, me dijo "¡pobre tatita, y el que te quería tanto! ¡Ah, cuando hables con el señor Alberdi, el, que conocía a tu tío, te explicará muchas cosas!

    Una vez en Francia, busqué al ex Ministro de la Confederación, cesante de todo cargo diplomático.

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    Vivía el hombre modestamente en París en una casa amueblada, más parecida a un hotel que a una casa de huéspedes─ ocupando dos cuartos con balcón a la calle, una calle triste como él─ con entrada sin salida, lo que se llama un impasse. El uno era el aposento; el otro la sala de recibo o comedor. Aquí comimos, siendo yo el que primero fui invitado.

    Me acompañaba mi malograda hija María Luisa. "Traiga usted a su niña─ me había dicho Alberdi─ así estaremos mejor; la mujer adorna la mesa; luego la señorita es tan inteligente que no nos molestará" Accedí, como era natural. Yo lo había visto siempre a Alberdi a través de mi idealidad; sabía que era pequeño de talla; no me imaginaba, sin embargo, que fuera tanto como en realidad lo era. El lector querrá que le haga un retrato de Alberdi.

    Imaginaos un hombre la antípoda de Sarmiento: este músculos y fuerza, de manos burdas, ágil como los boxeadores, listo siempre para mostrar los puños por cualquier cosa; aquel, todo lo contrario, un cartílago nervioso, alimentado sobriamente. No he visto nunca dos caracteres sobresalientes mas antitéticos, dos naturalezas más discordantes, como sus letras, como sus procedimientos; la letra de Sarmiento, grande, redonda, clara, casi sin perfiles, una letra gorda, maciza, como su estilo vigoroso, preñado: la de Alberdi, una letra puros perfiles, pequeña, ligada por rasgos continuos─ como su pensamiento─ una letra finísima, como su frase incisiva.

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    La salud de Alberdi era mala. Sufría desde años atrás; de manera que mi observación tenía que ser deficiente.

    Estaba vestido de negro, severamente vestido. Aunque proporcionado el cuerpo, la cabeza parecía no corresponder al busto. Era una cabeza casi homogénea: lo habría sido del todo si hubiera tenido visiblemente pronunciada la veneración; de perfil que habría podido ser ciceroniano.

    Todo en ella reflejaba, en efecto, penetración, perspicacia, entendimiento, amplitud contenida. Era, agregaré, una cabeza de ángulo facial tan abierto, que casi describía un ángulo recto, comprensiva, de desarrollo superior, es decir, más ancha en la cúspide que en la base.

    Sus ojos negros, grandes, soñadores, ni saltados ni hundidos; ojos de pájaro que miraban sin remontarse con excesivo vuelo, brillaban con languidez hipocondríaca ; la nariz recta, perfectamente delineada, tenía algo de impertinente en la punta, la boca de labios dulces, blandos, algo carnales, un tanto apretados, abriéndose poco, con cierta ironía amarga, dejaba entrever dos filas de dientes regulares; la b oca, decía, era lo más característico de aquel rostro, que, limpio de pelo de barba, parecía envuelto en una atmósfera de inquietud y timidez constantes, una inquietud parecida a cierto temor de no ser bien interpretado en sus expansiones comprimidas.

    Una idea lo dominaba, no podía ocultarlo; y a ella volvía y volvía a cada paso, llevando la mano hasta rozar y acomodar una mecha abundante de lacio cabello pertinaz que medio ocultándola, caía persistente sobre su frente marchita y rugosa ya, una frente de arco poco pronunciado, y en la que, sin el más mínimo antecedente, cualquier observador de hombres habría, como yo, columbrado todo lo que revela que no está en el nivel común; lo mismo que sus manos, limpias, cuidadas con esmero, habían descubierto que eran solo para esgrimir instrumentos de artista: pluma, buril o pincel.

    No hablaba francés sino con relativa facilidad y corrección, no obstante su larga estancia en Paris. Los sirvientes parecían tener mucha deferencia por él. Atendía a mi hija con exquisita cortesía, como si fuera una señora hecha ya; y conmigo, departía sin que perdiera el hilo de su pensamiento.

    Su obsesión era Buenos Aires.

    Quería volver: temía… explicaba su conducta. Daba no sé qué ver a aquel hombre eminente, casi murmurando: “El que no sabe retractarse, ama más a su persona que a la verdad”.

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