La epidemia de fiebre amarilla en Corrientes
El comienzo de aquella gran epidemia de fiebre amarilla que diezmó Buenos Aires en 1871, comenzó en Corrientes, ciudad esta que nos mostró un anticipo del terror y el espanto que sacudió a los porteños muy poco tiempo después.
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Fueron tan idénticos, tan similares que fue asombroso, en un paralelismo de situaciones y reacciones tan absoluto, que la única diferencia radica en la proporción numérica de las poblaciones de ambas ciudades. En una escala menor, la fiebre amarilla pareció ensayar, paso por paso, los actos del drama que caería en gran escala sobre Buenos Aires y también vería rebasado sus medios sanitarios y de higiene pública por la implacable enfermedad.
A finales de 1870 estalló un brote de vómito negro en Asunción, entonces ocupado por los vencedores de la guerra que afectara en gran medida a cuatro países hermanos durante cinco años. El brote epidémico no tardó en pasar a la ciudad de Corrientes, que era el principal núcleo de concentración y abastecimiento de las fuerzas de ocupación.
El primer caso en esta ciudad fue diagnosticado el 14 de diciembre de 1870. A partir de esa fecha la epidemia se expandió violentamente, provocando un rápido despoblamiento de esa capital de 11.000 habitantes. El 14 de enero, al mes de comenzar la epidemia ─se informó oficialmente que debían suspenderse todos los trámites en las oficinas gubernamentales por la imposibilidad de realizar trámites por la falta de personal. Pero no solo huían los empleados. La misma Intendencia o "Corporación Municipal" se resintió al extremo por la deserción de casi todos sus empleados.
Ante la ausencia por hallarse en campaña, el gobernador titular coronel Santiago Baibiene, retenido en la frontera de Entre Ríos por el accionar de la insurrección del general Ricardo López Jordán, el gobernador delegado don Pedro Igarzabal intentó hacer frente a la situación con la mejor de sus intenciones. La deserción general solo dejó a su lado, en casa de gobierno, a un empleado, único valiente y ultimo auxiliar de Igarzabal, que ni ministros tenía para gobernar, ya que todos huyeron, con la única excepción del de hacienda, que al cabo cayó enfermo, debatiendo se durante largos días entre la vida y la muerte.
Ante ese número de circunstancias desgraciadas ─como un anticipo de lo que ocurriría en Buenos Aires casi dos meses después─ un grupo de vecinos recurrió a métodos dignos de mención para superar la crisis, y el 14 de enero de 1871 se constituyó una comisión de Salud Pública de vecinos auto convocados, que tomó en sus manos las riendas de la administración y de la salud pública con facultades discrecionales. A partir de enero restaban menos de 5.000 personas en Corrientes y se contaban 200 muertos de fiebre amarilla. En febrero los fallecimientos alcanzaron cerca de 500. El flamante cementerio de San José se colmó con una rapidez aterradora. Faltaban sepultureros, no había coches fúnebres, los cadáveres eran llevados de cualquier modo al enterratorio, donde se cavaban amplias fosas comunes, ya que por razones de espacio y de tiempo, era imposible cavarlas individualmente. Además, era necesario sepultarlas rápidamente, ya que el verano correntino se hacía sentir y los cuerpos se descomponían con rapidez. Como la vigilancia no era posible, se generó un nuevo problema: gran cantidad de perros abandonados por fallecimiento de sus dueños o de su huida de la ciudad, merodeaban por todas partes famélicos y desesperados. Estas jaurías de animales, medio cimarrones, peligrosos y agresivos, acechaban en las cercanías del cementerio y de noche se metían dentro, escarbaban las superficiales tumbas apenas protegidas y arrancaban trozos de cadáveres para alimentarse de ese macabro alimento.
El corto número de médicos de Corrientes, ya sobrepasado, debió asistir a la reducción de sus magras filas cuando la epidemia comenzó a cobrar victimas entre los valientes y abnegados servidores. Cuatro de ellos murieron a causa de la fiebre amarilla, a los que deben sumarse dos practicantes, uno de ellos hermano del gobernador Baibiene. También sucumbieron varios miembros de la Comisión de Salud Pública, y para redondear ese cuadro sin precedentes, el 11 de febrero falleció el gobernador delegado don Pedro Igarzabal, última autoridad legal que restaba en la ciudad, único miembro del gobierno regular que aún seguía en su puesto. Sin gobernador, sin ministros, sin secretarios, sin empleados, la máquina gubernativa cayó en colapso y durante cuatro días la casa de gobierno, sin titular ni suplente, cuatro días de acefalía absoluta. Al cabo, un vecino de agallas, Gregorio Zeballos, tomó la drástica resolución por si y ante si de entrar en el despacho gubernamental y hacerse cargo del poder en carácter provisorio hasta que regresara el gobernador titular. Nadie discutió a Zeballos que bajo su propia responsabilidad se hiciese cargo del poder, en un momento nada atractivo para nadie.
La profunda crisis halló alivio parcial al llegar las tropas argentinas al mando del general Julio De Vedia, que regresaba del Paraguay. El jefe militar puso todos los servicios del ejército a disposición de la población y si bien no eran muy abundantes sirvieron de paliativo en esas horas tremendas.
La fiebre amarilla mató dos mil de los once mil habitantes de Corrientes, prolongándose hasta junio de 1871. Los sufrimientos de Corrientes en ese semestre fatal fueron inenarrables y figuran entre los más terribles en la historia de ese pueblo al que el destino no ahorró sufrimientos y luchas. Pero debió capear solo el temporal.
La violencia de la epidemia desatada con días de diferencia en Buenos Aires, eclipsó ante el resto del país, la historia, y las naciones vecinas, el drama del pueblo correntino.
