La alimentación escolar entra en una nueva etapa después de meses de fuertes dificultades
El Ejecutivo dejará atrás el sistema de tarjetas utilizado por los comedores. La expectativa está puesta en evitar las demoras que, en algunos casos, dejaron a las escuelas hasta 90 días sin poder comprar alimentos.
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La alimentación escolar vuelve a ocupar un lugar central en la agenda provincial. No se trata de una cuestión administrativa menor: para miles de gurises entrerrianos, el desayuno, la merienda o el almuerzo que reciben en la escuela pueden representar la comida más segura —y en algunos casos la única— de toda la jornada.
Desde agosto, el Gobierno de Entre Ríos pondrá en funcionamiento una nueva modalidad para abastecer a 996 comedores escolares de establecimientos urbanos y rurales con más de 50 estudiantes. El esquema reemplazará las compras realizadas mediante tarjetas por un sistema centralizado de adquisición y distribución de alimentos.
La modificación llega luego de un período especialmente crítico. Hubo comedores que permanecieron cerca de 90 días sin la habilitación de las tarjetas necesarias para comprar mercadería, una demora que dejó a directivos, docentes y comunidades educativas frente a una situación angustiante: tener chicos esperando un plato de comida sin contar con los recursos disponibles para garantizarlo.
En muchos establecimientos, esas dificultades debieron ser contenidas mediante la colaboración de cooperadoras, docentes, familias, proveedores y organizaciones locales. Pero la buena voluntad de las comunidades no puede reemplazar de manera permanente una responsabilidad que corresponde al Estado.
Con la nueva operatoria, la Provincia concentrará la compra de los productos y establecerá previamente los alimentos, las cantidades y las condiciones nutricionales que deberán cumplirse. La intención oficial es unificar la calidad del servicio y evitar que la alimentación de los estudiantes dependa de los precios, la disponibilidad comercial o los proveedores existentes en cada localidad.
Hasta ahora, cada escuela debía organizar sus propias compras. Esa descentralización generaba diferencias importantes entre establecimientos y trasladaba una pesada carga administrativa a directivos y docentes, quienes además de ocuparse de las tareas educativas debían buscar proveedores, controlar saldos, administrar las tarjetas y resolver los inconvenientes cotidianos del comedor.
El nuevo sistema promete liberar a los equipos escolares de esas responsabilidades y concentrar en el Estado la adquisición, el control y la distribución de los alimentos. También permitirá contar con una trazabilidad común de las compras y establecer criterios nutricionales similares para todos los comedores incluidos.
La empresa responsable de prestar el servicio fue seleccionada mediante un proceso licitatorio y deberá cumplir con las condiciones técnicas, administrativas y de calidad previstas. A partir de ahora, el desafío será lograr que la mercadería llegue a tiempo, en buenas condiciones y en cantidades suficientes a cada escuela, tanto en las ciudades como en las zonas rurales.
La centralización puede ofrecer mejores controles y mayor capacidad de planificación, pero también implica un riesgo: una demora en la compra, el transporte o la distribución podría afectar simultáneamente a una gran cantidad de establecimientos. Por eso será fundamental que el Gobierno cuente con una logística eficiente y mecanismos de respuesta inmediata frente a cualquier inconveniente.
La transformación incluye además la profesionalización del personal de cocina, la digitalización de la gestión y la reorganización del desayuno para que pueda brindarse al inicio de la jornada escolar.
El objetivo anunciado es que ningún estudiante comience las clases con hambre. Sin embargo, la verdadera evaluación no surgirá de los anuncios ni de los expedientes administrativos, sino de lo que ocurra cada mañana en las escuelas.
Después de las prolongadas demoras que atravesaron algunos comedores, el Gobierno tendrá ahora la oportunidad —y la obligación— de demostrar que puede modificar una realidad dolorosa. Porque cuando falla la alimentación escolar, no fracasa solamente un sistema de compras: queda expuesta la vulnerabilidad de cientos de chicos que dependen de ese plato para atravesar el día.

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