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    ¿Hay que hablar de política en la escuela?

    Decía yo, en una charla dirigida a docentes secundarios, que no compartía la visión de Milei, para quien, el suicidio es un acto de libertad; Afirmaba el político, palabras más, palabras menos, que “El que quiera quitarse la vida que lo haga, paro no a cuenta del Estado”.

    04 de noviembre de 2023 - 02:55
    ¿Hay que hablar de política en la escuela?
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    Que creía, luego de muchos años de investigación, que este triste fenómeno es, más bien, fruto de la desesperación, de la alienación, que las elecciones libres, requieren de una conciencia lúcida de la que carece. Del mismo modo pensaba que si la salud es un derecho y no una mercancía, el Estado debe garantizarla, en este caso, a través de programas de prevención y asistencia, que se han mostrado eficaces, en la disminución de las tasas. Ese era el tema, precisamente, la prevención del suicidio. Terminada la disertación, un docente se me acerca y me dice que le había servido lo que dije, salvo que no le gustaba que “hablara de política”, aún más enfatizó, casi indignado que “en la escuela no se debe hablar de política, que la escuela era un lugar para ir a estudiar, y la política debía quedar afuera”, dijo, señalando la puerta de salida, para no dejar dudas. Yo simplemente le pregunté por qué pensaba eso. Atiné a decirle que creía que la escuela debía ser, a mi criterio, un lugar que no admitiera censuras, y en el que se pudiera aprender a investigar, reflexionar, discutir respetuosamente, fundamentar ideas, intercambiarlas tolerando las disidencias sobre todos los temas, en suma, aprender a pensar críticamente. Que” la política “como pensamiento o práctica referente al gobierno de los Estados, promoviendo la participación ciudadana al poseer la capacidad de distribuir y ejecutar el poder según sea necesario para garantizar el bien común de la sociedad, no tiene nada de malo o inmoral, en todo caso, incluso, es impensable excluirla de facto, porque transpira inevitablemente todas las prácticas humanas, ya que todo lo que pensamos, decimos o hacemos, tiene una dimensión política, incluso la decisión de “no hablar de política”, y que el riesgo de las prohibiciones y censuras de las inquietudes, y del pensamiento, allí donde los sujetos se formaban, significa el riesgo de derivar hacia la máxima de Bernard Shaw, quien afirmaba que su educación era muy buena, hasta que tuvo que suspenderla, para entrar en la escuela. Ajeno a mis argumentos, el maestro seguía señalando la puerta con un gesto que expresaba, de manera indubitable que “la política, afuera!”. Como sea, fue una manifestación más de esa idea, bastante extendida actualmente, de que las instituciones educativas deben excluir el campo de la “política”, al que asocian al adoctrinamiento, la manipulación, la corrupción, a una práctica innoble e inmoral, de la educación y la enseñanza de las ciencias puras y el conocimiento verdadero. Como decía, es esa, paradójicamente, una postura política que hay que interrogar. Todas las respuestas caben en decidir cuál es la función de la escuela. Para Foucault la Escuela es una institución disciplinaria creada por la modernidad capitalista, que, como las cárceles, los manicomios y las fábricas, sirven para reproducir el Orden y las relaciones de Poder establecidos. En ese sentido, debe construir sujetos sujetados a los intereses del Poder, a través de una “educación bancaria” (Paulo Freire “Pedagogía del oprimido”), por la que el Maestro, representando el saber, deposita en el alumno, los conocimientos “verdaderos” que éste debe memorizar y repetir acríticamente. El alumno debe estudiar, para lograr estos objetivos, de memoria. De ningún modo hay lugar, en esta educación memorística y pasiva que todos hemos experimentado, para cuestionar ese saber, interrogarlo, discutirlo, exigirle fundamentos, pensar críticamente. Hay allí, creo, dos falacias. Por un lado la de creer que existen conocimientos incontaminados, ciencias puras y que el aprendizaje es un acto memorístico, mecánico y repetitivo, y no un proceso dialéctico de intercambio e indagación crítica, que Pichón Riviere conceptualizó tan acertadamente con el neologismo de Enseñaje, es decir, una síntesis que surge de esa interacción. Por el otro que existe conocimientos aislados y ajenos al campo político e ideológico, como si los saberes fueran fragmentarios, puros y desconectados entre sí. La historia por el contario , no es sino, como dice Norberto Galasso, la Política del pasado, y la Política, la historia presente, por lo que es necesario preguntarse, cómo la escuela podría enseñarla despojándola de las diversas interpretaciones y significaciones políticas que la atraviesan. Así, muchas veces observamos, en algunos jóvenes (obviamente también en los adultos), el desconocimiento de los hechos históricos recientes, como las crisis del 2001 o incluso de las atrocidades de la Dictadura Cívico Militar Eclesiástica, que les impide una discusión política fundamentada, esa que, basados muchas veces en las redes sociales, y otras fuentes dudosas, dan los jóvenes de todos modos, siendo paradójicamente estigmatizados por ello, o por las conclusiones a las que arriban. Creo que es un tema para interrogar y debatir, precisamente porque es un tema profundamente ideológico. Comprendiendo claramente que crear espacios para investigar, hablar, fundamentar, reflexionar, debatir críticamente, es opuesto, punto por punto a la manipulación y el adoctrinamiento que razonablemente se teme. A 40 años de la recuperación de la democracia creo que la discusión política en el ámbito escolar, realizado con respeto y tolerancia por el pensamiento y las convicciones del otro, constituye una necesidad de participación que enriquecerá a los jóvenes, permitiéndoles la construcción de un pensamiento crítico, autónomo y libre, aquel que torna inadmisible todo negacionismo, toda cultura mortífera y destructiva, toda banalización del mal.

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