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    El misterioso conocimiento heredado

    El Dr. Víctor Monzalvo, ejerció la medicina en el pueblito de 1º de Mayo en Entre Ríos, cerca de Villa Elisa hasta su fallecimiento no hace muchos años. Este era un hombre sencillo y a sus conocimientos médicos adquiridos con el estudio, sumó la experiencia de toda una vida de médico rural. Fue gran aficionado a la pesca, pero debía trasladarse a Liebig�"s para poder ejercitarla desde el muelle del frigorífico.

    21 de agosto de 2021 - 09:40
    El misterioso conocimiento heredado
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     Era el único médico de la localidad y un buen lector y que además, como hombre inteligente gustaba de interrogarse sobre la vida y sus misterios, y una vez me decía: �SMire, el hombre muere según ha vivido. No hay nadie con algunas luces que no haya reflexionado sobre el cese de la vida, y también de su paso por ella. La muerte ha sido tema de estudio de muchos genios de la literatura como Dante, y tantos otros. El tránsito de este mundo visible al invisible; el tremendo enigma del hombre que habla y se mueve, y que de pronto enmudece y se queda inerte, para comenzar a disolverse y dejar de ser⬝.

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    Siempre era interesante su charla por ser también como decía, un buen lector y disfrutaba cuando yo lo acompañaba con un café. Me había presentado a su señora Doña Elvira, amabilísimos ambos, y aceptaba cuando me era posible cosa que de vez en cuando podía hacer, ya que debía seguir viaje al pueblo siguiente y el escaso tiempo del que disponía para atender esos pueblos me lo impedía.

    Una vez me contó, que en un tiempo, atendió a un indio paraguayo que vivía para el lado de Pronunciamiento, pero fue casual que así fuera, porque lo que el buscaba era unos rebenques que había visto en la Feria de Artesanías de Colón y que él fabricaba. Preguntó en un almacén por él y le indicaron su ranchito. Y de paso le hicieron saber que el indio, que se llamaba Francisco tenía �Sel don⬝. Cuando se acercó y golpeó las manos, le salieron los perros por supuesto, pero el salió enseguida a atenderlo. Le mostró un rebenque hecho igual al que había visto y no se lo quería cobrar por nada del mundo.

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    Finalmente aceptó que se lo pagara.

    Observó que bajo el alero del ranchito, había un trabajo empezado de trenzado de guascas en el mango de un rebenque parecido al que él ahora tenía, pero más grueso, que su llegada seguramente interrumpió.

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     ��SContinúe nomás su trabajo don Francisco. Quiero ver como lo hace⬝, le dijo.

    Era muy prolijo su trabajo y realmente tenía una gran maestría en su oficio. Tenía un pequeño cuchillito muy filoso y con él hacía maravillas con el cuero, cortando tiras muy finitas que parecían de algodón.

    Pero también notó algo más en el indio Francisco, que no era tan agradable; su respiración era dificultosa y sus tobillos edematosos (edema maleolar). A simple vista mostraba un problema que al menos parecía cardíaco. Mientras conversaba con él, tal vez por un vicio profesional, seguía observando al indio y también advirtió en su piel otros signos de insuficiencia cardíaca.

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    -�SPerdone Ud. don Francisco, pero no lo veo bien de salud. ¿Usted fuma?

    -�SNo, doctor. Fumaba, pero hace como diez años que ya no⬝

    -�S¿Me permite que lo revise, sin compromiso don Francisco?

    -�SBueno doctor, si Ud. quiere. Pero yo me siento bien, rara vez estoy enfermo y además, sé que falta bastante para mi final.

    -�SAh, sí, ¿Y cómo lo sabe?

    -Y⬦ por acá dicen que porque tengo el �Sdon⬝ porque curo los animales.

    No indagó más sobre lo del �Sdon⬝ porque sabía de qué se trataba y fue al auto a buscar el tensiómetro y el estetoscopio

    Confirmó lo que sospechaba. Insuficiencia cardíaca.

    -�SDon Francisco, me gustaría que se dé una vuelta por el hospital que quiero hacerle una radiografía. Ese corazón no está funcionando bien. ¿Sabe?

    - �SBueno doctor. Si Ud. lo dice

    Pero no apareció por el hospital. Sin embargo, luego de algunos meses, se acordó del indio y resolvió darse una vuelta por su ranchito para ver como andaba.

    Lo encontró muy deteriorado y apenas podía caminar, pero cuando lo hacía, sus dificultades para respirar eran notorias.

    Le tomó el pulso y confirmó la gravedad de su estado.

    �⬝Lo voy a tener que internar en Villa Elisa don Francisco. Usted no puede estar aquí solito, sin nadie que le alcance aunque sea un vaso de agua. Además necesita oxígeno y algunas cosas más. Quiero hacerle esa radiografía y darle algunos remedios que lo van a hacer sentir mejor.

    -�SNo tenga cuidado Ud. doctor, no he de morir hasta que termine la luna nueva, y faltan varios días. Cuando empiece la luna creciente, ese será el momento⬝. No pudo dejar de decirle que le causó gracia la precisión con la que el indio afirmó su vaticinio, lo que lo llevó a preguntarle cómo podía saberlo

    �SY⬦ doctor. Esto está más allá de los saberes de los doctores.

    �SLo sé porque me lo enseñaron �Slos que sabían⬝

    No me pareció que �Slos que sabían⬝ estuvieran muy acertados en este caso, si bien su estado no era bueno, creo que estaba compensado. Radiológicamente mostraba un corazón muy grande y dilatado el tronco de la arteria pulmonar. Confirmó su diagnóstico inicial y consiguió estabilizarlo con digital y diuréticos, más una alimentación adecuada a su caso. Su idea era mandarlo a Colón en cuanto estuviera en condiciones de viajar y que lo trate un cardiólogo y sus colegas de Villa Elisa pensaban lo mismo. Pero si ahora lo dejaba volver al ranchito, como ya se siente mejor, no irá a Colón y además no sabía si continuaría tomando los remedios, por eso resolvió dejarlo internado, pero si quería podía levantarse y caminar un poco

    Dos días después vino una persona de Villa Elisa con el mensaje de don Francisco que quería verlo hoy sin falta. Casi comete la torpeza de dejarlo para mañana, porque francamente había terminado muy cansado el día y hasta Villa Elisa tenía 12 kilómetros⬦ pero igual fue. Se estaba muriendo don Francisco ya que apenas respiraba. Mandó que se le de oxígeno, pero él quería hablarlo.

    En un hilo de voz le dijo: ¡No pierda el tiempo doctor, es el momento! Nada de lo que haga me mejorará. Yo se lo dije, es mi hora. Está establecido así.

    Yo no puedo curar a nadie, como sabe hacer usted doctor, pero sé quién va a morir sin ninguna duda.

    En mi campera hay una bolsita de lana. Sáquela que quiero darle algo que quiero que conserve.

    Sacó una bolsita de lana tejida que adentro tenía once bolillas de arcilla con distintos dibujos de signos más, menos, sol, luna, estrellas etc. muy gastadas por el uso. También había una caña abierta al medio en forma longitudinal donde se debían acomodar las bolillas.

    Había cientos de maneras de acomodarlas. Pero se extraían al azar. Allí fue que el indio le enseñó al Dr. Monzalvo la interpretación de las bolillas de arcilla mostrando el misterio de la vida y de la muerte. Como todo lo que empieza, también tiene que terminar y su final está escrito. Lo que usted cree el azar es lo que rige los acontecimientos, pero hay Alguien que rige el azar. No hay azar doctor. Porque el mundo tiene que buscar el equilibrio. Los nacimientos y los fallecimientos es la forma en la que el mundo se ordena y mantiene su equilibrio.

    Todo está ordenado y todo se va ordenando y así está establecido. Es todo un sistema de suma y resta que permite saberlo a través de esas bolillas Por eso los terremotos, las tormentas, las inundaciones, la seca; todo eso podía ser previsto mirando e interpretando las bolillas de arcilla. Allí en ese arcano estaba la prueba de cómo el mundo encuentra la armonía. Allí comprendió la peste negra o bubónica que asoló a Europa en el siglo XIV en la Edad Media, el mundo buscaba su equilibrio, la fiebre amarilla, el cólera y la viruela. Todo estaba explicado por la explosión demográfica y la necesidad de armonía. Esa noche murió don Francisco, tal como lo había previsto. Con su muerte el mundo estaba a salvo, de acuerdo a su creencia. Murió tal como lo había señalado y como lo habían pronosticado las bolillas. Todo volvía a equilibrarse otra vez.

    El Dr. Monzalvo, hombre práctico y absolutamente descreído de esos esoterismos, menos aún creer en el destino, guardó esos arcaicos elementos, más por respeto al indio que otra cosa.

    Pasaron algunos meses y el Dr. Monzalvo sintió la curiosidad y resolvió probar el prodigio en su pueblo, 1º de Mayo tratando de recordar la interpretación de las bolillas alineadas. También quería refrescar la memoria y anotar lo que recordaba sobre las instrucciones sobre su uso y comprenderlo. Se arrepintió de haberlo hecho. Lo que le dijeron las bolillas de arcilla lo afectaba a él directamente. Esa noche murió su mejor amigo y compañero de pesca de una fibrilación ventricular. Era necesario para que todo se equilibrara, y él lo supo antes de que ocurriera con precisión matemática.

    Jamás volvió a consultar las bolillas. Hay cosas que es mejor no saberlas. Pero el secreto de su interpretación murió con él, infortunadamente o afortunadamente, no lo sé.

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