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    El general José Félix (Fray) Aldao y su hora final

    El General José Félix Aldao fue un fraile de la orden de Santo Domingo que marchó junto al General José de San Martín como capellán del Ejército de los Andes.

    31 de octubre de 2020 - 09:35
    El general José Félix (Fray) Aldao y su hora final
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    Sin embargo, a pesar de lucir sus hábitos de fraile dominico, tonsura y cerquillo, en el combate de Guardia Vieja, en el fragor del encuentro, se calzó también el sable y combatió con un arrojo y una furia descomunal y en lo más enmarañado del combate, se veía como un fantasma vestido con su hábito blanco, descargando sablazos con gran violencia y sin piedad. De regreso al campamento del Gral. Las Heras, al verlo cubierto de sangre, revelaron a sus ojos que su capellán era quien menos se había ocupado de auxiliar a los moribundos, que más bien en aumentar el número de muertos. Era uno de esos espíritus implacables que había equivocado su vocación. La suya era una inclinación irresistible a la violencia. Dice Sarmiento que la guerra lo atraía y quería desembarazarse del molesto saco que cubría su cuerpo y en lugar del cerquillo, símbolo de humillación y penitencia, quería cubrir sus sienes con los laureles del soldado.

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    Combatió en Chacabuco, Maipú y Cancha Rayada como teniente de Granaderos a Caballo. Partiría luego al Perú con el Gral. San Martín, interviniendo en los combates de Laca y Pasco, ya con el grado de capitán. Combatió en la Sierra del Perú bajo las órdenes de Arenales contra los españoles, bajando luego a Lima con el grado de teniente coronel.

    Rendida Lima y caído el poder español, el fraile Aldao regresa a Mendoza en 1824 dedicándose a producir vinos, transformándose gradualmente en alcohólico.

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    Intervino en las guerras civiles hasta que finalmente vuelve a Mendoza donde se nombró él mismo Comandante General de Mendoza. Hizo luego la campaña contra los indios del sur, pehuenches y ranqueles. Combatió hasta el río Colorado fijando el límite sur de su provincia en ese río.

    Gobernó la provincia de manera despótica confiscando los bienes de todos los unitarios.

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    Sin embargo también su gobierno impulsó el desarrollo de la provincia, especialmente en el sur ya libre de los bandoleros Pincheira, donde promovió obras de riego y el establecimiento de poblaciones que mantuvieran a raya a los indios y poblaran el desierto y lo hicieran producir con el riego. Sin embargo, la vida escandalosa llevada a cabo por Aldao fue siempre una característica de su personalidad, su alcoholismo, su vida sexual promiscua y su carácter violento y arbitrario, inaceptable en su condición de religioso, le enajenó cualquier tipo de vida social.

    LA ENFERMEDAD

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    Pero a principios de 1844, Aldao comenzó a padecer un trastorno de salud que lo tenía preocupado. Comenzó el mal con una puntada en la frente, sobre el ojo derecho. Luego le apareció una dureza �Scomo un grano de lenteja⬝ que Aldao creía que disolvería con cataplasmas, pomadas y oprimiéndolo manualmente. Sin embargo el naciente tumor siguió creciendo llegando a tener el tamaño de un huevo pequeño y una deformidad de la frente el ojo derecho y la nariz que le producía dolores insoportables.

    Por desconfianza a los médicos de Mendoza, que eran �Ssalvajes unitarios⬝ y el único que era federal era un incompetente que le dijo que lo suyo era un lobanillo. Resolvió entonces ponerse en manos de un médico español residente en San Juan, el Dr. Miguel Garviso, quien opinó que el contenido del tumor sería color miel y como leche o materia sebácea y que había que punzarlo. Aldao se alarmó y pidió a don Juan Manuel de Rosas que le envíe un médico competente de Buenos Aires. Una nevada de 8 días impidió al chasque la partida, demandando su viaje 16 días.

    En tanto el gobernador aceptó el criterio de Garviso de punzar el tumor quien le aseguró que así obtendría alivio. Garviso tomó el bisturí, punzó el tumor y salió sangre.

    Tratando de apaciguar a Aldao que se enfureció por el dolor y el fracaso, además sin ningún tipo de anestesia, este le dijo que la evacuación de sangre era favorable.

    ¿Era realmente Aldao, tal como lo pinta Sarmiento, despiadado, cruel, dado a toda suerte de excesos o no lo fue? A los pocos días el tumor estaba peor y Garviso ayudado por un antiguo cirujano español, Martínez y el padre Barbón Santa María habilitado como cirujano por el gobierno, resuelven operarlo para extraer el tumor. La operación duró tres cuartos de hora sin ningún tipo de anestesia y encima solo pudieron extraer una parte del tumor, cauterizar los restos y coser los colgajos.

    A todo esto, el Gobernador de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas resuelve enviar a Mendoza a su cuñado, el Dr. Miguel Rivera, casado con Mercedes Rosas. Rivera había estudiado en el Instituto Médico Militar y luego viajó a Francia y recorrió las clínicas de Paris donde conoció al célebre médico Dupuytren, asistiendo a sus clases.

    EL VIAJE A MENDOZA

    Lo curioso del viaje del Dr. Rivera a Mendoza es que lo relata día por día en un cuaderno, con una minuciosidad sorprendente, pero que nos deja una idea de lo que era un viaje en esos tiempos. Su relato comienza el 9 de Julio de 1844 en su primera etapa hasta la Villa del Lujan 16 leguas (80 Km). Al día siguiente 32 leguas llegando a Areco. Las postas eran heladas en esa época del año, así que el Dr. Rivera dormía en el carruaje. Le avisan que en Santa Fe en los Desmochados una partida de 100 indios habían saqueado los caballos de la posta. También otra de unos 50 indios saqueó la Posta de la Candelaria. Sigue el relato en que avisado el gobernador de Córdoba del viaje del médico, ya lo esperaba una escolta de 20 hombres por las indiadas que andaban muy activos también por allí saqueando las estancias. El gobernador de San Luis hizo lo propio al paso del Dr. Rivera por la provincia, con una escolta que lo acompañó hasta Mendoza, donde arribó a 11 días de su salida de Buenos Aires habiendo recorrido un total de 1.475 leguas.

    Apenas arribado a Mendoza fue a ver al enfermo en compañía del Dr. Garviso a 5 días de la operación practicada. Garviso lo esperaba para hacer juntos la primera curación.

    Rivera advirtió que la operación había sido inútilmente cruenta, había una gran inflamación, la incompleta extirpación de un tumor muy vascularizado que debió completar, al fondo el hueso frontal careado de donde extrajo esquirlas de hueso y por debajo se tocaban mamelones carnosos y el resto mal cauterizado.

    No hizo comentarios, solo conversó con Aldao y le tomó el pulso. Este le informó de la punción previa y sobre su sufrimiento durante la operación. Encontró a un hombre quebrantado y temeroso de tener que sufrir más.

    Le pidió su opinión al Dr. Rivera y éste se la dio. Que el tumor estaba formado en la membrana exterior que cubre la frente, que había una carie del hueso frontal, que había muchos ejemplos de tumor fungoso que se han curado completamente. Que algunos se reproducen algunas veces, por eso era necesario extirparlo en su totalidad, pero que trataría de evitarlo en lo posible. Aldao le pidió que alejara al Dr. Garviso porque dudaba de su competencia. Comenzó Rivera con las curaciones, cambiando el cáustico del hueso por nitrato de plata. Mientras tanto advertía que el tumor se desarrollaba de nuevo en la cavidad de lo que extrajo Garviso. Era una muy mala señal.

    Cada vez se convencía más del deterioro del Gobernador, dormía muy poco, inapetente, dolores en la parte interna de la rodilla, calor e hinchazón local. Cambió el caustico por creosota al 100% y medicación oral de protoioduro de hidrargirio.

    Resolvió operar de nuevo ya que el desarrollo del tumor dificultaba la visión del ojo derecho y el dolor era intenso. Aldao le exigió que no se extendiera por más de dos minutos, que era lo que podía soportar. Así lo hizo Rivera que ayudado por un joven Dr. García y el barbón Santa María, habilitado como cirujano, extrayendo un tumor muy vascularizado en dos minutos y un cuarto, cauterizando la zona.

    Sin embargo, no hubo mejora en el paciente, y además a pesar de lo radical de la cirugía poco tiempo después comenzó a reproducirse nuevamente, acentuándose su deterioro general, y a quejarse de un dolor e inflamación intensa, los amigos que lo visitaban ya comienzan a decirle que tenga fe en su curación, pero ya estaba convencido de un mal final. Además la herida despide mal olor que él advierte. En las postrimerías de diciembre, Aldao está gestionando su reconciliación con la iglesia y decide confesarse, aunque según sus propias manifestaciones a Rivera, el cura dominico que recibió su confesión, sufrió un desmayo ante lo que escuchó de boca de Aldao.

    El general José Félix Aldao fallece al promediar el 19 de enero de 1845 de un cáncer de hueso frontal y a su pedido, es sepultado con el hábito de dominico y también encima de éste el uniforme de Brigadier General de la Provincia de Mendoza.

    Retrospectivamente se puede deducir que padecía de un osteosarcoma con metástasis en la extremidad derecha si se toma como primario el del hueso frontal. Con los elementos terapéuticos que disponía el Dr. Rivera era imposible de tratar en 1844.

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