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    El fin del imperio Ranquel

    En 1834, el chileno Calfucurá había instaurado el imperio más poderoso del desierto argentino. Fue amo y señor de su imperio y pactaba de igual a igual con los gobiernos, pero eludió siempre la guerra franca. Solo combatía cuando tenía todo a su favor.

    28 de noviembre de 2020 - 09:26
    El fin del imperio Ranquel
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    En 1871, casi centenario pero vigoroso, dueño de enormes riquezas de sus correrías y saqueos, las comerciaba con Chile, el �SMalu Mapu⬝ (Pais de la Humedad) su patria de origen a través de los pasos cordilleranos de Pichachén, Icalma, Planchón y Paso Villarica hacia los Fuertes chilenos Ballena y Santa Bárbara. La gente de Calfucurá vendía sus arreos en Chile a Don Juan Tagle que tenía estancia en el Paraje Las Canteras en sociedad con el Presidente Bulnes.

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    Los arreos robados en territorio argentino eran recibidos por el Capitán Salvo y por el Sargento Mayor comisario Zuñiga. Todo esto formaba parte de la estrategia chilena para impedir la ocupación soberana de la Patagonia Argentina. Calfucurá controlaba todas las tribus que habitaban desde Azul hasta el Río Colorado.

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    LA GUERRA QUE SIEMPRE QUISO EVITAR Desde 1860, el cacique Lucio se había separado de Juan Catriel, con unos 300 indios en el Azul. El gobierno estimulaba esa enemistad ayudando a uno u otro según conviniera. Pero Lucio murió en una pelea de borrachos, pero sin embargo, sus indios siguieron siendo independientes de Juan Catriel.

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    En 1871 el Jefe de Frontera coronel Francisco Elía, quiso que los indios de Lucio se sometieran al heredero llamado Cipriano Catriel y aceptó la propuesta del coronel Elía de sumar un escuadrón de soldados para someter a los indios de Lucio. Los caciques herederos de Lucio eran: Chipitruz, Calfuquir y Manuel Grande que se prepararon para resistir.

    Iban a reunirse para discutir con Catriel en la Laguna de Burgos. Era probable que terminara de la peor manera. Sin embargo, le dijeron al coronel Elía que la paz no iba a peligrar, que no se preocupara �Sque era una riña de familia⬝. El coronel Elía, como estaba planeado apoyó a Catriel y con la indiada de éste y sus fuerzas militares, atacó a los indios de Lucio en la Laguna de Burgos. Pero los caciques Chipitruz, Calfuquir y Manuel Grande se retiraron sin combatir.

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    Entonces Elía lanzó sus fuerzas sobre las tolderías abandonadas, arreó sus ganados y Catriel apresó a las familias de los atacados. El coronel Elía creyó que los indios de Lucio irían a refugiarse con Calfucurá. Sin embargo 100 de ellos se presentaron ante la justicia civil de Azul para pedir amparo. Pero el Juez de Paz los entregó prisioneros al propio coronel Elía. El resto, incluidos los caciques fueron remitidos a Martín García y sus familias entregadas a Catriel.

    Calfucurá que esperaba una oportunidad así, convocó a la pelea a todas las tribus. El sitio de reunión eran las Salinas Grandes y allí concurrieron los ranqueles que bajaban del norte de la pampa al mando de Epumer, hermano de Mariano Rosas. Venían los araucanos de Reuque Curá. Más de 1.000 lanceros en los tres regimientos de indios salineros y de Pincén; su comandante era el cacique general Cutricurá. Desde Chile, desde Neuquén, venían otras 1.000 lanzas. El cacique las había confiado al mando de su hijo más capaz y su futuro sucesor Manuel Namuncurá. Esa Confederación India había reunido 3.500 hombres de pelea que iban en marcha contra los pueblitos, postas y casas de campo aisladas en esa inmensidad. A su frente Calfucurá. Nada se perdona, se saquea se incendia sin asco y se degüella todo ser viviente, hasta los perros. 150.000 animales, centenares de cautivas blancas y detrás, quemazones, cadáveres mutilados. Festín para los chimangos. Ranchos que son taperas muestran los muñones carbonizados de sus horcones y cumbreras.

    El general Ignacio Rivas parte de Azul para reprimirlos. Va con sus soldados y con los lanceros de Catriel con rumbo a las Salinas Grandes tratando de darles alcance. Es entonces que recibe un chasque del coronel Juan Boer �SEstoy en San Carlos de Bolívar, encerrado en el Fuerte, con un puñado de hombres, y el enemigo marcha a sitiarme con fuerzas doblemente superiores⬝. Dos chasques más recibe Rivas, cada vez más apremiantes. Rivas se pone en marcha hacia San Carlos. Calfucurá se va a interponer entre ambos para mantenerlos divididos y vencerlos de a uno. Pero Rivas adivina la maniobra, se filtra y llega a San Carlos. Calfucurá sale a rodearlos. Sus mejores guerreros están con el, mientras se pierde a lo lejos la polvareda del gigantesco arreo. El estado mayor de Calfucurá, los caciques Renque Curá, Pincén, Namuncurá, Epumer, Catricurá⬦

    Calfucurá arenga a los 3500 lanceros. Les dice que cargarán y que luego echarán pie a tierra y pelearán como los cristianos, cuerpo a cuerpo, lanza, facón y bola.

    Se inicia la lucha. Relinchos y alaridos, disparos y chocar de sables. En las filas cristianas, los indios de Coliqueo que venían con Rivas se niegan a combatir contra Calfucurá.

    Los de Catriel tampoco quieren luchar contra su mismo pueblo. Catriel echa mano a un recurso desesperado y le pide al coronel Rivas 50 tiradores: al que huya de sus indios se lo baleará por la espalda. En tanto Calfucurá carga al centro de la línea de atacantes. Pero el fuego graneado de los blancos lo rechaza. Ya no son las viejas armas de 1855 que se cargaban por la boca, éstas son balas con fulminante. Catriel finalmente lanza a los suyos contra Calfucurá. Las lanza indias están perdiendo la batalla contra los fusiles de los blancos. Sus indios no comprenden y miran a su jefe, luego comienza la huida. Dejan en el campo 300 muertos y 200 heridos. Están quebrados anímicamente.

    Pero Rivas no se atreve a seguirlos. Por su parte Calfucurá ha visto morir a los mejores de sus lanceros. Los ha visto huir derrotados, asustados. Esos cañones tiraban metralla.

    Calfucurá marcha hacia el Oeste. Hacia el ocaso. Va a refugiarse a sus toldos. Ya es un anciano vencido. Pasa los días allí. Sabe que su imperio se muere. Todo ha terminado.

    Cuando el frío pampeano descendió en junio de 1873, el viejo guerrero ya no se levanta.

    Su mirada vidriosa alcanza a reconocer en la penumbra llena de humo, conjuros y brujerías a sus hijos. Catricurá, Reuymaycurá, Namuncurá: le parece ver a las bellas mujeres blancas, apetecido fruto de su lujuria, llegando deshechas de fatiga, llanto y pavor tras la correría de los indios, pero ya no están. Todo ha terminado. Calfucurá acaba de morir en las Salinas Grandes. Era el 4 de junio de 1873

    Miguel Angel Scenna �SCALFUCURÁ⬝

    TODO ES HISTORIA � A�O II � ENERO DE 1968

    Antonio Alberto Guerrino

    �SLa Medicina en la Conquista del Desierto⬝ Círculo Militar 1984

    Jorge L. Rojas Lagarde

    �SMalones y Comercio de Ganado con Chile⬝- Elefante Blanco 2004

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