La prensa que cubre el Carnaval fue ubicada en un espacio reducido e inadecuado, sin condiciones mínimas para desarrollar su trabajo. Cámaras, micrófonos y cronistas trabajaron apretados, en un sector que evidenció una falta de planificación y consideración profesional por parte del Ente Permanente del Carnaval.
Mientras otros públicos contaron con espacios cómodos y diferenciados, la prensa —que sostiene el relato del carnaval durante todo el año— quedó relegada, como si la comunicación ya no necesitara lugar ni condiciones, bajo la idea de que “todo es redes”.
El reclamo no apunta a privilegios, sino a respeto. El Carnaval necesita una prensa que pueda trabajar dignamente para estar a la altura del espectáculo que se pretende mostrar. Cuando uno de los actores fundamentales queda marginado, algo del espíritu de la fiesta se pierde. Y eso no debería ocurrir.

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