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    Ante la ley: Kafka y nosotros

    Muchas veces, sobre todo en mi juventud, me he preguntado de qué manera el hombre, ha podido concebir a otro hombre como una cosa o alimaña y eliminarlo como tal. Un ser humano que de repente o progresivamente pierde su carácter de tal y es transformado en un objeto abominable.

    15 de junio de 2024 - 08:00
    Ante la ley: Kafka y nosotros
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    Nos sobran, lamentablemente experiencias, los genocidios de los habitantes originarios, la Dictadura y el Nazismo, solo por nombrar algunas. Es la percepción fantástica y espeluznante que tuvo Franz Kafka en su relato “La metamorfosis”, cuando su protagonista,  Gregorio Samsa, después de un sueño inquietante, se encontró en su propia cama, transformado en un monstruoso insecto. Gregorio intenta comprender su situación, pero sobre todo le preocupa ir al trabajo con ese aspecto. Es muy doloroso observar como poco a poco es objeto del desprecio y el asco, incluso de sus familiares, que le rehúyen. Es desolador el maltrato y la discriminación que recibe un pobre hombre que solo piensa en ayudar a los que lo rodean, se lastima al intentar comunicarse y a cambio de sus esfuerzos recibe golpes y olvido (Jorge Goyeneche prólogo de “La Metamorfosis” edición Gárgola). Es una cosa y así lo llaman (das). Se ha dicho que Kafka vislumbra en su entorno social la gestación del nazismo. Ricardo Piglia sobre todo, sostiene esta idea. Dice que la palabra Ungefiezer con que los nazis designarían a los detenidos en los campos de concentración, es la misma palabra que usa Kafka para designar “eso” en que se ha convertido Gregorio Samsa, una mañana al despertar. Nombrar al hombre como una cosa, como una plaga, es un requisito para naturalizar su maltrato, e incluso, su exterminio. Imagino a buena parte del pueblo alemán, durante el Nazismo, ya no sorprendiéndose del suplicio al que eran arrojados los judíos, los gitanos, los homosexuales, los disidentes políticos porque habían dejado de ser concebidos como seres humanos, transformados ahora en ungefiezer. Las hermanas de Kafka fueron así asesinadas, así, en un campo de concentración. Ana Arendt analizando el proceso de un criminal Nazi, como Eichmann, se dio cuenta que no había allí un monstruo (aunque lo fuera), sino un hombre común, un burócrata convencido del cumplimiento de su deber, al organizar los trenes de la muerte que conducían a la cámara de gas. Comprendió, más allá de Eichmann, que un pueblo puede insensibilizarse completamente y naturalizar el odio y la muerte y justificar su aniquilación, si antes deshumaniza al otro. Llamó a este proceso, banalización del mal. Es un riesgo trivializar el horror. Minimizar en nuestro caso la retención de alimentos o de medicamentos cuando hay personas con hambre o enfermos graves, insensibilizarse ante la desesperación de quienes pierden su trabajo, ante la indefensión de los jubilados y de los pobres, celebrar, incluso, cruelmente, los despidos o la sangrienta represión de las manifestaciones de descontento, lleva a una sociedad a los riesgos de la banalidad del Mal. Aun así, hay una buena porción que manifiesta su desacuerdo con las políticas inhumanas y destructivas del actual gobierno, y funciona como una importante reserva ética que nos preserva. Ella resiste en las calles y encuentra como toda respuesta la criminalización, el castigo y una brutal represión. El derecho constitucional a la manifestación y la protesta se vuelve un acto de terrorismo y golpe de estado, según la demonización del Presidente. Entonces manda a su Ministra de Represión, Patricia Bulrich, a golpear y agredir salvajemente a personas indefensas. Esta Ministra se asemeja demasiado al Oficial del cuento “En la Colonia Penitenciaria”, del escritor checo, enamorada como está, de su máquina de castigar y supliciar los cuerpos, a la que llama “protocolo” de Seguridad. En esa cárcel imaginada por Kafka, el Oficial sueña con nostalgia ese mundo del castigo generalizado, como legado del anterior comandante (de la anterior Dictadura en nuestro caso). El delito cometido, una difusa desobediencia, es lo que menos importa, en ese relato. Es la conciencia de la culpa y de la deuda que tiene que pagar, por ignota que sea, lo que constituye a los sujetos kafkianos en objetos de persecución, vigilancia y castigo. Lo mismo que en la novela  “El proceso”, Josep k, su protagonista, está acusado y procesado por un delito que ignora. Del mismo modo, los trabajadores, los pobres, los jubilados, las mujeres, los enfermos, los vulnerables de nuestro país, están imputados por una culpa indescifrable que los conmina al castigo y al sacrificio para saldarla. Muchos cándidos basan su fe y su ilusión en este sacrificio en el altar que el capitalismo destina a los pecados como prerrequisito de la salvación y la justicia.
    Este miércoles pasado, Kafkianamente, los senadores aprobaron la llamada Ley Bases, que sienta los cimientos para la destrucción, el saqueo y entrega de la Patria, con una furiosa y sanguinaria represión de los que resistían el Remate. “Ante la ley”, tallada con traiciones y sobornos, ante una ley que sella la injusticia, el dolor y la desigualdad del pueblo, solo queda la resistencia, ante la ley, aquella que cierra las puertas con inmensos, brutales e infranqueables guardias, solo sirve la rebeldía. Ante la ley, solo es aceptable aquella que respeta, de un modo irrestricto, la irrenunciable condición humana. 
    (En homenaje a los manifestantes heroicos, al pueblo anónimo que resistió el oprobio y la opresión en el Congreso, frente a la infame sanción de una ley siniestra y al excepcional escritor, en el centenario de su fallecimiento)
     

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    Sergio Brodsky
    Sergio Brodsky
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