Solo dos de cada diez estudiantes logran terminar la secundaria en tiempo y con los conocimientos esperados
La Argentina enfrenta uno de sus desafíos más profundos y preocupantes: el deterioro de los aprendizajes, las dificultades para completar los estudios secundarios y las consecuencias que esta situación tendrá sobre el empleo, la universidad y el futuro de las nuevas generaciones.
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La comparación con países como Estonia revela que el problema no es solamente económico, sino también de organización, formación docente y continuidad de las políticas educativas.
La educación argentina atraviesa una crisis que va mucho más allá de las discusiones salariales, los paros docentes o los presupuestos escolares. Los problemas de aprendizaje, las trayectorias educativas interrumpidas y las dificultades de los jóvenes para incorporarse al mundo universitario y laboral configuran un escenario que compromete el desarrollo del país durante las próximas décadas.
Uno de los indicadores más alarmantes surge de los estudios sobre las trayectorias escolares: aproximadamente dos de cada diez estudiantes logran completar la secundaria en el tiempo previsto y con los conocimientos mínimos esperados en Lengua y Matemática.
Es importante distinguir dos situaciones. Una cosa es finalizar la secundaria, incluso después de repetir años o interrumpir la escolaridad, y otra muy diferente es hacerlo en el tiempo establecido y con aprendizajes satisfactorios. El indicador cercano al 19% corresponde a esta segunda condición, más exigente.
El problema no termina con la entrega del diploma
Durante años, el debate educativo estuvo concentrado en aumentar la matrícula, garantizar la permanencia de los estudiantes y reducir el abandono escolar.
Sin embargo, existe otra realidad igualmente preocupante: muchos jóvenes consiguen su título secundario sin haber consolidado conocimientos fundamentales de comprensión lectora, escritura, matemática y razonamiento.
Esta situación se manifiesta posteriormente en las universidades, donde numerosos ingresantes encuentran dificultades para comprender textos académicos, resolver problemas matemáticos o sostener los ritmos de estudio que exige una carrera.
El resultado puede traducirse en abandonos, cambios de carrera y prolongación de los tiempos necesarios para obtener un título universitario.
Pero las consecuencias no afectan solamente a quienes pretenden continuar estudios superiores. También condicionan las posibilidades laborales de miles de jóvenes que ingresan al mercado de trabajo con herramientas insuficientes para responder a las exigencias actuales.
Un riesgo país que no aparece en los mercados
Existe un aspecto especialmente inquietante: el deterioro educativo no produce necesariamente una crisis inmediata y visible, como sucede con una devaluación, una corrida bancaria o un aumento del desempleo.
Sus consecuencias se acumulan silenciosamente durante años.
Un adolescente que termina la secundaria sin comprender adecuadamente lo que lee puede arrastrar esa dificultad durante buena parte de su vida laboral.
Las limitaciones educativas reducen oportunidades de capacitación, dificultan el acceso a empleos de mayor complejidad y pueden contribuir a reproducir situaciones de desigualdad social.
Los números que explican la gravedad de la situación
Una actualización de los datos permite dimensionar aún mejor el problema. El informe de Argentinos por la Educación, publicado en septiembre de 2025, determinó que solamente 10 de cada 100 estudiantes que comenzaron primer grado en 2013 llegaron al último año de secundaria en 2024, sin atrasos y con aprendizajes satisfactorios en Lengua y Matemática.
10%
Llegó al último año en tiempo y con aprendizajes satisfactorios, cohorte 2013–2024.
63%
Llegó al último año en el tiempo esperado, independientemente de sus aprendizajes.
74,2%
De los jóvenes de 25 a 30 años había terminado la secundaria en 2024.
73%
De los estudiantes argentinos de 15 años no alcanzó el nivel básico en Matemática en PISA 2022.
Estonia: un ejemplo que obliga a mirar hacia afuera
Lo de Estonia, un pequeño país europeo que ha conseguido ubicarse entre los sistemas educativos de mejor desempeño internacional.
La comparación resulta contundente. En las pruebas PISA 2022, el 85% de los estudiantes estonios alcanzó al menos el nivel básico en Matemática. En Argentina, solamente lo consiguió el 27%.
En comprensión lectora, Estonia alcanzó el 86%, frente al 45% argentino.
El modelo estonio combina formación docente exigente, autonomía de las instituciones escolares, seguimiento de resultados e incorporación de herramientas digitales. En ese país se exige, como regla general, formación de nivel de maestría para ejercer como docente escolar.
No significa que todas esas políticas puedan trasladarse automáticamente a la Argentina. Pero sí demuestra que mejorar la educación requiere planificación, preparación profesional y continuidad.
Menos clases, conflictos y una responsabilidad compartida
La pérdida de jornadas escolares por conflictos gremiales, problemas edilicios, dificultades de transporte o ausentismo constituye otro aspecto que merece atención.
Cada día sin clases representa una oportunidad de aprendizaje que debe recuperarse. Sin embargo, sería equivocado atribuir los malos resultados exclusivamente a los paros docentes.
También influyen la pobreza infantil, las diferencias de recursos entre escuelas, las condiciones de trabajo de los educadores, la organización curricular y la falta de acompañamiento de estudiantes con dificultades.
El problema demanda responsabilidades compartidas entre gobiernos nacionales y provinciales, instituciones educativas, docentes y familias.
En este contexto, las discusiones por el financiamiento universitario tampoco pueden separarse de lo que sucede en las escuelas primarias y secundarias. El sistema educativo constituye una cadena: cuando un eslabón falla, sus consecuencias terminan apareciendo en los siguientes.
La inteligencia artificial agrega una nueva urgencia
Mientras la Argentina continúa discutiendo cómo garantizar conocimientos básicos, el mundo laboral experimenta una transformación acelerada por la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas tecnologías. Los empleos del futuro exigirán cada vez más capacidad de interpretación, pensamiento crítico, adaptación y aprendizaje permanente.
Un sistema educativo que no consigue enseñar adecuadamente a leer, escribir y resolver problemas matemáticos corre el riesgo de ampliar la distancia entre quienes pueden aprovechar estas transformaciones y quienes quedan excluidos.
Una generación que no puede esperar
La Argentina necesita recuperar una convicción que durante buena parte de su historia fue motivo de orgullo: la escuela como instrumento de movilidad social y construcción de oportunidades.
No alcanza con inaugurar edificios, distribuir computadoras o exhibir estadísticas de matrícula. Tampoco alcanza con entregar diplomas si detrás de ellos no existen conocimientos suficientes.
La discusión educativa debería convertirse en una verdadera política de Estado, capaz de superar los cambios de gobierno y las disputas partidarias.
La pregunta final es tan sencilla como inquietante: ¿qué futuro puede construir un país si una parte tan importante de sus jóvenes no recibe las herramientas necesarias para comprender y transformar la realidad?
La educación no puede seguir esperando. Cada año perdido en aprendizajes es un año que difícilmente pueda recuperarse en la vida de un estudiante.
Y tal vez ese sea el verdadero riesgo país que todavía no hemos terminado de comprender.

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