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    ¿Es posible resolver la pugna entre el desarrollo y ambiente? (2ª parte)

    A menudo el debate entre desarrollistas y ambientalistas se centra en las limitaciones de cada uno de los enfoques. Desde las posturas desarrollistas se suele criticar el sesgo prohibicionista que aparece en muchas demandas ambientales, mientras que desde el ambientalismo se señala la subestimación de la variable ambiental que tienden a hacer los desarrollistas. Esto no es una particularidad argentina, sino un debate global que se puede reducir a las siguientes preguntas: �S¿Y ustedes cómo van a hacer para generar empleo y aumentar la calidad de vida de las mayorías?⬝ �S¿Y ustedes cómo piensan abordar el cambio climático y la destrucción de la naturaleza?⬝.

    10 de abril de 2021 - 08:05
    ¿Es posible resolver la pugna entre el desarrollo y ambiente? (2ª parte)
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    6. Economía circular:

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    �SNada se pierde, todo se transforma⬝

    El desarrollismo del siglo XX tendió a considerar lo ambiental como un mero costo que obstaculiza el avance de las fuerzas productivas. Sin embargo, hay un concepto que permite hermanar fácilmente los enfoques desde el desarrollismo y el ambientalismo: el de economía circular. Se trata de un modo de producir en el cual se procura utilizar la menor cantidad de insumos �Svírgenes⬝ posibles y minimizar la producción de desechos. Esto se logra a partir de una planificación integral del proceso productivo que ya desde el diseño mismo de materiales y productos apunta a la posibilidad de reinsertarlos dentro del circuito y/o facilitar su reciclaje. El resultado es sumamente positivo, ya que pasar de una economía pensada en términos lineales a una circular posibilita reducir sensiblemente la presión sobre la naturaleza tanto por la extracción de recursos como por la absorción de residuos.

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    En muchas actividades económicas, la propia idiosincrasia de los procesos lleva a la economía circular. Este es el caso de la fabricación de acero, un insumo fundamental en nuestra vida cotidiana, donde el desperdicio (como un auto o una heladera en desuso que se transforma en chatarra) puede tratarse perfectamente y convertirse en un insumo para volver a fabricar materiales de acero. Otro ejemplo, que además es un hábito incorporado con naturalidad, es el de la industria cervecera, en donde el sistema de envases retornables de vidrio está concebido bajo la lógica de la economía circular. De hecho, históricamente, el uso de envases retornables, como de las bolsas de tela reutilizables, era mucho más extendido que en la actualidad pero por una cuestión de costos logísticos se pasó a los envases descartables. La �Sminería urbana⬝ �que permite reutilizar los minerales presentes en los electrónicos desechados� es otro caso del potencial de la economía circular.

    Así como hay sectores en donde la lógica de la economía circular es la norma, hay empresas que hacen de ella su razón de ser. Una de ellas es Worms, una pyme rosarina que acaba de incorporar una máquina de última generación para la trituración de neumáticos fuera de uso, y reutilizar el caucho para hacer asfalto modificado (por ejemplo, para bicisendas), tejas o ladrillos. En lugar de que los neumáticos acumulen agua (y por ende, riesgos de enfermedades como el dengue) en depósitos al aire libre en los distintos municipios, se tratan y se reutilizan, generando simultáneamente puestos de trabajo, desarrollo local, saneamiento ambiental y, por qué no, también exportaciones.

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    La economía circular muestra que es factible producir y exportar más, generando puestos de trabajo y desarrollo local, y a la vez resolver problemas ambientales. De cara al futuro, es clave que desde las políticas públicas se premie cada vez más a las empresas que adopten este paradigma.

    7. Ciudades sostenibles

    para todas y todos

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    Generalmente, las mayores tensiones entre desarrollismo y ambientalismo se dan fuera de lo que ocurre en las grandes ciudades (en cómo se concibe �Slo rural⬝ o en cuál es el uso que se debe hacer de los recursos naturales en zonas de baja densidad demográfica). Por el contrario, en la agenda sobre la ciudad que queremos hay muchísimos puntos de contacto. Por ejemplo, la erradicación de basurales a cielo abierto y la gestión eficiente de los residuos elimina la tensión entre ambas posturas, pues implica generación de puestos de trabajo, saneamiento ambiental y reutilización de insumos para otras industrias.

    Otro punto de acuerdo entre ambientalistas y desarrollistas es la movilidad del futuro: hoy gran parte de las políticas de desarrollo productivo en el mundo están teniendo como norte la adopción del paradigma de la movilidad sustentable (vía ciudades caminables, mejoras en el transporte público o vehículos eléctricos o a hidrógeno, que reemplazarán al tradicional motor a combustión). No hay nada más afín al paradigma del desarrollismo ambientalista que poder formar parte de la cadena de valor de la movilidad sustentable, a partir de la producción nacional de baterías de litio, de bicicletas eléctricas, de hidrógeno verde o de buses eléctricos, por mencionar sólo algunas iniciativas. Argentina también está empezando a ir en esa dirección.

    Otro ejemplo en la misma línea es el concepto de �Sconstrucción sostenible⬝, y por medio del cual se procura optimizar el uso de la energía en las viviendas, oficinas y edificios públicos. La mejora o adopción de cierto tipo de materiales puede permitir retener el calor en un hogar u oficina y, de esta manera, evitar usar tanta calefacción en los meses de frío. Del mismo modo, diseñar las construcciones para aprovechar mejor la luz diurna redunda en un ahorro energético positivo para el ambiente y la economía. Todos estos son ejemplos de que las ciudades del futuro generarán oportunidades para producir, generar empleo y exportar, reduciendo simultáneamente la huella ambiental y la contaminación del aire, mejorando así la calidad de vida de la población.

    8. Sustentabilidad macroeconómica

    y sustentabilidad ambiental

    deben ir de la mano

    Muchas veces se piensa que el desarrollismo es un obstáculo para la sustentabilidad ambiental o que el ambientalismo es una traba para la sustentabilidad macroeconómica. Sin embargo, ambas sustentabilidades pueden (y deben) retroalimentarse.

    Cada vez más los países del mundo empiezan a planificar la transición a la sostenibilidad en general y la transición energética en particular y a implementar las metas del Acuerdo de París, por medio de la incorporación de instrumentos como el impuesto al carbono o subsidios a la adopción de la movilidad sustentable, por mencionar algunas iniciativas. A su vez, y como resultado de este cambio de paradigma, las inversiones y los acuerdos comerciales comienzan a incorporar cada vez más criterios ambientales como dimensión determinante.

    Este último punto es fundamental: o nos adaptamos a los nuevos estándares ambientales, o tendremos serios problemas para exportar a ciertos mercados o para recibir inversiones. Es decir, si no incorporamos la sustentabilidad ambiental a tiempo tendremos serios problemas de sustentabilidad macroeconómica. No sólo se nos pueden cerrar mercados e inversiones (o que otros países nos �Sganen de mano⬝ y perdamos oportunidades para exportar), sino que el cambio climático puede repercutir muy negativamente en nuestra producción agropecuaria y, por ende, en gran parte de nuestras exportaciones. A su vez, las políticas de promoción de la eficiencia energética pueden redundar en una mayor sostenibilidad macroeconómica ya que se reduce la necesidad de importar y/o subsidiar el consumo energético en hogares e industrias.

    Por último, volvernos más sostenibles en términos ambientales requiere que crezcamos. Un país empobrecido es un país con miles de demandas por satisfacer (entre ellas la ambiental) y con escasez de recursos y poder de fuego para hacerles frente. No es casualidad que países como Dinamarca, Suecia, Austria o Finlandia sean los que mejor puntúan en el �SÍndice de Crecimiento Verde⬝ (que mide cómo los países están cumpliendo con metas como las de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el Acuerdo de París o las Metas de Aichi para la Biodiversidad y cómo están en materia de eficiencia en el uso de recursos, en protección del capital natural, en oportunidades económicas verdes o en inclusión social) y que, por el contrario, los de peor desempeño sean Sudán, Irak, Argelia, Nigeria o Burundi.

    Con esto obviamente no pretendemos desconocer la responsabilidad particular de cada país en la crisis ambiental actual, ni la imposibilidad -en términos de sostenibilidad del planeta- de que países como Argentina emulen tal cual el sendero de desarrollo que hicieron los países desarrollados en el pasado. Pero sí pensamos que un país sin recursos y sin una macroeconomía estable difícilmente podrá llevar adelante la compleja transformación estructural de la economía que requiere una transición justa a la sostenibilidad.

    9. No hay desarrollo

    sostenible sin decisión política

    Ahora bien, todo lo anterior es esencial, pero no sucederá por arte de magia: se requiere capacidad y voluntad política para efectivamente hacer políticas de desarrollo productivo sostenibles. Son estas políticas las que permitirán congeniar la mejora de vida de la población que el desarrollo acarrea junto con la sustentabilidad tanto ambiental como macroeconómica.

    Todos los actores sociales, incluidas las empresas, operan en esquemas de incentivos fijados en gran medida por el sector público. En ese sentido, si bien gran parte del cambio de paradigma es de índole cultural, las políticas públicas son esenciales para tomar las demandas de la sociedad civil y encauzarlas hacia un modelo de desarrollo que congenie la movilidad social ascendente y la sostenibilidad ambiental. Esto va desde las exigencias a las empresas de invertir en y producir con los más altos estándares hasta las campañas masivas de separación de residuos y eficiencia energética. De esta manera el Estado debe gradual pero firmemente virar el esquema de incentivos actual hacia una economía circular, descarbonizada, eficiente, con menor impacto ambiental y con mayor productividad.

    Si bien no es un juego de suma cero, sería ingenuo pensar que la transición al desarrollo sostenible estará exenta de tensiones: inevitablemente habrá actores que, si no logran adaptarse o reconvertirse, resultarán perdedores. Y ahí pesa la autonomía estatal y la agencia de los decisores para no sucumbir frente a los lobbies de aquellos sectores que se rehúsan a mejorar sus prácticas productivas y ambientales. Porque, aún si hay una tendencia global de giro hacia la economía verde, la voluntad política y la presión social con el cambio cultural necesario continúan siendo un factor determinante, no sólo para llamar la atención sobre la urgencia de la cuestión, sino también para evitar el surgimiento de líderes que desconocen la crisis ambiental. Ya vimos cómo incluso en un período presidencial personajes como Bolsonaro y Trump pueden revertir años de acumulación de capacidades y políticas.

    10. El desarrollo sustentable

    puede y debe ser un motor

    del desarrollo nacional

    Aún si esta incorporación de lo ambiental puede aparecer a primera vista como un nuevo escollo al desarrollo, lo cierto es que si el Estado interviene correctamente se pueden generar muchísimas oportunidades para que resolvamos el desafío ambiental a partir de la mejora de la institucionalidad así como la generación de nuevas tecnologías y actividades económicas. En este sentido, la jerarquización de la cartera ambiental y la continua ampliación del marco regulatorio ambiental resulta en una gradual mejora reducción de los impactos de las actividades productivas. Asimismo, las líneas de trabajo actuales como el Gabinete de Cambio Climático, la electromovilidad, el hidrógeno verde, la economía circular, el fortalecimiento de las cooperativas de reciclado, el programa Pampa Azul (tendiente al desarrollo sostenible del Mar Argentino) y el Plan Federal de Erradicación de Basurales a Cielo Abierto, entre otras, van en esta dirección.

    Muchos países están diseñando e implementando planes de transición a la sostenibilidad. Podemos mencionar los Objetivos de Desarrollo Sostenible impulsados por la ONU a nivel global, la propuesta de la innovación orientada por misiones, de Mariana Mazzucato; el Pacto Verde Europeo (2019) para la transformación de la economía y la integración de la sostenibilidad en todas las políticas de la Unión Europea, y los planes nacionales y/o sectoriales de descarbonización, crecimiento verde o desarrollo sostenible de Alemania, Austria, Canadá, Finlandia, Francia, España y Nueva Zelanda y California, entre otros. También países de la región, como Chile, Costa Rica, Colombia y Uruguay, empiezan a avanzar en esta dirección al igual que Argentina.

    En todos los casos, la sustentabilidad se piensa no sólo en función de la protección ambiental, sino del desarrollo económico y la inclusión social. Del mismo modo, aquí creemos que es posible relajar la tensión entre ambiente y desarrollo si planificamos una transformación en la estructura productiva en donde se incentive que las empresas puedan generar simultáneamente más puestos de trabajo y exportaciones con una cada vez menor huella ambiental. Si logramos eso, habremos logrado el tan ansiado objetivo de construir una economía que proteja el ambiente y, a la vez, aumente año tras año el bienestar de las mayorías.


    Por Elisabeth Möhle y Daniel Schteingart.

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