�SEl buscador de estrellas⬝
Saritah y Felipe se conocieron una noche de Luna curiosa, de esas en las que la Luna se pone más redonda y más blanca, como una lámpara, para ver mejor las cosas que suceden en el mundo.
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Saritah se había mudado ese mismo día. Enseguida supo que el balcón de su casa nueva sería el lugar especial para escribir los poemas que le sucedían en el corazón.
Felipe era un buscador de estrellas y todas las noches se apropiaba del cielo con el catalejo que el tío Lucas le había regalado.
Esa noche, Saritah descubrió la Luna, llena de luz, y en su corazón nació un poema.
Esa noche, Felipe descubrió a Saritah, llena de poesía, y la vio brillar como una estrella.
Esa noche, la Luna conoció a Felipe y a Saritah y al verlos juntos supo que estaba ante un mundo dentro del mundo.
Felipe cantó para encantar a Saritah. Pero Saritah estaba encantada con la Luna y la poesía cantaba adentro suyo mucho más fuerte que la voz de Felipe. Por eso no lo escuchó.
Felipe se desencantó. Pero sabía que había estrellas que titilaban de una manera distinta, y que su corazón titilaba de manera distinta cuando estaba ante una de ellas. Así que dijo: �S¡Manos a la obra!⬝. Y corrió a buscar unas cosas.
Al rato apareció con una pelota y una escalera. Por la escalera bajó del balcón hasta el jardín; con la pelota se puso a jugar para llamar la atención de Saritah. Hizo toda clase de piruetas pero Saritah ni lo miró.
- ¿Qué ve que no me ve?, se preguntó Felipe.
Entonces, Felipe miró la Luna, y después miró su pelota; y supo que su pelota, tan redonda y tan blanca como aquella, no tenía ni su brillo ni su dulzura para despertar poesías en el corazón de Saritah.
Felipe se desencantó. Pero miró la Luna y supo que si la miraba encontraría el camino para llegar a Saritah. Con la ventanita del catalejo se apropió del cielo y, por un rato, de la Luna. Hasta que tuvo la respuesta.
Felipe dijo: �S¡Allá voy!⬝ y, peldaño a peldaño, subió la escalera de la poesía hasta llegar bien, bien, alto. Le dijo: �SCon permisito⬝ a la Luna y la alzó entre sus brazos pequeños.
Con el mismo cuidado y la misma escalera subió los peldaños hasta el balcón de la vecina nueva. Le dijo: �SCon permisito⬝ a Saritah, y le puso la Luna entre sus brazos pequeños.
Felipe y Saritah se conocieron aquella noche de Luna curiosa, de esas en las que la Luna se pone más redonda y más blanca, como una lámpara, para ver mejor las cosas que suceden en el mundo. Y fueron un mundo dentro del mundo, unidos para siempre en la poesía.
Sarah Mulligan
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