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    El lenguaje vulgar, no la vulgaridad

    En estos tiempos en los que vivimos literalmente apedreados por verdaderas andanadas de palabras muy poco edificantes, en algunos casos lanzadas por una �Sreferente de los Derechos Humanos⬝ y en otros por una ex mandataria, pero además repetidas con verdadera �Sfruición⬝ por los grandes medios nacionales, haciendo una crítica de lo que ellos mismos se encargan de difundir, no puedo menos que recordar algo visto en los primeros años en los que cursaba el secundario en la Escuela de Comercio de Concordia.

    26 de diciembre de 2020 - 21:48
    El lenguaje vulgar, no la vulgaridad
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    Al estudiar los orígenes de nuestro idioma castellano, me enteré de algo muy interesante que todavía recuerdo hoy.

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    Según parece, existían en Roma dos formas o clases de lenguaje. El que hablaba y utilizaba el medio culto, educado o instruido y el empleado o utilizado cotidianamente en el habla popular. El primero recibía el nombre de �Ssermo nobilis⬝ (lenguaje noble o culto) y el segundo el de sermo vulgaris⬝ (lenguaje popular o vulgar, cuando esa palabra no tenía el sentido descalificador actual). A pesar de que la Roma de esas dos lenguas ha desaparecido, estas no corrieron la misma suerte. El �Ssermo nobilis⬝ se conservó en todos los textos escritos de la naturaleza más diversa: literatura, política, ciencia y artes. Por su parte el �Ssermo vulgaris⬝ se difundió por todo el mundo al que llegaron las legiones romanas por la boca de los legionarios, sus acompañantes y todos aquellos que Roma enviaba para gobernar, comerciar o simplemente esclavizar

    Este �Ssermo vulgaris⬝ se fue incorporando en mayor o menor medida al lenguaje de los distintos pueblos, llegando en algunos casos a remplazar casi por completo la lengua vernácula. Este es el origen de la infinidad de palabras de origen latino, y aún grecolatino, en muchos de los idiomas europeos, pero por sobre todo es el origen de las llamadas lenguas romances: el castellano, el francés, el portugués, el romanche de los suizos, el rumano, romaní difundido por los gitanos, el italiano naturalmente y el ladino (idioma de los antiguos judíos españoles), para mencionar solamente algunos.

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    La introducción de vocablos nuevos en el habla cotidiana en estos casos, no se debía solo a la necesidad o conveniencia de entenderse con el �Socupante⬝, y aunque algo de esto había con toda seguridad, es necesario aceptar que la nueva lengua ofrecía posibilidades de comunicación antes inexistentes. De lo contrario, una vez desaparecidos los romanos, su lengua se hubiese ido con ellos sin dejar rastros. Salvo alguna que otra expresión aislada. Si no fue así, y lo que quedó atrás fue el germen de nuevos idiomas, es porque el �Ssermo vulgaris⬝ resultó mucho más útil para expresarse que la lengua original.

    Es decir que se debe tener por el habla popular, un respeto mucho mayor que el habitual porque tiene con demasiada frecuencia la solución expresiva a conceptos que de otra manera tardarían en ser reconocidos mucho más allá de lo conveniente. Pero una cosa es el habla popular y otra muy diferente la vulgaridad y por supuesto la simple y directa grosería.

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    Pero lo más grave que tenemos que soportar día a día es la increíble miseria, que ya ni pobreza se puede llamar, en las palabras empleadas.

    Si por lo menos hubiera alguna variedad se podría pensar en modalidades o costumbres desagradables y molestas, pero costumbre al fin. Sin embargo, no hay nada de eso. No queda otra alternativa que resignarse a aceptar el hecho doloroso por cierto, de quienes se valen de un lenguaje limitado, lo hacen por carecer de otros recursos.

    Por otra parte, las palabras de un lenguaje no son otra cosa que expresiones sonoras o gráficas de pensamientos. Son el continente que permite mantener unidos los sonidos en el habla y los signos al escribir. Entonces si su número es reducido es porque no se puede, no se quiere o no se sabe usar un número mayor. Volvemos entonces a lo dicho alguna vez: que un lenguaje limitado no es otra cosa que la evidencia de un pensamiento limitado.

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    Sin embargo, lo triste de la situación no está solamente en la pobreza mental del que emite las palabrotas sino del que acepta esta como natural y adecuado. Así lo que en algún momento resultó gracioso y se festejó como una muestra de ingenio ocurrente, se ha convertido en una burla trágica a la condición de seres pensantes de la que deberíamos querer enorgullecernos.

    Para salir de esta ciénaga hay un solo camino: ENRIQUECER EL PENSAMIENTO. Para ello se necesita una curiosidad insaciable e inextinguible, como decían nuestros educadores. Entonces se irán formando en la mente multitud de imágenes que buscarán su expresión a través de palabras nuevas, mejores y más apropiadas. Cuando la hayamos alcanzado el resto será muy simple. Bastará con poner en práctica otra de las enseñanzas de nuestros educadores. Eduquemos nuestra lengua, hagámosla CONDUCTORA DE IDEAS, y que el mundo moderno se refleje en ellas. Como un espejo. ¿Con sus manchas? ¡No, con sus tachas! 

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