EL ÁRBOL DE LOS FRUTOS QUE NADIE VEÍA
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Había una vez un árbol con frutos que nadie veía. Solo la nena de la esquina podía contemplar unos redondos y vivaces brotes rojos que resplandecían en sus ramas. Para que el árbol siguiera dando frutos, cada mañana llegaba hasta la plaza con una pequeña regadera y rociaba sus raíces.
-¡Qué paciencia!- decían unos al ver la alegría de la chica al hacerlo.
-¡Qué trabajo inútil!-, decían otros al ver las ramas secas que se quebraban con el viento más leve. Las pocas gotas que le echaba no parecían saciar la sed de las raíces. Sin embargo, la nena acudió los trescientos sesenta y cinco días del año sin faltar ninguno.
Al llegar la primavera, la plaza se llenó de flores pero del árbol no brotó sino un pequeño capullo morado que se parecía a un corazón. La nena rió al verlo.
-�S¡Está loca! Se ríe sola⬝- decían unos.
-�S¡Está seco! ¡Hay que podarlo!- decían otros.
Los pájaros escucharon la risa cristalina de la nena y se juntaron en las ramas secas del árbol a mirarla, extrañados. El fruto se mecía con la brisa y se parecía a un corazón latiendo. Entonces, los pájaros trajeron a sus pichones y con las ramas secas hicieron ahí sus nidos. El árbol sintió el calor de esas aves bellas, se estremeció con su canto y se llenó de vida. Una lluvia bañó su tronco, la tierra se abrió y su raíz bebió las aguas que el cielo irrigó.
Y al día siguiente, la nena, que seguía viendo el árbol cargado de frutos rojos redondos y vibrantes que nadie más veía, tomó entre sus manos un segundo fruto, más pequeño que el primero, del tamaño de una frutilla, que se parecía a un corazón. Y su risa cristalina se escuchó entre los cielos, y llegaron pájaros de todos los colores desde distintos rincones del mundo y el árbol se estremeció de vida.
La nena siguió yendo con su pequeña regadera, y cada día tomó una fruta roja naciente y sintió entre sus manos un nuevo latido.
Y ya no se oyeron las voces del desaliento. Los unos y los otros comenzaron a ver los frutos de cada día de su paciencia, mientras la nena sonreía.

Autora e ilustradora: Sarah Mulligan (Todos los derechos reservados)
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