A Juan Pedro Sauré
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No podía dejar de escribir unas palabras para este amigo de tantos años, como lo he hecho para otros, que a lo mejor no me unía tantas cosas como a él.
Conocí a Juan Pedro de niño, hace ya, no sé cuánto...
Compartimos luego la adolescencia, con ese vigor que da la juventud, en una época cuya evocación la muestra como irrepetible.
Ya más grandes, estuve en Buenos Aires haciendo un curso y un día, Juan Pedro se materializó en el hotel, y no recuerdo cómo lo supo. Él estaba en ese tiempo trabajando en la sucursal Buenos Aires del Banco de Entre Ríos.
Muchas tardes compartimos los mates y también la televisión del hotel, cuando en Concordia, todavía no la había.
Nunca dejamos de frecuentarnos y fue también él quien me acercó a la Colectividad Vasca, que le tocó en un tiempo presidir.
La vida tiene extraños derroteros; si hasta compartimos nuestros males con respuesta quirúrgica en el Hospital Italiano, con fortuna diferente.
Desde ese momento, la muerte no le era desconocida. Había convivido con ella, hasta que ya no pudo soportar la violenta luz de la vida- como dice el escritor-.
El tiempo cura los males, pero solo del espíritu, no así los orgánicos.
La pérdida de este amigo no podía pasar desapercibida para nadie.
El acompañamiento a su destino final significó la expresión de cómo vivió, rodeado de amigos, que parecía ser su finalidad en la vida. Estaban todos, los de siempre, los que él cultivó, no faltó nadie, hasta los que fueron sus alumnos.
Verdadero caballero, de la voz ronca y cortesía invariable.
Fue consciente de la vida huyendo de él cada vez, hasta que finalmente cesó.
Adiós amigo. Descansa en paz.
Mi acompañamiento para Helena, Florentina y Patricio.
