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Entre Páginas y Pantallas - Por Gustavo Labriola - 12 de Agosto de 2022 - Nota vista 335 veces

La senectud en el cine

Cuando se llega a la senectud, las condiciones de vida que debieran ser acordes a esa etapa no siempre lo son. Y aquello que tantas veces se declama, de la valoración de la experiencia, termina quedando en frases huecas, vacías y engañosas.

El cine, en estos últimos tiempos, se acercó a la vejez en, por lo menos, tres películas que tratan con respeto y valiosas observaciones a la problemática de aquellos que transitan esa edad.

“Amor (Amour)” (2012) es una delicada, intensa y cuestionadora película de Michel Haneke, un director que se caracteriza por elaborar guiones crudos y profundos. Trata sobre una pareja de ancianos encerrados en un departamento de París. La evolución de la enfermedad de la mujer, interpretada por Emmanuelle Riva (la recordada actriz de “Hiroshima, mon amour”), la desgasta física y psíquicamente. Eso genera en su esposo (una actuación extraordinaria del recientemente fallecido Jean-Louis Trintignant) un acompañamiento amoroso y sensible que no elude reacciones humanamente comprensibles, pero que son de una peculiar dureza. La hija (Isabelle Hupert) completa el elenco principal de un film que es compasivo con el deterioro de la situación, sin embargo altamente poético que no escatima en un certero realismo.

 “Algunas horas de primavera” (Quelques heures de printemps) (2012) de Stéphane Brizé, es un fino ejercicio de interpretaciones intimistas y profundas. Un hijo (Vincent Lindon) que retorna a la casa paterna luego de haber permanecido preso por contrabando de cannabis y se reencuentra con su madre (Héléne Vincent) sometida a una enfermedad terminal. El director logra un tratamiento preciso y austero en la relación hijo-madre que se desarrolla en una atmosfera de pesadumbre y desánimo. Del hijo, por la dificultad de la reinserción en una sociedad prejuiciosa y discriminadora. De la madre, por percibir el detrimento en su calidad de vida y su destino inexorable. Son seres con limitaciones que les impiden manifestar sus emociones. A través de almuerzos y diálogos desandan un tiempo que parece desligarse de la inmediatez pero supone, también, un acercamiento a una realidad inclemente. Aquella atmósfera es lo que revela comprensible que se plantee con la severidad que supone la opción por la eutanasia de la madre. Una elección que interpela, y subordina cualquier otra visión sobre las decisiones personales.

Finalmente “El Padre” (The Father) (2020), es una película de hondo dramatismo. Encara la vejez desde un costado también amargo: la pérdida de memoria en una persona que no tiene otros desgastes visibles.

Anthony Hopkins, sobrio e impecable, como siempre, compone al padre de esta historia. Sin desbordes, logra una actuación de antología. Aun corriendo los riesgos propios de encarnar a alguien de su edad, con variadas referencias a su vida personal.

De hecho, en una escena el personaje, que se llama Anthony, dice su fecha de nacimiento, la misma del propio Hopkins. El experimentado actor tiene escenas que son de una pureza y calidad notable, y logra mantener un estilo contenido durante todo el film. Su máscara se desarma únicamente, al final, cuando se ve solo, y entre llantos busca refugio en (el recuerdo de) su madre.

Toda la película gira en torno a la debilidad mental del personaje. Lo que sucede, acontece en la mente de Anthony. La confusión que se representa no hace más que exteriorizar las dificultades que la senilidad provoca. La relación de dependencia hacia su hija es el más claro síntoma de orfandad en que se ve envuelto.

El rechazo persistente y permanente a la ayuda externa, sea asistente o médico, fruto de su inseguridad, lo muestra con la mayor impotencia. El galimatías cotidiano a que es sometido, expone su deterioro y dependencia con mayor crudeza.

La hija, Anne, es interpretada magníficamente por Olivia Colman. Debe mantener la compostura ante la acometida que, permanentemente, impulsa Anthony por mantener la situación. Él considera eso como normal, pero la somete sistemáticamente a manipulaciones y a una continua dependencia.

Es claro que es una decisión que resulta muy difícil, y de carácter personalísimo. No siempre el camino se ve claro y definido. Lo que puede entenderse como abandono, puede ser entendido como acciones en defensa propia. Las miradas ajenas no son las más adecuadas para entender cada situación y cada relación.

Florian Zeller, autor también del guion, consigue una obra en la que se transmite el sentimiento sin caer en sensiblería. Se pone en relieve la decadencia y su dificultad para encararla, pero se exterioriza la humanidad por sobre todas las cosas.

Los ambientes del departamento, cálidos y acogedores, son adecuadamente fotografiados, y la música y los demás efectos técnicos se suman a la ejecución de una pieza de orfebre, que muestra con claridad su origen teatral con un ritmo consistente y logrado.

La vejez es un tiempo al que siempre consideramos lejano. Sin embargo, estas tres películas nos impulsan meditar sobre una etapa que, gracias a los avances científicos, se vislumbra más extensa, y exige una consideración que elimine la imprecación de la senectud.


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