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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 6 de Agosto de 2022 - Nota vista 188 veces

Estampas de mi tierra entrerriana

Nos recordamos por el canto de los pájaros que nos anunció un amanecer entre rojo y celeste. Los hijos de Don Alberto Garay andaban ya en preparativos para salir al monte.

Don Alberto se arrimó a la cocina donde estábamos nosotros con las muchachas. "¡Buen día la mozada!" Le ofrecimos un amargo, y mientras lo sorbía nos dijo: “Hoy estamos de pechadas y corridas de hacienda, pero no en un rodeo. Vamos a sacar “torada” alzada de entre las isletas del Gualeguay. Es hacienda chúcara y peligrosa. Si quieren venir, están invitados” “¿Y cómo no? claro que vamos a ir”, contestamos. Y dicho esto nos fuimos a ensillar. Yo le puse los cueros a mi tostado, que lo tenía con el pelo reluciente de tanto cepillarlo.

En cuanto arribamos y entramos al monte, los perros conocedores de su trabajo, tomaron la delantera, ladrando y saltando las matas. De pronto, salimos a un abra donde pareció aclarar la mañana, ya que el monte alto junta las copas y oscurece la senda. Después se fue perfilando con palmares de yatay y caranday. Al final ya se entraba a la isleta. Por la gritería de las gallinetas sabíamos que la costa del Gualeguay estaba cerca.

Entraron los más baqueanos con los perros adelante. Nosotros nos sumamos al grupo que se dividió en dos frentes. No tardamos en oír la gritería mezclada con los ladridos de los perros. Vi a Julio Bordones que venía apareado a un toro negro, las guampas como púas. Lo largó frente a nosotros. Le salieron Don Alberto y un muchacho de apellido Arredondo, y le arrimaron los caballos a las paletas sacándolo campo afuera. A los gritos, mientras castigaban con las anchas azoteras de las guachas la carona del recado para hacerles ruido.

Tras este traían los perros otro toro y lo dejaron a la salida, sabiendo nuestro deber. Ahí nomás le enderecé mi tostado, acompañado por uno de los hijos de Don Alberto. Hicimos el mismo trabajo con facilidad echándolo campo afuera donde estaban los que los hacían formar un arreo. Los perros traían don toros embravecidos. Aturdían con sus mugidos.

Un perro de color blanco venía prendido de la boca de uno y otro de la cola. Nos gritaron “¡Guarda que ese va enojado!”. A gritos, rebencazos y pechadas conseguimos echarlo afuera.

Estos eran todos animales feroces y ariscos. Y así fue nomás. En una de esas, un torito barroso y por más que mi amigo le escapó y el alazán de Julio Bordones llegó a tiempo para pegarle una pechada por las costillas y volcarlo de costado, le alcanzó a cornear el caballo arriba del garrón. Lo hice poner a mi espalda, debajo de un algarrobo frondoso y le dije: ''Vos quédate acá, que la hacienda es cimarrona y muy brava''. El moro sangraba por la herida y chorreaba sudor por todas partes. El cielo que amaneció pintado, después el sol que iluminaba la copa de los árboles del monte, súbitamente se nubló. Unas nubes grandes y color gris oscuro se habían agolpado en una masa de energía. La selva se oscureció y un vientito silbaba en las pantallas de yatay. Las copas de los algarrobos se movían lentamente y el piar de los cachilos anunciaba viento fuerte. Ya era cerca del mediodía y muchos animales se habían sacado de la isleta al campo limpio. Don Alberto mandó suspender los trabajos. Se llamaron los perros a silbidos e iniciamos el arreo.

La perrada era brava y sabía hacer lo suyo y hacía hacer punta al ganado enfurecido.

A mi amigo le dije “Seguime y no hagas galopar al moro. Total si nos quedamos atrás, seguimos el rastro del arreo que es grande”. A lo lejos empezaron a sentirse los truenos repetidos. Después ya más cerca, casi unidos a los relámpagos. La peonada gritaba y los perros ladraban corriendo detrás de la hacienda. Finalmente se perdieron en el horizonte y nosotros quedamos muy atrás; pero era fácil seguirlos por el tropel y los gritos. Mientras tanto la lluvia comenzó a caer. Un rayo en seco todavía partió el tronco de un tala alto que hacía horqueta y lo incendió. Una ráfaga con olor a azufre nos envolvió y los caballos hicieron sonar las narices. ¿Por qué será que el tala es perseguido por el rayo? No le respondí y seguimos marchando. Nos empapamos rápidamente en cuanto empezó a llover, a pesar de que íbamos guareciéndonos debajo de los árboles. Las nubes corrían carreras a gran velocidad. Lejos de limpiarse el cielo, se oscureció y la lluvia continuaba con miras de no parar. Bajo la lluvia llegamos a la estancia. Desensillamos en un galpón con techo de chapa, dejando la entrada al sur. La herida del moro no era muy honda porque había corrido la guampa del toro por debajo del cuero del anca. Le pusieron sebo de la riñonada para que no se abichara y lo largamos. Arredondo, Bordones y los demás llegaron más tarde. Ellos habían tenido que encerrar la hacienda. Llovía torrencialmente y ya se oían roncar los cañadones. Cada golpe de agua y viento hacía blanquear los campos. “Mañana parece que nos salvamos de salir al campo” me dice mi amigo, mientras se comía una torta frita que trían las muchachas. Y…sí, estuve de acuerdo, con una lluvia así imposible, pensé yo mientras sorbía un amargo. Pero nuestra ilusión pronto se disipó. Vino Don Alberto Garay y nos dijo: "Si esto sigue así hasta mañana, vamos a tener trabajo para todos; porque la majada anda por la costa y para nuestra mala suerte, el Gualeguay esta crecido", dijo Don Alberto.

Después agregó dirigiéndose a Julio Bordones, mientras miraba caer la lluvia: “Y la oveja es un animal muy zonzo; donde cae una, caen todas. Se juntan todas en una alturita rodeadas por apenas un jeme de agua. Cuando crece rápido se ahogan todas. Tal vez no siga el agua. Aquellas nubes van abriendo y puede que componga el tiempo”. 

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